El triunfo electoral de Donald Trump en las elecciones presidenciales en Estados Unidos, resulta un caso paradigmático en la dinámica electoral de la democracia en occidente. Representa sin lugar a dudas un triunfo de la antipolítica altamente cargada por el discurso populista, xenófobo e intolerante.
Si bien las causas de este ascenso meteórico son múltiples, preocupa sin lugar a dudas, que esta seducción populista al electorado resulta de un mensaje que trasciende ideologías. Mientras por un lado se muestra ultraconservador en materia de derechos humanos y libertades fundamentales, por otro acoge el discurso de la izquierda tradicional cuestionando impuestos, tratados de libre comercio y foros económicos mundiales de integración.
No obstante, la novedad radica en que dicho fenómeno haya logrado permear a la que se creía la democracia más fuerte y emblemática del mundo, lo cual nos demuestra que no hay país que se encuentre exento de sucumbir ante discursos bien articulados que apuntan a señalar problemas y a brindar soluciones que no por ser facilistas y carentes de sustento técnico, jurídico o científico, dejan de ser populares en una amplia mayoría de la población.
La antipolítica, se muestra a la ciudadanía bajo estilos particulares de liderazgo y una hábil estrategia de representación y comunicación, lanzándose a la “caza” de una ciudadanía descontenta y desconfiada de las instituciones y sus representantes, de un Estado poco eficiente, de partidos políticos poco o nada articulados, de un sistema de justicia miope que alimenta una sensación de impunidad, de grandes temas nacionales que se abordan solamente de manera tangencial y del temor ante cuestiones estructurales que generan resentimientos y extremismos particularmente vinculados en la actualidad con el empleo y la inmigración.
A este fenómeno lo hemos visto actuar en el Perú seducido por Fujimori y su tractor amarillo, la Venezuela surrealista de Chávez, al Brexit en Gran Bretaña, al cuestionado triunfo de Ortega en Nicaragua, a la consolidación de grupos de extrema derecha en Europa, así como a la derrota, agotamiento o debilidad de figuras emblemáticas de la izquierda latinoamericana, entre otros ejemplos.
Incluso, Costa Rica no se encuentra ajena al fenómeno. Vimos cómo en las elecciones del 2014 la gran mayoría de la ciudadanía acogió los cantos de sirena que prometían un “cambio” de la política tradicional y un nuevo estilo de hacer las cosas. Pero también se refleja en el elevado porcentaje de personas que al día de hoy no se identifican con ninguna fuerza política; lo cual nos alerta del descontento popular, con el fin de hacer cambios necesarios y urgentes a lo interno de los partidos políticos, para atender las demandas que la ciudadanía reclama con razón de manera seria y responsable, sin dejar abierta la puerta al surgimiento de figuras populistas y extremistas que puedan comprometer la estabilidad de nuestras democracias y economías.
Incluso, debemos prestar atención al rol de los medios de comunicación y a la responsabilidad que les corresponde en cuanto a promotores de estos estilos de liderazgo, pues la polémica que generan los exabruptos populistas incrementan directa e indirectamente la cantidad de lectores, televidentes y radioescuchas de los distintos medios de comunicación colectiva.
Tan es así que, pasada la campaña electoral norteamericana y asegurada la victoria de Trump, mucho del interés de los medios radica ahora en fomentar y transmitir los discursos de apoyo de extremistas de ultraderecha como Marine Le Pen en Francia y su sueño de alcanzar el poder inspirada en la victoria del magnate estadounidense.
También dedican espacio a especular sobre la construcción o no del muro en la frontera con México. Lo que pocos dicen porque sería restarle morbo al tema, es que de los 3.200 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos, casi 1.200 están delimitados por muros, bardas de contención, rejas y planchas metálicas, tubos de acero y alambrado de púas, desde San Diego, California hasta El Paso, Texas o, incluso, que aprovechan el paralelismo con la caída del muro de Berlín para hacer noticia de lo que puede ocurrir ahora, sin mencionar que en el continente europeo al día de hoy, se ha iniciado en Calais la construcción de un muro antiinmigrantes promovido por Reino Unido, con la autorización del gobierno francés; muro que lamentablemente se suma al que construye Noruega a lo largo de la frontera del Artico con Rusia; a la valla que ya está construida entre Macedonia y Grecia, con el fin de que los refugiados que llegan hasta este último país, no puedan pasar a otras naciones europeas y a la valla de 175 kilómetros que construyó Hungría en la frontera con Serbia.
Si las causas del surgimiento de figuras o plataformas propias de la antipolítica las encontramos en las debilidades estructurales de un sistema parcialmente agotado, donde los mecanismos de representación y eficiencia del sistema institucional manifiestan serias falencias estructurales, las reformas y la prevención del surgimiento y consolidación de estas figuras deben convertirse en prioridad de partidos políticos, autoridades gubernamentales, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil, no solo por evitar el extremismo nefasto que conlleva la antipolítica, sino porque el clamor popular ante demandas estructurales es hoy más que nunca justificado y necesario de atender integralmente.