Yo, que vengo de un país tropical donde la izquierda todavía cree que Fidel fue un santo y que el Che escribía haikus en sus ratos libres, debería estar acostumbrado a la doble moral. Pero no. Cada cierto tiempo aparece un nuevo motivo para que se me revuelva el estómago, y esta semana me lo regalan, en bandeja de plata, los muchachos del Frente Amplio.
Resulta que los camaradas andan indignados con Israel. Indignadísimos. Quieren que Costa Rica no firme nada con los judíos, que rompamos relaciones, que los aislemos como si fueran apestados medievales. Mientras tanto, en sus oficinas tienen colgada, con devoción de monaguillo, la foto sonriente de Hugo Chávez Frías y la del payaso autocrático Nicolás Maduro. Sí, esos dos. Los mismos a los que la Corte Penal Internacional investiga por crímenes de lesa humanidad. Los mismos que llenaron los sótanos del SEBIN de torturados y empujaron a casi ocho millones de venezolanos a huir caminando con lo puesto, cargando un bolso, un niño y un país perdido a la espalda. Esos son los héroes de pared del Frente Amplio.
Vamos a hablar claro, porque a mí los eufemismos siempre me parecieron cosa de cobardes.
¿A quiénes defienden hoy los muchachos progres? A Hamas. Sí, a Hamas. La banda armada que controla la Franja de Gaza con mano de hierro y manual de teología medieval.
La misma Hamas que en 2016 ejecutó a uno de sus propios comandantes, Mahmoud Ishtiwi, después de acusarlo de ser homosexual. Lo torturaron, lo declararon “moralmente impuro” y lo fusilaron. En esa franja de tierra, mientras los muchachos del Frente Amplio almuerzan tofu y firman manifiestos en Barrio Escalante, ser maricón sigue siendo delito penado con hasta diez años de cárcel, herencia mal digerida del Código Penal británico de 1936 que Hamas conserva con cariño de coleccionista. A las mujeres, en Gaza, se les exige el permiso de un tutor varón —padre, hermano, tío, lo que sea, mientras tenga testículos— hasta para salir del territorio. La sharia interpretada por fanáticos: ese es el paraíso que el Frente Amplio defiende con pancartas pintadas a mano.
Y yo me pregunto, con la inocencia del que ya no cree en nada: ¿en qué momento se decidió que era progresista defender a un régimen teocrático que cuelga homosexuales de las grúas en plaza pública? ¿En qué momento dejó de ser contradictorio?
Porque a mí me explicaron, cuando era muchacho, que la izquierda era la del progreso, la libertad sexual, los derechos de la mujer, la diversidad, el laicismo. Y resulta que, en 2026, la izquierda costarricense aplaude a un grupo terrorista que lapida adúlteras y persigue homosexuales casa por casa. Que alguien me lo explique, por favor. Porque yo, francamente, ya no entiendo.
Y luego está el Che. Ay, el Che. El santito de pelo largo y boina ladeada que todavía cuelga en la camiseta de cualquier estudiante universitario con ínfulas revolucionarias.
Vamos a refrescar la memoria, que es lo único que tienen barato los hipócritas: Ernesto Guevara fue el verdugo en jefe del paredón de La Cabaña en los primeros meses de la revolución, donde firmó órdenes de fusilamiento al por mayor sin más juicio que su gana. Fue uno de los puntales ideológicos del régimen que, pocos años después, montó las UMAP, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, esos campos de concentración cubanos donde encerraron a homosexuales, a Testigos de Jehová, a curas, a poetas, a artistas y a cualquiera que oliera distinto. A los gays los rapaban, los golpeaban, los obligaban a cortar caña bajo el sol del Caribe hasta caer redondos. Lo reconoció el propio Fidel décadas después, cuando ya nadie podía negarlo: fue “una gran injusticia”. El Che, por su parte, jamás se arrepintió de nada. Murió matando, que es como mueren los matones.
Y entonces, mírenlos ustedes: estudiantes gays paseando por San Pedro con la cara del Che estampada en el pecho. Activistas trans firmando manifiestos a favor de Cuba. Diputados del Frente Amplio invocando al guerrillero como si fuera Gandhi en cuero. Yo me pregunto, otra vez con esa inocencia mía: ¿en qué planeta un homosexual puede ponerse encima la efigie del hombre que lo habría mandado a cortar caña hasta vomitar sangre? ¿En qué universo paralelo se aplaude al verdugo y se condena al país que, por cierto, organiza el desfile gay más grande del Medio Oriente, que es Israel, donde los palestinos LGBT huyen para no ser asesinados por sus propios primos?
A mí no me vengan con que esto es complicado. No es complicado. Es vergonzoso, que es distinto.
Hablemos del TLC con Israel, ya que el Frente Amplio se rasgó las vestiduras esta semana como matrona escandalizada. Israel es el único país de la región donde una persona puede ser abiertamente homosexual sin que la tiren del techo. El único donde una mujer puede ser jueza, primera ministra, piloto de caza, fiscala general. El único con prensa libre, parlamento elegido, alternancia política, tribunales independientes que llegan a procesar a sus propios primeros ministros. ¿Es perfecto? Por supuesto que no, ningún país lo es, y la política israelí en Cisjordania y en Gaza merece todas las críticas que se le quieran hacer, empezando por las mías. Pero entre Israel y Hamas, entre Tel Aviv y Teherán, entre Jerusalén y Caracas, no existe equivalencia moral posible. Quien insinúe que la hay miente, o es imbécil, o las dos cosas a la vez. Sin medias tintas.
El Frente Amplio quiere que Costa Rica se aleje comercialmente de la única democracia liberal del Medio Oriente para acercarse, ¿a qué exactamente? ¿A la Venezuela de Maduro, que dejó de ser exportadora de petróleo para volverse exportadora de migrantes hambreados? ¿A la Cuba de los Castro, donde un kilo de pollo cuesta un mes de salario y la gente todavía cruza el Estrecho de la Florida en cámaras de neumático? ¿A la Nicaragua de Ortega, ese asaltabancos converso en dictador, que metió presos a los obispos y empujó a Sergio Ramírez al exilio? Ese es el sur global de los muchachos del Frente Amplio. Esos son sus modelos de desarrollo, sus referentes éticos, sus poemas favoritos.
Yo entiendo que uno, joven, tonto y con las hormonas alborotadas, se enamore de la épica. La épica es bonita, no lo niego. La barba, el fusil, el puro habano, las consignas en latín, el póster pegado con tachuelas sobre la cabecera de la cama. Lo entiendo. Yo también, alguna vez, leí a Marx en una banca de plaza y pensé que el mundo se podía arreglar con un puñado de adjetivos. Pero después uno crece. Lee a Solzhenitsyn. Habla con un venezolano. Pisa Miami. Y se da cuenta de que la utopía socialista terminó siempre, sin excepción, en torturas, fusilamientos, hambre y exilio. Sin una sola excepción en más de un siglo de experimentos.
Lo que ya no se puede tragar, lo que no debería poderse tragar, es que adultos formados, profesionales, abogados, diputados de la República, sigan jugando a la revolución con los muertos de otros. Que pongan la foto de Chávez en la pared como si fuera un Che Guevara con corbata. Que defiendan a Hamas mientras se proclaman feministas. Que abracen la causa palestina —que tiene aristas legítimas, no lo niego, las hay y muchas— sin mover un dedo, sin firmar un manifiesto, sin pronunciar una sílaba por los gays palestinos que mueren a manos de sus propios “compatriotas” islamistas.
Eso, en cualquier país medianamente serio, se llama cinismo. En el Frente Amplio lo llaman programa político.
Yo, por mi parte, prefiero quedarme con el costarricense de a pie, ese que no necesita pósteres de dictadores muertos para saber lo que está bien. Ese que sabe, sin haber leído jamás a Hayek, que la libertad no se negocia con los verdugos. Y que un partido que confunde a un asesino con un héroe no tiene ninguna autoridad moral, ninguna, repito, ninguna, para hablarnos de derechos humanos.
Que se firme el tratado con Israel. Que los caraduras sigan ladrando.
Yo me voy a tomar un café.