Hay errores históricos que pueden resolverse con una corrección al pie de página. Otros son más problemáticos porque no nacen simplemente de desconocer un dato, sino de utilizarlo para construir una explicación que ese dato no permite sostener. La reciente polémica protagonizada por Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, pertenece a esta segunda categoría.
El pasado 26 de setiembre, Albanese intentó explicar que el concepto de antisemitismo habría tenido originalmente un significado más amplio que la hostilidad contra los judíos. Para justificarlo recurrió a un término utilizado en los campos de concentración nazis, Muselmann. Según su explicación, algunos testimonios indicaban que los judíos enviados a las cámaras de gas eran llamados “musulmanes”, argumento que vinculó con su interpretación más amplia del antisemitismo.
El problema es que prácticamente todos los elementos importantes de ese razonamiento estaban conectados de manera equivocada, primero porque el término existió, ciertamente, hubo judíos a quienes se denominó Muselmänner. Algunos terminaron siendo seleccionados para morir. Segundo porque “Semítico” también es una categoría lingüística que comprende al hebreo y al árabe. Pero reunir hechos individualmente ciertos no convierte automáticamente en verdadera la conclusión obtenida de ellos.
Por esto incluso la propia Albanese terminó reconociéndolo. El 28 de setiembre publicó una disculpa en la que admitió haber interpretado erróneamente Muselmann y haber deducido equivocadamente que “antisemitismo” había significado originalmente odio contra todos los pueblos semíticos. Reconoció asimismo que el término fue acuñado específicamente para referirse a la hostilidad contra los judíos. La rectificación es pertinente y debe reconocerse como tal, fue publicada en varios medios.
Sin embargo, que haya rectificado no elimina el problema que hizo posible el error. Lo vuelve incluso más interesante para analizar, porque estamos ante una funcionaria con un mandato internacional especializado que utilizó una categoría relacionada con el Holocausto sin verificar adecuadamente su significado, extrajo de ella una inferencia históricamente incorrecta y posteriormente empleó esa inferencia para redefinir otro concepto histórico particularmente sensible.
Es importante señalar que Muselmann no significaba judío. La documentación del Museo Estatal Auschwitz – Birkenau resulta bastante clara. Muselmann, palabra alemana traducible literalmente como “musulmán”, era utilizada en Auschwitz y otros campos para referirse a prisioneros que habían llegado a etapas avanzadas de inanición y agotamiento. Habían perdido grasa y masa muscular, presentaban movimientos lentos, aspecto cadavérico y, progresivamente, indiferencia ante los estímulos externos.
No era una categoría religiosa, étnica o racial, ni tampoco era otra manera de denominar a los judíos. Describía una condición extrema de degradación física y psicológica producida por el sistema concentracionario. Su propia etimología continúa sin estar definitivamente aclarada, circunstancia que debería aumentar la prudencia antes de construir interpretaciones históricas a partir de la traducción literal de la palabra.
Los Muselmänner estaban, además, en una posición particularmente vulnerable. El deterioro podía conducirlos rápidamente a la muerte y quienes eran considerados incapaces de trabajar podían ser seleccionados por médicos de las SS para ser asesinados. Auschwitz – Birkenau documenta expresamente que prisioneros en esa condición fueron enviados a las cámaras de gas. Por tanto, existe una relación entre Muselmann, selección y asesinato, pero no es la relación planteada inicialmente por Albanese.
Aquí está la diferencia fundamental. Decir que hubo prisioneros judíos considerados Muselmänner que posteriormente fueron enviados a las cámaras de gas es históricamente correcto. Decir que los judíos eran llamados “musulmanes” cuando eran enviados a las cámaras de gas transforma una condición de los campos en una denominación colectiva y altera la relación entre los conceptos.
No se trata de una diferencia menor ni de una disputa semántica, Auschwitz utilizó clasificaciones específicas para diferentes grupos de prisioneros, incluidos los judíos. El universo del lenguaje nazi estaba atravesado precisamente por categorías raciales, nacionales, políticas y sociales diferenciadas. Muselmann no sustituía esas clasificaciones ni convertía a los prisioneros judíos en integrantes de una supuesta categoría común denominada “musulmanes”.
Del error semántico al error histórico
El segundo problema aparece cuando Albanese conecta esa interpretación de Muselmann con el significado de antisemitismo. La lógica parece sencilla, si “semítico” comprende a distintos pueblos o lenguas de Oriente Medio, entre ellos árabes y judíos, entonces “antisemitismo” debería designar la hostilidad contra todos ellos. Es una explicación intuitiva desde la morfología de la palabra, pero históricamente es falsa.
El término “antisemitismo” fue acuñado y popularizado en 1879 por el periodista y agitador alemán Wilhelm Marr. No apareció como una categoría destinada a describir prejuicios contra una hipotética comunidad formada conjuntamente por árabes, judíos y otros “semitas”. Surgió específicamente para designar y racionalizar una forma moderna de hostilidad contra los judíos. El United States Holocaust Memorial Museum lo define precisamente como prejuicio u odio contra los judíos.
Esto obliga a distinguir entre etimología y genealogía conceptual. Que “semítico” sea una categoría lingüística más amplia no significa que cualquier palabra construida posteriormente utilizando esa raíz conserve todos sus significados posibles. Las palabras adquieren sentidos históricos concretos mediante su uso. Pretender reconstruirlos únicamente separando sus componentes lingüísticos puede producir precisamente la clase de error cometido en este caso.
La secuencia “árabes son semitas, por tanto, antisemitismo también significa odio contra los árabes” se repite con frecuencia en discusiones políticas contemporáneas, incluso en el marco del conflicto entre palestinos e israelíes. Pero funciona mediante una falacia etimológica, supone que el significado actual o histórico de una palabra puede deducirse directamente del significado original de sus componentes. En este caso, además, ignora deliberadamente casi siglo y medio de utilización documentada del concepto.
Que exista racismo, xenofobia, islamofobia o discriminación contra árabes y musulmanes es indiscutible y merece ser identificado mediante las categorías correspondientes. Nada se gana ampliando artificialmente el concepto de antisemitismo para incorporarlos. Por el contrario, hacerlo termina confundiendo fenómenos distintos y empobreciendo las herramientas que necesitamos precisamente para identificarlos.
Una verdad parcial también puede desinformar
Este episodio ofrece una buena demostración de cómo funciona la tergiversación conceptual sin necesidad de inventar completamente los hechos. Albanese no inventó la palabra Muselmann. Tampoco inventó que hubo víctimas judías a quienes se aplicó esa denominación, ni que algunas personas reducidas a semejante condición terminaron en las cámaras de gas. El problema aparece en las conexiones establecidas entre esos hechos.
Este mecanismo es especialmente relevante en los debates contemporáneos. Una narrativa no necesita construirse enteramente sobre falsedades para conducir a una conclusión falsa. Basta con seleccionar elementos verdaderos, modificar su contexto, eliminar las distinciones que originalmente los separaban y reorganizarlos dentro de una secuencia causal diferente.
En este caso ocurrió precisamente eso, Muselmann pasó de describir una condición en los campos de concentración a parecer una denominación aplicada a los judíos; su traducción literal como “musulmán” fue utilizada posteriormente para respaldar una interpretación sobre el significado histórico del antisemitismo; y una clasificación lingüística terminó convertida en argumento para modificar la genealogía de un concepto político nacido específicamente en relación con los judíos.
El problema adicional de hablar desde un mandato internacional
El episodio sería menos relevante si se tratara simplemente de una conversación informal. Albanese, sin embargo, ocupa desde 2022 el mandato de relatora especial sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados. Los relatores especiales son expertos independientes y sus declaraciones no constituyen automáticamente posiciones oficiales de Naciones Unidas.
Pero que sea independiente no significa ausencia de responsabilidad. Precisamente porque una persona aparece públicamente asociada con un mandato internacional, sus intervenciones adquieren una autoridad que supera la de un activista particular. Cuando habla Albanese, buena parte del público no distingue necesariamente entre una conclusión contenida en un informe, una valoración jurídica, una intervención política o una opinión expresada durante una entrevista.
Esta frontera se ha convertido en uno de los aspectos más controvertidos de su desempeño. Albanese ha recibido críticas de distintos gobiernos por declaraciones consideradas incompatibles con la imparcialidad esperada de su función. Alemania, Francia e Italia estuvieron entre los países que en 2026 reclamaron su renuncia por expresiones que calificaron como antisemitas o sesgadas. Ella ha rechazado esas acusaciones y sostiene que sus declaraciones han sido distorsionadas o descontextualizadas.
La causa no puede determinar el significado de las palabras
Existe una tentación recurrente en los conflictos altamente polarizados de adaptar las categorías a las necesidades argumentativas del presente. Genocidio, apartheid, colonialismo, terrorismo, resistencia, ocupación, antisemitismo e islamofobia se convierten entonces en algo más que conceptos históricos, jurídicos o sociológicos. Funcionan como instrumentos de legitimación y deslegitimación dentro de una disputa política.
Eso no significa que tales conceptos deban permanecer congelados. Las categorías evolucionan, son discutidas y pueden adquirir nuevas dimensiones. Pero existe una diferencia considerable entre debatir razonadamente los límites de un concepto y reconstruir retrospectivamente su significado para hacerlo compatible con una determinada posición política.
La precisión conceptual resulta especialmente necesaria cuando hablamos del Holocausto. Auschwitz no necesita ser transformado en una cantera de analogías disponibles para cualquier discusión contemporánea. Su vocabulario corresponde a experiencias históricas concretas que deben estudiarse en su contexto antes de trasladarlas a debates actuales. Utilizar Muselmann sin conocer adecuadamente ese contexto produjo exactamente el resultado contrario.
También existe un riesgo adicional. Al intentar ampliar el antisemitismo mediante una interpretación incorrecta de “semítico”, se termina debilitando la capacidad explicativa del concepto. El antisemitismo tiene una historia específica, esto no resta gravedad a otras formas de racismo; permite estudiarlas sin convertirlas artificialmente en una sola cosa.
Albanese tiene derecho a una posición; no a sus propios hechos
Francesca Albanese puede sostener posiciones extremadamente críticas sobre Israel. Puede considerar que las actuaciones israelíes en Gaza constituyen genocidio, defender mecanismos internacionales de rendición de cuentas y cuestionar las políticas de gobiernos occidentales. Su condición de relatora independiente tampoco exige que adopte una inexistente neutralidad moral frente a las circunstancias que considere documentar sobre eventuales violaciones de derechos humanos.
El problema comienza cuando una convicción política antecede a la comprobación de los elementos utilizados para sostenerla. Un experto puede tener posiciones, pero las categorías históricas no pueden cambiar de significado para acomodarse a ellas. La diferencia entre análisis y activismo no reside necesariamente en carecer de convicciones, sino en la disposición a someter incluso las propias convicciones al control de la evidencia.
Aquí Albanese falló precisamente en ese punto, porque tomó una palabra cuyo significado podía verificarse fácilmente en la documentación especializada de Auschwitz, la interpretó incorrectamente y construyó a partir de esa interpretación una conclusión igualmente incorrecta sobre el antisemitismo.
Y se debe señalar que cuanto mayor es la autoridad atribuida al emisor, mayores deben ser las exigencias de precisión. No porque los relatores sean infalibles, sino precisamente porque sus palabras circulan posteriormente desprendidas de sus matices y son utilizadas como argumentos de autoridad.
Las palabras también exigen rendición de cuentas
La discusión sobre Francesca Albanese no debería reducirse a determinar si alguien está “a favor” o “en contra” de ella, ni debería utilizarse este episodio para invalidar automáticamente sus informes sobre los territorios palestinos, que deben ser examinados por sus fuentes, metodología y argumentos.
Pero el extremo contrario tampoco resulta aceptable, porque defender la causa palestina, denunciar la situación de Gaza o cuestionar las políticas israelíes no obliga a relativizar errores históricos cuando estos proceden de alguien considerado aliado de esas posiciones. La credibilidad del análisis internacional depende precisamente de aplicar el mismo estándar de verificación independientemente de quién formule la afirmación.
Albanese se equivocó sobre Muselmann. Se equivocó al conectar ese término con una supuesta concepción original del antisemitismo que comprendía a todos los pueblos semíticos. Y su error demuestra algo más amplio que una deficiencia puntual de conocimiento histórico, muestra el peligro de permitir que una narrativa contemporánea determine retrospectivamente qué deberían haber significado los conceptos del pasado.
Su disculpa cierra una parte de la controversia, pero no elimina su enseñanza. En tiempos en los que la guerra también se libra mediante palabras, categorías y analogías históricas, la precisión no constituye un lujo académico. Es una obligación elemental que debería ser todavía mayor para quien habla investido de la autoridad que acompaña a un mandato internacional.
No todo error es una tergiversación deliberada, pero ninguna causa política, por legítima que alguien la considere, concede licencia para reorganizar la historia hasta hacerla decir lo que quieren que diga, aunque vaya en contra inclusive de hechos confirmados o de términos cuyo origen jurídico, histórico o etimológico no da pie a ambigüedades o flexibilidad interpretativa.