La luna: la nueva frontera geopolítica en disputa

» Por Junior Aguirre Gorgona – Profesor de Política Global en el Instituto Dr. Jaim Weizman

Dejando un poco de lado los problemas que nos ocupan a los terrícolas, como la guerra en Medio Oriente entre Estados Unidos, Israel, Irán y los proxies de los ayatolás instalados en Líbano, Yemen, Irak y Siria, dirijamos nuestra atención al nuevo frente que se abre hoy a partir de las 4:24 pm hora local. 6:24 pm hora de la Florida.

De ahí será lanzado un cohete no con un objetivo militar específico, pero sí con una misión clara: volver a la Luna. No de la forma que lo hizo Armstrong y la misión Apolo 11, esta vez para verla de “lejos” y acariciar su superficie, medirla, estudiarla, cartografiarla y, sobre todo, evaluarla como un territorio estratégico. Y no; este no es un viaje exclusivamente para expandir el conocimiento y mostrarnos la cara oculta de la Luna. Todo lo contrario: se trata de la nueva frontera geopolítica —o más correctamente, geoespacial— que los principales actores internacionales se disputarán durante el siglo XXI.

Hace más de seis décadas, en plena Guerra Fría, el presidente estadounidense John F. Kennedy pronunció una frase que hoy vuelve a resonar con una vigencia inquietante: “Elegimos ir a la Luna… no porque sea fácil, sino porque es difícil.” En aquel entonces, la Luna fue un símbolo ideológico. Hoy, es un activo estratégico.

Durante las décadas de 1950 y 1960, la carrera espacial fue esencialmente una extensión tecnológica de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El objetivo era demostrar supremacía científica, militar e ideológica. Pero el mundo del siglo XXI ya no es bipolar. Hoy vivimos en un sistema multipolar, donde la competencia ya no ocurre únicamente entre Estados, sino entre Estados y corporaciones tecnológicas, en un entorno que algunos analistas ya denominan geopolítica cislunar, es decir, la disputa por el dominio estratégico del espacio comprendido entre la Tierra y la Luna. Y en este nuevo tablero, los jugadores han cambiado.

Los nuevos actores: las BigTech y la privatización del espacio

Pero no solo las naciones más poderosas del mundo buscan expandir su frontera en el espacio y tener un trozo de la Luna en su haber. A diferencia de las misiones ocurridas en los años 50 y 60 del siglo pasado, donde la Guerra Fría y la muestra de músculo tecnológico eran las principales motivaciones, en nuestro tiempo existen nuevos actores que financian, colaboran con tecnología y toman decisiones estratégicas. Porque, como en cualquier escenario geopolítico: quien paga la fiesta decide cuándo inicia… y cuándo termina.

Los fundadores de las grandes compañías tecnológicas han identificado en el sector aeroespacial un espacio de inversión que trasciende la exploración científica y se vincula directamente con la infraestructura estratégica del futuro. No se trata únicamente de iniciativas personales, sino de proyectos que responden a una lógica de largo plazo en términos tecnológicos, económicos y, en algunos casos, geopolíticos.

Elon Musk, a través de SpaceX, ha introducido cambios estructurales en la industria aeroespacial al consolidar el uso operativo de cohetes reutilizables, lo que ha reducido significativamente los costos de lanzamiento y ha incrementado la frecuencia de misiones orbitales. Este modelo ha permitido a la compañía convertirse en un proveedor crítico para agencias estatales como la NASA y el Departamento de Defensa de Estados Unidos, situándola en una posición que trasciende la de un contratista convencional.

Por su parte, Jeff Bezos, mediante Blue Origin, ha impulsado una estrategia orientada a la construcción de infraestructura orbital sostenible, con énfasis en el desarrollo de sistemas de transporte espacial y plataformas que permitan operaciones prolongadas fuera de la Tierra. A diferencia del enfoque más orientado a la colonización interplanetaria que caracteriza a SpaceX, Blue Origin ha privilegiado la creación de capacidades industriales en el entorno espacial cercano.

Ambas empresas además de operar como proveedores tecnológicos, lo hacen también como actores que participan activamente en la definición de las capacidades logísticas y operativas que sostendrán la expansión humana más allá de la órbita terrestre. Y detrás de las misiones actuales, incluyendo aquellas vinculadas al programa Artemis, se encuentran gigantes industriales como Lockheed Martin, responsable del desarrollo de la nave Orion, así como otros actores como Northrop Grumman, Boeing y múltiples consorcios tecnológicos que integran una compleja red industrial conocida como el complejo aeroespacial moderno.

La Luna y Marte como activos económicos: minerales, energía y poder

Los intereses actuales no solo involucran la expedición espacial ni la expansión de nuestro entendimiento sobre la formación del universo. El verdadero motor es otro: los recursos estratégicos, los minerales críticos como:

  • Helio-3, un isótopo potencialmente clave para la energía de fusión nuclear.
  • Tierras raras, esenciales para electrónica avanzada.
  • Titanio lunar, presente en altas concentraciones.
  • Regolito lunar, que podría ser utilizado como material de construcción en futuras colonias.

Estos activos podrían estar no solo en nuestro planeta, sino también en la Luna y eventualmente en Marte, por lo que en términos geoeconómicos, el acceso a estos recursos podría redefinir la cadena de suministro global y alterar el equilibrio energético mundial, porque -tema no menor- quien controle estos recursos, controlará la próxima revolución industrial.

Por su parte, Elon Musk ha declarado en múltiples ocasiones que su objetivo final no es la Luna, sino Marte. Su visión es clara: establecer una civilización autosuficiente en otro planeta. Lo que hace algunas décadas parecía ciencia ficción, hoy se analiza en términos logísticos y estratégicos. La Luna, en este contexto, podría convertirse en una estación intermedia, una especie de “estación de gasolina espacial”, donde se produzcan combustibles derivados del hielo lunar y se ensamblen naves destinadas a misiones interplanetarias. En términos técnicos, esto forma parte de lo que se conoce como “Arquitectura logística extraplanetaria”. Un concepto que ya no pertenece a novelas futuristas, sino a documentos estratégicos reales.

Aunado a lo anterior, no debe perderse de vista a un actor que en momentos decisivos del pasado fue determinante: Rusia. Si bien el deterioro económico, las sanciones internacionales y el desgaste derivado de conflictos prolongados han limitado su capacidad de liderazgo en el ámbito aeroespacial, su debilitamiento relativo ha terminado por fortalecer indirectamente a su principal aliado estratégico: la República Popular de China.

El gigante asiático ha desarrollado un programa espacial metódico, disciplinado y claramente orientado a objetivos estratégicos de largo plazo. Sus misiones lunares, particularmente las del programa Chang’e, han demostrado capacidades tecnológicas crecientes, incluyendo el aterrizaje en la cara oculta de la Luna, una operación que durante décadas fue considerada técnicamente compleja y de alto riesgo.

A diferencia de la lógica predominante durante la carrera espacial del siglo pasado —marcada en gran medida por la búsqueda de prestigio político y simbólico— China no parece competir únicamente por reconocimiento internacional. Compite por infraestructura orbital, autonomía tecnológica y posicionamiento estratégico sostenido, y lo hace con una característica que históricamente ha definido su política exterior: la paciencia estratégica.

En este contexto, la alianza emergente entre China y Rusia para la construcción de una futura Estación Internacional de Investigación Lunar constituye uno de los desafíos más significativos para las potencias occidentales en el ámbito geoespacial, no solo por su dimensión tecnológica, sino por sus implicaciones en términos de equilibrio estratégico y acceso a recursos extraplanetarios.

Otro elemento crucial en la discusión y la disputa por el espacio que no puede ignorarse es el aspecto jurídico, porque si la Luna se convierte en territorio estratégico, surge inevitablemente una pregunta fundamental: ¿Quién es dueño del espacio?

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 establece que ningún Estado puede reclamar soberanía sobre cuerpos celestes. Sin embargo, el desarrollo de nuevas tecnologías y la participación de actores privados ha generado vacíos legales que hoy se debaten en foros internacionales en los que abiertamente se habla de soberanía funcional, derechos de explotación, propiedad de recursos extraterrestres. Conceptos que hace apenas una generación eran impensables.

Una mirada al cielo… con los pies en la Tierra

Y aunque hay muchos conflictos por resolver en nuestro planeta, guerras que parar, enemigos que derrotar y terroristas que eliminar, hoy, cuando el reloj marque la hora del lanzamiento, vale la pena mirar al cielo azul, como siempre lo hemos hecho desde los anales de nuestra historia, porque la exploración del cielo no comenzó con los cohetes, comenzó con la curiosidad humana, desde los primeros homínidos que observaron las estrellas hasta los científicos modernos que calculan trayectorias orbitales, la humanidad ha entendido algo fundamental: el cielo nunca fue el límite. Como escribió el pionero de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky hace más de un siglo: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir eternamente en la cuna.”

Ni para el Neanderthal más primitivo, ni para el sapiens más desarrollado, las estrellas han sido un límite. Han sido, siempre, una invitación.

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