Si usted tuviera una empresa y necesitara contratar a la persona que tomará las decisiones más importantes, ¿lo haría sin entrevistarla? Difícilmente. La entrevista es el espacio donde se evalúa no solo el currículum, sino el carácter, la claridad de ideas, la capacidad de responder bajo presión y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
En democracia, los debates presidenciales cumplen exactamente esa función: son la entrevista pública para quienes aspiran a dirigir el país. Por eso, cuando una candidata decide ausentarse de estos espacios, no se trata de un detalle menor ni de un simple asunto de agenda; es una señal política que merece reflexión.
Como costarricense, quiero escuchar a todos los aspirantes. Quiero comparar ideas, contrastar propuestas y observar cómo reaccionan ante preguntas difíciles. Elegir presidente no es un acto de fe, es un acto de responsabilidad. Y para asumir esa responsabilidad, el votante necesita información, diálogo y transparencia.
La campaña de Laura Fernández ha explicado que su prioridad ha sido “estar con la gente”, recorrer el país, escuchar comunidades y caminar junto al pueblo. También se ha señalado que algunos debates se han convertido en tribunas de ataque, mentira y espectáculo, y que no se prestarán a ese juego. Además, se insiste en que su agenda no la definen ciertos medios de comunicación, sino el pueblo.
Ese argumento puede ser comprensible desde una lógica estratégica. Sin embargo, cuando se revisa lo ocurrido con el debate de El Octavo Mandamiento —invitaciones enviadas con meses de anticipación, confirmaciones posteriores, ausencias en reuniones de coordinación y una cancelación definitiva cuando el debate ya estaba promovido— lo que queda no es claridad, sino dudas.
No se trata de obligar a nadie a asistir a todos los debates ni de desconocer que cada campaña define su estrategia. Se trata de algo más profundo: la relación entre liderazgo y rendición de cuentas. Gobernar implica dar la cara, incluso cuando el escenario no es cómodo.
Las encuestas muestran que Laura Fernández lidera con amplitud y que tiene posibilidades reales de ganar en primera ronda. Precisamente por eso, la expectativa sobre su participación en espacios de confrontación de ideas es mayor. Quien aspira a gobernar con un mandato fuerte también debe estar dispuesto a someterse al mayor escrutinio.
Y aquí el punto es claro: si Laura Fernández no gana en primera ronda, pierde. En una segunda vuelta el escenario cambia por completo. El pulso será cuesta arriba y con rivales que hoy ya representan desafíos reales.
Álvaro Ramos se perfila como un contendiente fuerte en ese escenario. Ha logrado posicionarse como una figura de renovación dentro del Partido Liberación Nacional, una estructura política que, más allá de simpatías o rechazos, conserva músculo territorial y capacidad de movilización. En un balotaje, ese partido puede capitalizar con facilidad el voto en contra, ese voto que no necesariamente apoya una propuesta, pero que se une para frenar otra.
Por otro lado, Claudia Dobles representa una alternativa interesante desde la Coalición. Tiene preparación, discurso y una narrativa distinta. Sin embargo, carga sobre sus hombros el peso político de dos gobiernos anteriores, una mochila que para muchos votantes sigue siendo difícil de ignorar, aunque ella no haya sido quien tomó esas decisiones.
Aun así, el pasado es pasado. Costa Rica enfrenta hoy una urgencia real y concreta: decidir quién nos va a gobernar en un momento crítico para el país. Precisamente por eso, el debate, la confrontación de ideas y la disposición a dar la cara no son accesorios de campaña; son pilares de la democracia.
Si Laura Fernández aspira a ganar con legitimidad y evitar un escenario donde el voto castigo y las alianzas definan el rumbo del país, debe comprender que no basta con liderar encuestas. Hay que enfrentar la entrevista más importante de todas: la que se hace frente al electorado. Porque gobernar exige presencia, claridad y valentía, incluso cuando el escenario no es cómodo.