
En Costa Rica desde hace varias décadas, gran parte de la población se ha visto inmersa en una vorágine de mentiras y engaños en cuanto a lo que ofrecen los políticos tradicionales en cada campaña electoral.
Sin que en realidad los costarricenses dispongan de una manera directa, cuestionar una serie de promesas incumplidas que nunca se efectuaron o materializaron en su totalidad, durante una u otra administración de gobierno.
Debido a que cada cuatro años, escuchamos a los mismos políticos ofreciendo falazmente, combatir el desempleo, prometer acceso a una vivienda digna, instaurar una educación más eficiente, mejorar la calidad de los servicios de salud y reconstruir la infraestructura vial; sin que veamos efectos visibles y las necesidades son tantas que nos sobrepasan.
Porque como es notorio, también se presenta el dilema de acabar con la inseguridad ciudadana. Que se traduce en robos y asesinatos en todo el territorio nacional, además del incremento del narcotráfico y la corrupción institucionalizada que aqueja a todos los sectores del Estado.
Más allá de las falsas promesas de campaña que pasadas las elecciones, jamás se vuelven realidad, debido a que incluso los medios de comunicación se han vuelto cómplices del mercantilismo político, en el que nos vemos inmersos cada día; a pesar de las buenas intenciones de algunos ciudadanos, conscientes de la tragedia que nos embarga y que hacen evidente a través de sus escritos dentro y fuera del país.
Tratando de despertar a un colectivo que se identifique con el hecho de que efectivamente no somos un pueblo de domesticados, como se dijo alguna vez. Sino de ciudadanos conscientes y comprometidos con nuestra nación y no con el clientelismo político al que nos querido acostumbrar, muchos de nuestros jerarcas, en aras de una Tercera República que aún no ve la luz.
Pero lo más grave, es que como costarricenses nos sentimos cada vez más apáticos frente a estos temas; en el sentido de que nos estamos acostumbrando a ser víctimas de nuestras propias y malas elecciones políticas, sin darnos cuenta que Costa Rica, ya no es el cálido terruño que nos vio nacer. Y por ello, necesita de nuevos modelos de educación, salud, tecnología, economía y seguridad para poder enfrentar los retos de este siglo XXI.
Presentándose en este contexto, el ensayo del Doctor Alex Solís Fallas, sobre la “Política del miedo y desencanto ciudadano”, como una propuesta concreta desde una mirada crítica y muy realista de esa Costa Rica que a todas luces, se nos fue de las manos hace varias administraciones atrás.
Porque para quienes se jactan de pertenecer a la democracia más estable de toda América Latina y respetuosa de los derechos humanos en teoría, la práctica deja mucho que desear. Debido a que los cambios histórico-sociales que se avecinan son inminentes.
Más allá de las diferencias que puedan existir políticamente hablando y que luego de la creación de la Primera República (1856) que desató un conflicto armado histórico; y la concreción de la Segunda República en (1948), con una Guerra Civil que nadie quiere recordar. Es evidente que las controversias políticas de este pequeño país, deben resolverse “democráticamente”, a la “tica”, sin hacer de nuevo que corra la sangre al río.
Lo que no oculta el mal manejo de los fondos públicos por parte del Estado, junto con la indiferencia de muchos costarricenses al respecto, evidenciando una crisis político-social y económica que ya es insostenible, desde diferentes espectros de la ciudadanía.
Contribuyendo en que el Estado Social de Derecho, no cumpla con la función para la que fue creado. Y que radica en el libre ejercicio de la Democracia Participativa, de la cual en realidad no poseemos el menor control, sin hacer un llamado al populismo ideológico de corte Chavista.
En el sentido de que existen en las altas esferas del poder, una serie de intermediarios los cuales controlan, la toma de decisiones que nos competen a todos; y que nos hacen vivir en la actualidad en un “Estado Social de Indefensión Ciudadana”, sin capacidad de legitimación participativa del pueblo, más allá de una urna electoral que se pone en entredicho cada cuatro años…
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