Los que demonizan a los partidos políticos tienen razones equivocadas. Son las organizaciones más importantes que tiene la democracia. Sin restarle importancia a la incursión de los “independientes” o políticos de la corriente llamada “libre postulación”.
El problema no son los partidos políticos. El asunto está vinculado a las conductas de los dirigentes y la falta de valentía e independencia y de los órganos creados para el control y supervisión de unos y los otros.
Está claro que descalificar a toda la clase política es desproporcionado e injusto. Sin embargo muchos de esta élite siguen en una galopante corrupción, que además de distorsionar y viciar los esfuerzos de fortalecer la democracia, está restando legitimidad al propio sistema democrático.
Se ha perdido toda confianza no solamente en los políticos, sino en la política misma. Lo cual nos coloca frente a un círculo vicioso, donde la política carece de credibilidad y atrae a perfiles mediocres, que terminan agravando la baja calidad de la democracia.
La corrupción, más que un concepto abstracto, es un monstruo que afecta al país en todos los niveles de su vida institucional, lesionando las finanzas públicas, la educación, la salud y la oportunidad de desarrollo y progreso de los pueblos.
Las redes sociales y las plataformas digitales han amplificado el alcance de la politiquería. Ahora, las noticias falsas y la propaganda se propagan a gran velocidad, creando burbujas informativas y polarizando aún más a la sociedad. Los políticos utilizan estas herramientas para atacar a sus oponentes, manipular la opinión pública y difundir mensajes engañosos.
La politiquería, esta viciada porque distorsiona la esencia de la política, sigue siendo un lastre en nuestras sociedades modernas. Aunque hemos avanzado en muchos aspectos este mal persiste, adaptándose a los nuevos tiempos y utilizando las herramientas tecnológicas para perpetuar sus artimañas.
En la era digital, la politiquería ha encontrado nuevos y sofisticados canales para propagarse. Las redes sociales y la desinformación se han convertido en herramientas poderosas para manipular la opinión pública y polarizar a la sociedad.
La inmediatez y el anonimato que ofrecen estas plataformas permiten la difusión de noticias falsas y propaganda, erosionando la confianza en las instituciones y socavando los principios democráticos.
La politiquería moderna exige una ciudadanía crítica y vigilante, capaz de discernir entre la información veraz y la manipulación, para así proteger la integridad del debate público y fortalecer la democracia.
Es cierto que, en la actual decadencia general de los partidos políticos, difícilmente los mejores ciudadanos quieren participar en ellos por ser estructuras sin visión, y sin planes de desarrollo o formación; pero cabe recordar que en el sistema democrático de gobierno, los partidos son el instrumento esencial de participación y acción ciudadana, por lo que es allí donde debemos tratar de incidir individualmente para actuar colectivamente.