
La muerte gestacional no debe ser una preocupación meramente sanitaria. En la discusión de cómo se enfrenta la muerte de un hijo no nacido intervienen también factores culturales y sociales.
Podríamos considerar culturalmente hablando que, la muerte gestacional es un duelo negado. Cometemos el error de “animar” a la mujer y a sus familias, con frases tales como: “es mejor así, hubiera sufrido mucho si viviera”, “son muy jóvenes pueden tener otro”; si reflexionamos bien sobre estas expresiones podemos decir que: ¿estamos acaso con estas frases restando importancia al hecho de que su hijo se haya muerto?, y expresando, ¿que un hijo puede reemplazar a otro?
Este duelo, además, es invisible socialmente; ya que ni siquiera existe una palabra en nuestro idioma para referirse a una mujer que pierde a su bebé; mientras conocemos términos como: huérfano, viudo o viuda. Esta mujer y su familia adolecen de una “palabra” que simbolice su pérdida.
El Instituto de Estadística y censo a este tipo de deceso lo define como: “muerte fetal” y reporta que para el año 2014 en nuestro país, se dio un total de 437 muertes, con un índice de 6,09% por cada mil nacimientos. De estas mujeres, un 12% ya había sufrido, al menos, una pérdida gestacional en el pasado.
Debemos entender que la forma como se haga saber a la madre sobre la muerte del bebé que lleva en su vientre es vital, y marcará la diferencia de cómo ella y el resto de la familia llevara el duelo.
Por eso la relevancia que el personal profesional no se limite en abordar estas pérdidas desde una perspectiva de técnica médica solamente, sino, hacerlo de forma “humanizada”. En la actualidad, el Ministerio de Salud, al identificar esta gran tarea de sensibilización, se encuentra en la construcción de la “Norma de la pérdida gestacional temprana”, conjuntamente con otras instituciones.
Esta norma vendría a subsanar vacíos en los procesos de cómo atender integralmente la muerte gestacional en los centros de salud, sean públicos o privados.
El Estado y la sociedad, estamos llamados a reconocer el derecho de los padres en despedirse de sus bebés, de permitirles llorar, conservar un recuerdo de su breve existencia (ya sea en tomar una huella de su pie, una foto, un mechón de su cabello), que reciban acompañamiento psicológico desde el centro de salud; y finalmente que se agilice la entrega del cuerpo para que los familiares puedan hacer sepultura de los restos.
En otras palabras, la tarea de sensibilizarnos sobre el dolor de las familias ante la muerte de un hijo no nacido, la conseguiremos cuando como sociedad respetemos el proceso del duelo; y cuando las autoridades de salud, proporcionen normativa y acompañamiento necesario para abordar la muerte gestacional de forma integral.
(*) La autora es diputada de la República por el Partido Acción Ciudadana
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