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La cumbre pasa, pero China queda

El panorama geopolítico actual deja ver claramente, ante los ojos de quienes no voltean la mirada a la actitud hegemónica de la China de Xi Jinping, el peligro que corre el mundo occidental liderado por Estados Unidos. El presidente chino, desde su ascenso al máximo puesto de poder del país asiático en 2013, ha dado pasos agigantados hacia el establecimiento de fuertes lazos con naciones del hemisferio a través de una estrategia basada, fundamentalmente, en el aumento de las relaciones comerciales y la deuda como factor de dependencia.

Es evidente que la estrategia trasciende lo comercial y que detrás del velo de las gigantescas inversiones en proyectos de infraestructura, acuerdos para la extracción de materias primas, auxilios en materia sanitaria, préstamos y sobregiros, existe una intención de someter política y diplomáticamente a los países de la región, que terminan convirtiéndose en rehenes del gigante comunista y respondiendo a sus intereses.

En este sentido, el avance de Xi Jinping ha contado en la región con países aliados más que efectivos a la hora de influir en otros, y que se han convertido en verdaderos tentáculos de la China comunista en sus pretensiones de dominio y expansionismo.

Desde el 2003, Venezuela, entonces gobernada por el socialista Hugo Chávez, comenzó a recibir grandes inversiones por concepto de extracción y venta de petróleo, dando comienzo a una relación que se profundizó los siguientes años. Entre 2007 y 2018, China le prestó al país sudamericano la exorbitante suma de 60 mil millones de dólares, y ha funcionado como un salvavidas para el régimen de Nicolás Maduro frente a la crisis general en la que se ha sumido el país, por efectos de la destrucción causados por la dictadura.

No es entonces de extrañarse que el propio Maduro se exprese sobre la relación entre Caracas y Pekín, como la de una “hermandad indestructible”, lo que se ha manifestado en la actitud del gobierno de Xi Jinping, por ejemplo, frente a la crisis política venezolana agudizada en 2019, cuando por medio de la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, expresó que seguiría cooperando con el régimen de Maduro, lo apoyaría en el proceso de restablecer la normalidad política en el país y calificaba de “injerencia grave”, congelar activos y bloquear las vías de financiamiento de la dictadura por parte de la administración de Donald Trump.

Por otro lado, el régimen de Caracas ha declarado abiertamente, a inicios de este año, su posición de apoyo irrestricto a China a través del entonces canciller Félix Plasencia – el mismo que formó parte de la delegación que se reunió con los emisarios del presidente Biden en marzo y que días después fue visto con el ministro de Exteriores de Putin – respaldando el principio de “Una sola China” y de “un país, dos sistemas”.

Además de Venezuela como actor importante para la avanzada del régimen de Jinping, se suma el reciente espaldarazo recibido por parte del comunista Daniel Ortega, quien luego de ser reelegido por cuarta vez en unas elecciones signadas por el aniquilamiento de la oposición política al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), anunció el cese de las relaciones con Taiwán y reconoció a la República Popular China como “único gobierno legítimo” para representar a la nación asiática, lo que apuntala la ya evidente escalada estratégica de China por lograr cada vez mayor presencia en las áreas del hemisferio más cercanas a Estados Unidos.

Parte crucial del proyecto de penetración en el continente americano por parte del país asiático es el vínculo con la dictadura que mantiene oprimido al pueblo cubano, que se evidencia en la afinidad ideológica de ambos regímenes, las similitudes expansionistas de sus proyectos y las relaciones comerciales crecientes de los últimos cuatro años a partir de a incorporación de Cuba en la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.

La influencia nociva de la dictadura castrista en la región es clave para Jinping, pues parece existir un binomio que funciona, por un lado, con Cuba interviniendo en los procesos políticos de los países latinoamericanos para encaminarlos hacia el comunismo, el autoritarismo y su propia destrucción, y por el otro, con China sellando el compromiso con las naciones ya intervenidas de pertenecer a este eje, con una estrategia más que probada.

Además de ello, la dictadura que somete al pueblo cubano desde hace 63 años, ha sacado provecho de sus estrechos lazos con la China comunista, a través de sus acuerdos en materia de internet, para silenciar las voces que reclaman libertad para la isla, como se evidenció luego de que se bloqueara el acceso a internet y a servicios de telefonía después de iniciadas las masivas protestas el pasado 11 de julio de 2021, gracias al dominio de proveedores chinos que soportan toda la infraestructura tecnológica de comunicaciones.

Mientras todo esto viene pasando frente a las narices de occidente y sus líderes, en los últimos días se ha debatido sobre la participación de Venezuela, Cuba y Nicaragua en la Cumbre de las Américas, una conversación puesta sobre la mesa por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador y que dejó a la administración Biden en una situación diplomática compleja, pues se puso en juego el éxito del evento y la fuerza del liderazgo estadounidense en la región.

A última hora, la Casa Blanca decide no invitar a la tríada de países sin democracia a pesar del chantaje del líder de la cuarta transformación mexicana de no asistir a la cumbre si estos eran excluidos y el eco generado por parte de presidentes como Gabriel Boric de Chile, Fernández de Argentina, Castro de Honduras, entre otros.

Sin embargo, aunque esto puede verse como una postura firme de la Casa Blanca, pues las sillas de los más grandes aliados del hegemonismo chino y de quienes han respaldado abiertamente a Vladimir Putin luego de la invasión a Ucrania, estarán vacías por ahora, aún queda la duda respecto a si Estados Unidos seguirá permitiendo el avance sin obstáculos de Xi Jinping en el continente, ampliando su influencia y poniendo en jaque a través de sus viejos y nuevos aliados a la estabilidad de la región.

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El autor es ingeniero e investigador venezolano, exconcejal de San Cristóbal, Táchira, premio nacional de Derechos Humanos 2018 por la Comisión Mexicana de DDHH, miembro fundador de la Comisión Justicia Cuba y del Frente Hemisférico por la Libertad.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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