
Como se dijo días atrás, Estamos en medio de una guerra psicológica que empezó hace siglos y que continúa. A la luz de la historia en los últimos 500 años, mucho de lo que alimenta los estallidos sociales del tipo BLM, no resulta tan espontáneo y mucho menos consecuente con una conciencia social emergente positiva y constructiva, como muchos quieren creer. Por ejemplo, en 2009, el expresidente Obama proclamó el 9 de octubre como el día conmemorativo para Leif Eriksson (explorador nórdico), justo tres días antes de la celebración del descubrimiento de América hecho por Cristóbal Colón.
Este gesto se asocia a las revueltas del 2020 en su intención. Y sólo puede restarle importancia a la empresa incomparable representada por Colón, por la vía de sustancializar lo anecdótico se anedocdotizar lo sustancial, en palabras de Iturralde (2021). Es cuestionable el relativismo que opera a través de un vaciamiento del significado real de hitos constitutivos de la identidad hispanoamericana, así como una inflación subjetiva de eventos no determinantes en la historia y desarrollo de nuestra cultura y civilización.
No se puede dejar de recordar lo que significa que el recto amor a uno mismo, en su vertiente comunitaria, y de bien común, es amor a la familia y a la patria (Arias, 2021). Si se pierde la recta apreciación cognitiva, y afectiva de uno mismo, de la familia y la patria -alimentada en gran parte por la historia- queda un ser humano aislado, atomizado, sin raíces, sin redes de significado ni capacidad de proyección libre. Alguien totalmente manipulable por las ideologías y totalitarismos de turno, que los sigue habiendo, aunque solapados por un lenguaje hegemónico de “buenismo” y neoderechos humanos.
Puestas solamente estas pocas cartas sobre la mesa, se hace necesario aclarar, por sensatez, que, si de hechos históricos se va a tratar, la pauta tendría que ser siempre alejarse de la mentira, y saber que se puede mentir de muchas maneras: por aproximaciones sucesivas a lo falso, o a algo inaceptable -cual ventana de Overton-. Tampoco debe omitirse la verdad, ni dejar de afirmarla toda vez que sea necesario. Más aun, la historia debe rasgar en la profundización de los hechos y actores, su significado, y no quedarse en la superficie.
La anecdotización de lo sustancial y la sustancialización de lo anecdótico es algo que, como hizo Obama, termina enalteciendo a un actor secundario para poder equiparle a uno principal, y luego quitarle primacía. Si lo queremos ver en términos psicológicos coloquiales, se podría decir que a nuestro descubridor y a todo lo que representa en nuestra identidad hispanoamericana, se le estaría aplicando la técnica de control conocida como “luz de gas” (“gaslighting”), para hacernos dudar del conocimiento objetivo sobre quiénes somos y de dónde venimos -como cultura- de nuestra memoria histórica, etc.
Existen otras maneras más directas de ataque. Por ejemplo, Laura Dassow Walls, profesora de la Universidad de Notre Dame en Indiana e historiadora de la ciencia, se ha dicho que Cristóbal Colón descubrió riquezas materiales que llevaron a la servidumbre. Y lo compara con Alexander von Humboldt, de quien dice que descubrió una riqueza de conocimiento sobre la naturaleza americana que, en la antesala de las independencias latinoamericanas, usó de manera diplomática para difundir las ideas estadounidenses de igualdad y libertad, en aras de su liberación (BBC News Mundo, 2019).
Hay muchísima tela que cortar en una declaración como esta. Y mucha historia que desempolvar, teniendo en cuenta primeramente que el alemán llegó a América 3 siglos después que el almirante, cuando ya los españoles habían hecho una vida en el continente y las dos culturas se habían fusionado significativamente. Eso le permitió viajar por varios años y explorar, como geógrafo rico que era, con toda calma y sin las dificultades y limitaciones de los primeros conquistadores.
Segundo, en sus escritos, 20 a 30 años después de haber estado en América, quedan constando, según Iturralde (2021), la existencia de normativas en Hispanoamérica, así como las grandes diferencias entre la América hispano católica (donde no vio esclavos) y la América protestante en el norte, en donde se cansó de verlos. Esto, a pesar de sus prejuicios iniciales contra España y la Iglesia.
Es cierto que otros autores como Zeuske (2005) recuentan que el viajero observó esclavitud donde quiera, incluso en lugares donde no se esperaba esto, como la Ciudad de México, pero añadiendo un matiz importante: para Von Humboldt la esclavitud no fue una institución española, sino de las élites locales, es decir, de los criollos. A la afirmación sobre esta esclavitud observada en México falta aclarar su magnitud, algo que queda evidenciado en el primer capítulo de su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España:
“El reino de Nueva España tiene una ventaja notable sobre los Estados Unidos, y es que el número de esclavos, así africanos, como de raza mixta; es casi nulo (…)” (Von Humboldt, 1822, p. 15). En esta misma obra se señala la poca protección de que gozaban los dos y medio millones de originarios de México, a la vez que se le atribuye a la gran distancia de la autoridad suprema en España. En este sentido, Von Humboldt reconocía que los indios estaban protegidos formalmente por las leyes españolas, las cuales calificó como sabias y humanas en general.
En el repaso de Iturralde (2021) sobre los escritos del científico y escritor, se indica que los salarios del indígena mineros o de los campos era superior a cualquier otro ingreso de los mineros europeos. Por ejemplo, en Europa el salario más alto era el francés, y el salario indígena era apenas superior al francés. También se señala que España les daba vivienda, y los exceptuaba de impuestos muchas veces. Villamor (2021) indica, con respecto al oro encontrado acá, que ya entrado el s. XVI, a España solo llegaba el quinto real y el resto se quedaba en Iberoamérica para construir universidades, ciudades, caminos, etc.
Desde otra arista, se puede ver por dónde van los tiros tan solo reparando en que también se cita a otros autores afines que proclaman al explorador alemán como un “segundo Colón”, “redescubridor de América”, “descubridor científico de América”, “inventor de la naturaleza”, “padre olvidado de la ecología”, “precursor del cambio climático” y “anticonquistador”. Para coronar, se le atribuye con todo este ejercicio de etiquetamiento, ideologización y polarización de criterios, un cambio del destino del continente y del eje de poder mundial, equiparable y superador al de Colón (BBC News Mundo, 2019).
Ampliando el foco, se hace evidente que este tipo de propaganda tiene una repercusión negativa en la dimensión afectiva de nuestra identidad, es decir, en un punto sensible y movilizador. Queda afectada la valoración sobre quiénes somos como cultura humana particular (que comparte una lengua, religión, historia, etc.), causándosenos confusión, sentimientos de desarraigo y resentimiento con respecto a nuestro origen, a nuestra patria, cultura, etc. Una vez activada esta sensibilidad, se produce por defecto una dependencia identitaria hacia el poder que construye esta narrativa, aparentemente nueva y mejor.
Es importante entonces rasgar y profundizar en la historia, en lugar de dejarnos llevar por las últimas noticias y tendencias culturales y políticas. Volviendo al ejemplo de Eriksson, cuando se dice que el vikingo tocó tierras americanas 471 años antes de Cristóbal Colón, lo que pesa y debe valorarse son los criterios con que se valora el hecho.
Si el criterio o criterios giran en torno al hecho de haber llegado primero, la valoración resulta muy superficial, tal como resulta suponer que una mujer gestante tiene más derechos y valor humano por haber sido concebida años antes que su hijo (en el caso de quienes defienden el aborto basándose en el derecho de la madre a decidir sobre la vida o muerte de su hijo en el vientre).
Cuando se buscan claves de lectura profunda, es necesario buscar en lo más propio y más hondo de la naturaleza humana, es decir, no solamente en lo material, sino en las motivaciones, en el desarrollo personal, social, cultural y espiritual. Por eso los hallazgos arqueológicos de la Universidad de Groningen, publicados en la Revista Nature este 20 de octubre, con que se determina que fue exactamente en el año 1021 que los vikingos llegaron a América (Canadá), y que y cortaron algunos abetos balsámicos y enebros (Orovio, 2021), no le quitan importancia al descubrimiento de Colón.
Tampoco le hacen mella las sospechas de que alrededor de unos 100 vikingos hayan formado un asentamiento, y que todo ello coincida con las sagas islandesas que ya venían señalando a Leif Eriksson como el líder de la expedición, a lo que se agrega que además pudo haber sido el primer cruce del Océano Atlántico.
En definitiva, no se puede comparar el hecho de haber llegado y sobrevivido en medio de una naturaleza desconocida, con el haber llegado, informado de vuelta a España, haber hecho una vida, y haber integrado dos culturas (con hechos como el inicio de la construcción de catedrales, universidades, leprosarios, etc.) (Iturralde, 2021).
Eso es lo que logró Cristóbal Colón, y la Corona española y la Iglesia católica cuyas motivaciones compartía y representaba. Eso es lo que justamente pone en evidencia la diferencia entre lo que es una conquista civilizatoria y una expedición sin mayor repercusión que la que pudo haber tenido a nivel personal y anecdótico en quienes participaron en ella (Villamor, 2021).
Siguiendo esta lógica, no se puede hablar de una empresa civilizatoria en el caso de los sajones y holandeses que posteriormente al descubrimiento de América viajaron acá, pues estos grupos se quedaban principalmente en las costas, con el solo interés de extraer riquezas y luego llevarlas a la metrópoli. De manera que lo realizado por este grupo europeo en nuestro continente consistió más que todo en logros económicos y comerciales (Iturralde, 2021).
En su caso, los intereses predominantes eran materiales y geopolíticos, muy de acuerdo con la teoría protestante de la predestinación. No existió por ejemplo una sajonización del nativo norteamericano ni una norteamericanización nativa de los sajones, como sí hubo americanización de los españoles y españolización de los indígenas en el resto de América (Iturralde, 2021).
Agregando algo más sobre la narrativa antihispánica, “científica” y ambientalista que se ha empezado a construir alrededor de Alexander von Humboldt como “segundo Colón” a la vez que “anticonquistador”, se puede decir con toda seguridad que es sesgada, principalmente porque omite parte importante de sus propios escritos en los que queda claro que después de haber recogido suficiente evidencia, llegó hasta el punto de no oponerse al colonialismo español, sino que en su lugar proponía reformarlo por medio de los gobiernos e instituciones establecidas dentro del marco de la gestión española (Zeuske, 2005).
Si bien había realizado estudios sobre revolución y esclavitud y venido a América como enemigo de la primera y opositor a la etapa más extrema de la Revolución Francesa (etapa jacobina) (Zeuske, 2005), esto no da pie, de ninguna manera, para atribuirle a él la libertad de los nativos americanos, ya promovida por las leyes españolas. Hacia 1804 von Humboldt concluyó que no creía que la esclavitud sería un problema en las próximas dos décadas, ni en el Caribe ni en América. No en vano se ha dicho, además de lo que él mismo escribió, que “ (…) era un científico que también cambiaba opiniones por evidencias” (p. 75).
La libertad en América, tan deseada por Humboldt, fue un proceso que respetó. Entendida como la posibilidad de tener injerencia ciudadana (no ser un esclavo), fue impulsada desde España, tenía bases legales y fue siendo conquistada de facto a través del devenir histórico, del proceso de asimilación recíproca de las dos culturas -regulado por la legislación de la Corona española- a pesar de los intereses egoístas de muchos criollos.
Fue el mismo Hayek, premio nobel de economía, quien afirmó que la libertad no es una mera condición de la naturaleza, sino una consecución de una civilización, la Occidental en este caso (citado por Laje, 2021). En esta misma línea, Laje (2021) propone que el hombre primitivo no es libre, sino que son las instituciones las que, en la sociedad Occidental, le han ido permitiendo gozar de autonomía, mientras que previamente había sumisión a una horda, un clan, una tribu, etc. La libertad a la que se refiere es la política, la que apunta a la posibilidad de una plena participación en una comunidad organizada.
Los nativos americanos descubiertos por Colón no gozaban de dicha posibilidad. No faltan datos históricos al respecto. El mismo Humboldt habló de “indios embrutecidos por el despotismo de los antiguos soberanos Aztecas (…)” (1822, p. 15). De todo lo anterior se concluye, desde una indagación responsable, que es imposible atribuirle el descubrimiento y liberación de Iberoamérica a Humboldt o a Eriksson en cuanto a lo que de proceso humanitaria y culturalmente enriquecedor tuvo la gesta iniciada por Cristóbal Colón.
Ni Humboldt ni Eriksson facilitaron a gran escala la fusión de dos culturas en todos los aspectos: lenguaje, educación, economía, política, arte, mestizaje, religión, etc. Son muchos los autores que indagan sobre el proceso de conquista y se inclinan a la tesis acá suscrita de una fusión de culturas y conquista civilizatoria española (Julián Juderías, María Elvira Roca, Borja Cardelús, Vittorio Messori, Philip Wayne Powell, entre muchos otros), que en realidad fue una primera globalización -que no globalismo- en el mundo (Villamor, 2021).
Personas con educación universitaria inclusive, no llegan a familiarizarse con este acervo. Las universidades han sido secuestradas por la ideología, tan ajena a los hechos y a la evidencia. Sucede que la luz de gas mencionada es apenas una técnica dentro de toda una guerra psicológica, la primera, que empezó siglos atrás.
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