El verdadero orgullo de una sociedad se demuestra cuando nadie tiene que esconder quién es

» Por Dr. Jorge Arturo Sáenz Fonseca - Presidente del Colegio de Trabajadores Sociales de Costa Rica

Este 28 de junio, miles de personas volverán a tomar las calles de Costa Rica con una bandera que, más que representar colores, simboliza décadas de lucha contra la discriminación, la exclusión y el silencio. La marcha por el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ es un recordatorio de que todavía existen personas que deben luchar por algo que debería estar garantizado para todas y todos: vivir con dignidad.

En pleno siglo XXI, aún hay jóvenes que sienten miedo de revelar su orientación sexual a sus familias, personas que son rechazadas en espacios educativos o laborales por expresar su identidad, y adultos mayores LGBTIQ+ que enfrentan el abandono y la invisibilización después de una vida marcada por la exclusión. Estas realidades son historias cotidianas; ocurren en nuestras comunidades, nuestros barrios y nuestras propias familias.

Como sociedad, debemos preguntarnos si hemos entendido realmente el significado de la igualdad. Respetar la diversidad significa compartir todas las experiencias de vida de otra persona, reconocer que nadie debe ser humillado, señalado o tener menos oportunidades por ser quien es.

La discriminación se manifiesta con gritos o agresiones evidentes, con chistes que ridiculizan, cuando guardamos silencio ante una injusticia, cuando negamos espacios de participación o cuando permitimos que los prejuicios definan el trato hacia otras personas. Recordemos que la indiferencia también puede convertirse en una forma de exclusión.

Costa Rica se ha construido sobre valores de paz, democracia y respeto por los derechos humanos. Sin embargo, estos principios solo tienen sentido cuando alcanzan a todas las personas, especialmente a aquellas que tienen que luchar para ser vistas, escuchadas y respetadas.

La diversidad fortalece a una sociedad; la enriquece. Una sociedad donde cada persona puede desarrollarse libremente, sin miedo y sin vergüenza, es una sociedad más humana y más justa.

Por eso, la marcha de este día debe interpelarnos como país; debería llevarnos a preguntarnos cuántas personas todavía esconden una parte de sí mismas para evitar el rechazo y qué estamos haciendo, desde nuestros hogares, instituciones y comunidades, para cambiar esa realidad.

El mayor avance de una sociedad no se mide por la comodidad de las mayorías, sino por la capacidad de garantizar la dignidad de quienes durante mucho tiempo han tenido que exigir que su humanidad sea reconocida.

Y en este contexto, quiero cerrar con una frase contundente que nos llama a la acción, pero, además, a la sensibilización sobre la enorme deuda que, como país, aún tenemos con la población LGBT+: “Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres,” Rosa Luxemburgo.

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