La encuesta publicada en octubre por el Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica indica que, en el último mes, la valoración positiva del presidente Rodrigo Chaves Robles aumentó 11 puntos porcentuales respecto a la medición de septiembre, pasando del 52% al 63%. Al mismo tiempo, las opiniones negativas disminuyeron en 8 puntos porcentuales.
Esto significa que Chaves obtuvo su mejor calificación del año e igualó el nivel de respaldo político registrado en noviembre de 2024, a pesar de los cuestionamientos en materia de seguridad ciudadana y del fallido proceso legislativo para levantar su inmunidad y permitirle enfrentar un proceso judicial por el presunto delito de concusión.
Durante casi tres años y medio, la oposición ha apostado a que el desgaste natural del gobierno reduzca la popularidad del mandatario. Sin embargo, a menos de cuatro meses de las elecciones nacionales, esta caída en el apoyo no se ha producido —y todo indica que no ocurrirá.
Mientras la oposición espera su caída… Chaves sigue de pie. ¿Por qué?
Una historia que emociona.
Hoy la política se gana más con emociones que con la razón. Y en Costa Rica, el presidente Rodrigo Chaves lo entendió con precisión quirúrgica. Su estilo no es solo una forma de hablar: es una narrativa que convierte frustraciones en promesas, resentimiento en identidad y enojo ciudadano en apoyo político.
Esta narrativa no se limita a anunciar decisiones de gobierno; construye un sentido de comunidad. Presenta al líder como la voz del pueblo, como si sus palabras representaran la voluntad colectiva. En términos simples: el gobernante deja de ser un administrador y se transforma en un narrador emocional del país.
A esto se le llama narrativa política representativa (Ariza, 2024). Es el relato que usan partidos, líderes o gobiernos para presentarse como portavoces o encarnaciones de un grupo social o de toda la nación. Su función es dar sentido colectivo a la política, legitimando al representante mediante una historia compartida que conecta emociones, identidades y valores.
La narrativa representativa política funciona cuando un actor político logra articular: (a) una identificación simbólica con un colectivo (“yo soy el pueblo”, “ustedes me eligieron para hablar por ustedes”), (b) un relato que explica un pasado traumático o fallido, un presente de crisis y una promesa de futuro mejor, y (c) un lenguaje emocional que establece un vínculo directo entre el líder y los representados. Esa narrativa reduce la distancia entre “nosotros” (la ciudadanía) y “yo” o “nosotros – el gobierno/partido”, al tiempo que configura una frontera entre “ellos” (las élites, el sistema, los corruptos) y “nosotros”.
Cuando se articula con éxito, esta lógica genera movilización, esperanza y legitimidad.
Pero también trae riesgos: simplificar la política, polarizar, personificar el poder y debilitar los contrapesos institucionales.
¿Por qué necesitamos una historia?
Este tipo de narrativa surge cuando la ciudadanía deja de sentirse escuchada por los partidos tradicionales y las instituciones del Estado. En ese vacío de confianza, aparece un líder que promete hablar “en nombre del pueblo”, utilizando un lenguaje sencillo, emocional y directo.
No nace de la nada. Es el resultado de una ruptura entre la gente y la clase política. Cuando las personas perciben que las decisiones se toman lejos de sus problemas diarios —en oficinas y despachos llenos de tecnicismos—, buscan a alguien que hable como ellas, que las escuche y que diga lo que otros no se atreven a decir.
En Costa Rica, los gobiernos del PLN, el PUSC y el PAC contribuyeron a que esta narrativa tomara fuerza. Durante años ofrecieron igualdad, equidad, transparencia, eficiencia y cercanía, pero muchos terminaron percibiendo lo contrario: burocracia, corrupción, nepotismo, promesas incumplidas y un discurso cada vez más distante. La sensación de que los políticos defendían al sistema más que a la gente se volvió dominante.
Ese desencanto acumulado fue el terreno fértil donde creció el relato político de Rodrigo Chaves. Él logró presentarse como la voz de quienes se cansaron del sistema: un funcionario que desafía a las élites y habla sin filtros.
En pocas palabras: el PLN, el PUSC, el PAC y otros partidos dejaron de escuchar al pueblo; Rodrigo Chaves aprendió a hablar su idioma.
Así nace su narrativa representativa: de la distancia entre lo que la democracia promete y lo que la ciudadanía realmente vive.
“Nosotros contra ellos”: el relato que rompe el molde
Desde su campaña para llegar a la Presidencia de la República, Chaves ha desplegado una retórica de ruptura simbólica frente a las élites tradicionales. Su constante denuncia a “los mandos medios”, “los feudos burocráticos” y la llamada “dictadura perfecta de 75 años” configura una línea clara entre ellos —la vieja política, los corruptos, los que frenan el progreso— y nosotros, el pueblo que exige cambios y resultados.
Ese antagonismo emocional, lejos de ser un accidente, es la estructura misma de su narrativa representativa: el pueblo redimido contra la casta privilegiada (los ticos con corona). En esa historia, Chaves no gobierna sobre los ciudadanos, sino con ellos; se presenta como su canal, su arma, su revancha.
Como señaló el propio mandatario: “El sistema no trabaja para ustedes, trabaja para ellos; y eso se acabó.”
En esta construcción, el presidente se ubica por encima del andamiaje institucional. La Asamblea Legislativa, los tribunales o los medios son vistos —y presentados— como extensiones de ese “ellos” que bloquea el cambio. Así, la narrativa no solo emociona: reorganiza la percepción del poder, trasladando la confianza desde las instituciones hacia la figura del líder.
Esta dinámica tiene un efecto doble. Por un lado, revitaliza el vínculo entre ciudadanía y política, al romper la apatía y la distancia emocional. Por otro, erosiona gradualmente la confianza en la institucionalidad democrática, que termina apareciendo como obstáculo antes que garantía. Esto no es bueno ni malo, corresponde a la lógica de una ruptura en los paradigmas de la representatividad que fue desgastada por las estructuras políticas tradicionales.
El vacío de la oposición: cuando no se entiende la historia
Uno de los rasgos más reveladores del actual escenario político costarricense es que la oposición no ha logrado descifrar —ni menos aún contrarrestar— la narrativa representativa de Rodrigo Chaves.
Mientras el presidente articula un relato emocionalmente coherente —el pueblo traicionado que ahora gobierna—, sus opositores responden confundidos, con tecnicismos, datos fríos, moralismos que no conectan con el sentir ciudadano e incluso traen del pasado discusiones superadas como la de la aprobación del CAFTA. En el terreno simbólico, han perdido la guerra antes de empezarla.
La política tradicional, acostumbrada a los discursos institucionales y al cálculo partidario, parece incapaz de disputar el relato del “nosotros”. Y esa incapacidad se refleja en las encuestas: Chaves mantiene altos niveles de aprobación incluso frente a polémicas o escándalos.
El error de la oposición ha sido intentar refutar al narrador con argumentos racionales, cuando lo que deben hacer es recontar el país desde otra emoción. Mientras no logren ofrecer una historia alternativa —esperanzadora, inclusiva y creíble— seguirán siendo actores secundarios en la película que Chaves protagoniza con aplausos del público.
La emoción como poder político
Murray Edelman (1988) señalaba que “la política es el drama a través del cual la sociedad define a sus héroes y villanos”. Rodrigo Chaves lo entendió muy bien: ha convertido la gestión pública en una serie narrativa con capítulos de confrontación, victorias simbólicas y enemigos perfectamente identificados.
La suya no es una estrategia improvisada; es una gramática emocional del poder. Y funciona en un país cansado de la burocracia, los privilegios y la desconfianza en las instituciones. Su relato no necesita ser preciso: basta con que parezca verdadero.
El gran reto de la narrativa representativa es que, para sostenerse en el tiempo, debe ser adoptada con éxito por quienes hereden el proyecto político.
En ese escenario, doña Laura Fernández, candidata del oficialismo, enfrenta la tarea de capitalizar la energía emocional que esta narrativa despierta, y demostrar que la voz del pueblo no depende de un solo micrófono.
En Costa Rica — marcada electoralmente por partidos tradicionales y una institucionalidad fuerte— la narrativa representativa de Chaves implica un cambio de estilo político: un discurso directo, emocional, centrado en “el pueblo” y en la crítica al sistema. Esto genera entusiasmo en algunos sectores, pero también preocupaciones sobre el funcionamiento futuro de la democracia.
La clave estará en si este relato puede traducirse no solo en símbolos y movilización, sino también en apoyo electoral suficiente para impulsar reformas profundas, políticas públicas efectivas, resultados concretos y pleno respeto a los contrapesos institucionales.
Lo cierto es que la narrativa de Rodrigo Chaves tiene éxito porque ocupa un vacío que otros dejaron. La narrativa del presidente no se combate destruyendo al narrador, sino creando una historia mejor: una en la que el pueblo no necesite héroes porque las instituciones vuelvan a servirle.
Pero, a poco más de 100 días para elegir a quien llegará a Zapote, todo indica que para la oposición será muy difícil construir una historia alternativa y cautivadora.