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La vieja política partidaria y la nueva política personalista

» Por Francesco Giulietti Silva - Estudiante de Derecho y Filosofía

Los partidos políticos en Costa Rica deben reflexionar a profundidad su forma de acercarse y dirigirse a la ciudadanía. Según la última encuesta realizada por el CIEP  (mayo 2026) respecto a la valoración de la ciudadanía respecto de las instituciones, nuevamente los partidos políticos son la institución peor valorada[1]. Resulta ser una constante que durante varios años los partidos políticos sean las agrupaciones que más aversión generan al ciudadano promedio, con un 4.2 de puntuación.

Esto no es coincidencia ni se dio de un día para otro. Los partidos políticos en su fase moderna (a partir de la generación millenial) descuidaron algo muy importante, la formación política y la conformación de cuadros. Partidos como Liberación Nacional (PLN) y la Unidad Social Cristiana (PUSC) representaban movimientos políticos fuertes, con identidad, firmeza y que lograron llegar a miles de costarricenses como opciones esperanzadoras para tener la batuta del país. Se alude a un período en que -en su mayoría- el poder se alternaba entre ambas fuerzas políticas, los socialdemócratas y los socialcristianos, particularmente de 1986 al 2002, que fue la época cuando más marcado fue el impacto que tenían ambas agrupaciones.

Esto obedeció a que –podría decirse– trabajaban verdaderamente los territorios, las campañas eran de cara a cara, los líderes que se postulaban como candidatos a la presidencia eran de un carisma que al día de hoy cuesta ver y eran claros con su discurso, en términos generales. Si bien pueden realizarse diversas críticas respecto a dichos gobiernos sobre las decisiones que tomaron en su momento y una serie de desaciertos al tomar el poder, es innegable reconocer el hecho de que se trató de una época dentro de la política costarricense en la cual los partidos políticos jugaban un rol predominante. Esto se notaba a primera mano en las casas y vehículos dentro del territorio nacional, era de lo más común ver hogares y carros, camiones o tráileres con la bandera del partido político de preferencia. Al día de hoy esto igual ocurre, sí, pero en una considerable menor medida. El aglutinamiento de las plazas públicas para escuchar a un candidato presidencial o las famosas caravanas han sido desplazadas por reels, tiktoks o vídeos en Facebook. Esto nos lleva a una nueva era política, donde las campañas se hacen principalmente a través de redes sociales, medios de comunicación y publicidad. Esto no es en sí mismo negativo; sin embargo, se ha dejado de lado o bien, se ha prescindido un poco de este carisma y esta conexión que solo se manifiesta de forma presencial.

En la época referenciada, las personas que nos gobernaban en su momento (y al día de hoy) correspondían a las élites. Lo ya dicho no pasa desapercibido por el ciudadano promedio, los gobernantes y la clase política no se tomaron en serio la tarea de trabajar por la totalidad de Costa Rica. Se menciona esto porque la mayoría de políticas y ejecución de proyectos resultan en la GAM, siempre relegando a un segundo plano las periferias y las costas. En caso de que lo recién mencionado cause dudas, les invito a revisar los resultados de las elecciones de este año en las tres provincias costeras[2], donde Pueblo Soberano, un movimiento reaccionario al tradicionalismo de los partidos políticos vino a dar un golpe a la mesa sobre cómo se hace política en el siglo XXI ganando dichas provincias de forma abrumadora de la mano de Laura Fernández y su estrella, Rodrigo Chaves, un ícono personalista.

Con la entrada del Movimiento Libertario a la dinámica política de Costa Rica el juego cambió, introduciendo el personalismo como eje transversal a la competencia electoral. Fue en este momento que iniciaron los síntomas de este proceso que transformaron el escenario político-partidario. El voto centrado en una figura, más que en el partido, comenzó  a hacerse evidente desde las elecciones del 2002, cuando el Movimiento Libertario postuló reiteradamente a Otto Guevara. A pesar de no obtener la Presidencia, el partido obtuvo varias curules, destacando figuras como Natalia Díaz. Sin embargo, el Movimiento Libertario respondía a la figura de Otto Guevara, tan así que el partido se debilitó posterior a su salida y terminó desapareciendo.

Acá el problema no es que Otto Guevara fuera un líder fuerte, sino que el partido dependía del liderazgo de él. Esto significa que el partido falló con su formación de cuadros y que no consiguió formar una estructura política que trascendiera a Guevara.

Los partidos políticos están pasando de ser órganos permanentes de representación ideológica a vehículos temporales que se ajustan al carisma de un líder específico. Una vez este líder abandona la estructura, la misma cae, se debilita, o bien, su fragilidad queda expuesta, tal y como volvió a ocurrir con el Partido Progreso Social Democrático. Fundado por la exdiputada Luz Mary Alpízar (excluida de facto de su propio partido en la fracción legislativa 2022-2026) el mismo sirvió de “taxi” para el triunfo chavista en 2022, quedando abandonado para la migración efectuada al Partido Pueblo Soberano para la victoria avasalladora que tuvieron en 2026, ganando la Presidencia y 31 diputaciones.

Lo anterior fue comprendido a cabalidad por el expresidente y ahora ministro de la Presidencia y Hacienda, que aprovechó su liderazgo y capacidad de oratoria para utilizar ambas estructuras y convertirse en su mayor activo político. Tanto el PPSD como PPSO se colgaron de la figura de Rodrigo Chaves para tener una participación política en un contexto donde a mayo del 2026 (según la encuesta del CIEP) el 71% de las personas no simpatizaban con ningún partido político.

El chavismo logró capitalizar décadas de abandono y de descontento acumulado, en donde no importó cuántas causas penales tuvieran los candidatos, su carrera en lo público, ni tan siquiera conocerlos a fondo, el discurso de Laura Fernández y de Rodrigo Chaves caló. El costarricense se encontraba harto de la denominada “casta política” y apostó por algo nuevo.  Si bien el Partido Acción Ciudadana (PAC) vino a romper de manera sorpresiva el bipartidismo de la mano de figuras como Ottón Solís, Luis Guillermo Solís y Carlos Alvarado, una serie de coyunturas a las que fue sometido el último terminaron por sepultar el partido. Corresponde ser francos con que Carlos Alvarado tuvo el valor de actuar en momentos de tensión y que requerían decisiones, porque la mayoría de políticos prefieren “pasarle la bronca” a otro, por lo que tomó decisiones, que, si bien fueron impopulares, requerían que se actuara desde el gobierno. Entre estas actuaciones se encuentran la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, Ley Marco Empleo Público, regulación de las huelgas y, la cereza en el pastel, la pandemia por el COVID. Por supuesto, al día de hoy todas esas decisiones requieren y merecen ser revisadas y reformadas, debido a que respondieron a necesidades específicas de la época. Todas estas decisiones le costaron al PAC y a Carlos Alvarado una posterior Asamblea con cero diputados, una candidatura de Welmer Ramos que tuvo casi nulo apoyo y un repudio ciudadano muy fuerte. Lo antecedente era esperable, debido a que se tomaron decisiones impopulares en momentos que se requería actuar, lo cual debe considerarse como algo respetable, porque la tendencia suele ser el no hacer nada.

En fin, no es coincidencia que Chaves y Fernández, así como sus partidarios utilicen como lema el dejar atrás la “vieja política”, “los mismos de siempre”, entre otro tipo de consignas haciendo alusión a los partidos políticos tradicionales. Ellos vieron algo que la oposición no supo cómo manejar, el descontento ciudadano. Lograron comprender que uno de los sentimientos que con mayor fuerza moviliza al votante moderno es el rechazo al otro. La polarización que existe al día de hoy no es espontánea, surge de una narrativa muy bien posicionada y estructurada para desacreditar y “sacarle los trapos sucios” a todo aquel que no forme parte del nuevo modelo que se quiere instaurar.

En campaña electoral se llegó a un momento en donde el partido insignia de este país (el PLN), que por años fue mayoría en el congreso y no requirió de otro apoyo más que de sus bases electorales y militantes a identificarse dentro del mismo grupo que el PAC, Frente Amplio, y sí, incluso el PUSC. Si esto no enciende alarma a los partidos políticos no sé que lo hará. Se vivió un proceso donde un partido nuevo que la gente no conocía (PPSO) llevó un proceso electoral de “todos contra mí”, que lo llegó a convertir en su mayor fortaleza, en razón de que se alimentó la narrativa de “los mismos de siempre”, debido a que todos se juntaron, haciendo énfasis en la defensa de la democracia. Lo último llevó al votante a confundirse, en razón de que la oposición era muy disipada, con discursos poco claros, no directos y más críticos que propositivos.

Al día de hoy incluso se encuentra dentro de la corriente legislativa el proyecto No. 25.277, que pretende reformar en la Constitución Política los artículos 95, 96, 98, 102 y 124 que permitiría la postulación de candidaturas independientes y agrupaciones que no son partidos puedan aspirar a puestos de elección popular[3]. Si los partidos políticos quieren seguir aspirando a ser instrumentos de representación popular deben recordar que son delegados de la ciudadanía, que responden a ella y que están al servicio del pueblo. Se requiere recuperar el trabajo en los territorios, reconstruir una verdadera formación de cuadros dentro de los partidos políticos. Asimismo, si bien las redes sociales son espacios clave en la nueva era digital, los políticos no deben conformarse únicamente con ello; al fin y al cabo, las redes sociales son relaciones parasociales, porque, si bien las redes si pueden generar una sensación de cercanía,  no constituyen el mismo sentimiento de cercanía y confianza que la interacción presencial.

Otro aspecto clave que en esta campaña vimos fue la pérdida de una identidad ideológica reconocible. En lugar de planteamientos fuertes y claros, la mayoría de propuestas o discursos se dejaban llevar por “el viento político más favorable”, perdiendo certeza de los ideales de cada candidatura. Parece ser que en Costa Rica la política funciona únicamente como una maquinaria electoral que se desempolva cada dos años para la realización de las elecciones presidenciales y municipales. Si los políticos continúan igual de desconectados del país, cada vez se irán hundiendo más, abriendo cada vez más espacio a los movimientos reaccionarios, que sí poseen un discurso más firme y tajante.

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[1]https://ciep.ucr.ac.cr/wp-content/uploads/2026/05/INFORME-DE-RESULTADOS-DE-LA-ENCUESTA-CIEP-UCR-6-MAYO-2026.html

[2] https://www.tse.go.cr/SVR2026/

[3]https://delfino.cr/asamblea/proyecto/25277

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