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¿Estamos realmente escuchando a las personas adolescentes?

» Por Dra. Lidia Salas Chavarría - Vocera del Colegio de Trabajadores Sociales de Costa Rica

Hablar de adolescencia es referirse a una etapa de profundas transformaciones, en la que se define buena parte del camino que cada persona comenzará a construir para su vida.

Es precisamente por eso que como sociedad debemos prestar especial atención cuando una persona adolescente atraviesa momentos difíciles, se siente sola, enfrenta violencia, rechazo o presión, o simplemente necesita que alguien la escuche. La adolescencia debe ser una etapa que se transite en compañía.

Durante estos años se construyen la identidad, la autonomía, los vínculos y los proyectos de vida. Por ello, garantizar que las personas adolescentes cuenten con acompañamiento, respeto, oportunidades y espacios seguros es una responsabilidad que nos corresponde a todos.

Las familias, los centros educativos, las instituciones públicas, las comunidades y las organizaciones sociales tenemos un papel que cumplir.

Uno de los mayores desafíos es comprender que la salud mental va más allá de la ausencia de una enfermedad o un trastorno. Está estrechamente relacionada con las condiciones en las que las personas viven, crecen y se relacionan.

Tener una familia o una red de apoyo, sentirse parte de una comunidad, contar con oportunidades educativas, vivir libres de violencia y discriminación, participar y ser escuchados son elementos que pueden marcar una diferencia significativa en la vida de una persona adolescente.

Por eso, cuando hablamos de proteger a nuestra población adolescente, debemos dejar de pensar únicamente en cómo reaccionar cuando aparece una situación crítica. La verdadera tarea empieza mucho antes: construyendo condiciones que permitan que esa situación pueda prevenirse. Esto implica mirar con mayor atención aquello que muchas veces normalizamos.

El acoso escolar, la violencia, el abuso, la discriminación, la exclusión, los conflictos familiares, el aislamiento, las dificultades económicas, la presión académica, la violencia digital y el consumo problemático de sustancias pueden afectar profundamente el bienestar de una persona adolescente. Son realidades que no siempre se expresan de manera evidente y que, en ocasiones, pueden permanecer ocultas detrás de un cambio de comportamiento, del silencio o del aislamiento.

En ese sentido, me es inevitable preguntarme si ¿estamos realmente escuchando cuando una persona adolescente nos dice que no se siente bien? Esta pregunta debería interpelarnos como familias, educadores, instituciones y sociedad.

Escuchar es evitar minimizar lo que sienten, responder inmediatamente con consejos o decirles que “eso también pasará”; es prestar atención, validar sus emociones, evitar los juicios y crear la confianza necesaria para que puedan hablar sin miedo a ser ridiculizados, castigados o ignorados.

También, significa reconocer que las personas adolescentes tienen derecho a ser respetadas, a expresar sus opiniones y a que estas sean tomadas en consideración. La Convención sobre los Derechos del Niño y el Código de la Niñez y la Adolescencia establecen precisamente principios que obligan a la familia, al Estado y a la sociedad a procurar condiciones adecuadas para su desarrollo integral.

Pero los derechos se protegen no solo desde las leyes. Se protegen también en la cotidianidad, cuando una madre, un padre o una persona encargada-responsable le pregunta  al niño, niña, hijo o hija cómo está, y realmente escucha la respuesta.

Se protegen cuando una persona docente identifica que un estudiante necesita apoyo y busca ayuda, cuando una comunidad genera espacios de participación, o cuando dejamos de considerar “cosas de adolescentes” aquellas situaciones que pueden estar afectando seriamente su bienestar. También, cuando comprendemos que pedir ayuda no es motivo de vergüenza.

En la actualidad, la salud mental debe ocupar un lugar prioritario en la agenda social. No como una respuesta ante la crisis, sino como una inversión permanente en promoción, prevención, calidad de vida y desarrollo humano.

Proteger a las personas adolescentes significa fortalecer sus factores protectores: sus vínculos, sus redes de apoyo, identidad, su sentido de pertenencia, sus oportunidades, su participación y su capacidad para construir un proyecto de vida digno y sostenible.

Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que nuestros adolescentes puedan enfrentar el futuro con herramientas, acompañamiento y esperanza. Porque cuidar a una persona adolescente es darle las condiciones para crecer, equivocarse, aprender, pedir ayuda y descubrir quién quiere ser. Y esa tarea no puede esperar.

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