Recientemente, el futbolista neozelandés Tim Payne se convirtió en un fenómeno viral cuando el influencer argentino “El Scarso” impulsó una campaña para aumentar sus seguidores en redes sociales. En cuestión de días, Payne pasó de tener apenas unos miles de seguidores a superar los dos millones.
Lo interesante no fue únicamente el crecimiento de su cuenta, sino la reacción colectiva que lo hizo posible. Millones de personas decidieron apoyar a un jugador prácticamente desconocido frente a un entorno dominado por figuras deportivas con enorme reconocimiento internacional.
La posición de algunos analistas y creadores de contenido han identificado en ese episodio una manifestación del llamado efecto underdog; la tendencia humana a simpatizar con quien es percibido como el más débil, el menos favorecido o el que parece tener menos posibilidades de éxito, aunque en el caso de Payne fue más una cuestión del “azar”, no deja de ser parte de ese elemento de empatía popular.
En este caso se trata de un fenómeno que aparece constantemente en el deporte, la cultura popular, la política y las relaciones internacionales. Las personas suelen sentirse atraídas por historias donde alguien aparentemente pequeño desafía a un adversario mucho más poderoso.
En ámbitos como el deporte, este impulso suele ser inofensivo e incluso positivo. Sin embargo, cuando se traslada a conflictos políticos o militares complejos, puede generar interpretaciones excesivamente simplificadas de la realidad.
Uno de los fenómenos más influyentes en la percepción internacional del conflicto palestino – israelí es precisamente la aplicación de esta lógica. La tendencia a identificar automáticamente a una de las partes como el “débil” y a la otra como el “fuerte” ha condicionado durante décadas la forma en que millones de personas interpretan el conflicto.
Históricamente, el papel de underdog no ha permanecido estático. Durante gran parte de la primera mitad del siglo XX, especialmente tras la Shoá, los judíos eran percibidos internacionalmente como una minoría perseguida que buscaba reconstruir su vida nacional después de siglos de discriminación y del intento sistemático de exterminio perpetrado por la Alemania nazi. La independencia del Estado de Israel en 1948 fue vista por muchos como la respuesta a una tragedia histórica sin precedentes.
Durante sus primeras décadas, el Estado de Israel conservó en buena medida esa imagen. Un Estado pequeño, recién creado, enfrentando guerras con países árabes vecinos y con recursos limitados en comparación con sus adversarios regionales. Sin embargo, la Guerra de los Seis Días de 1967 marcó un punto de quiebre. La victoria israelí transformó la percepción internacional del conflicto. Israel comenzó a dejar de ser visto como un país vulnerable y empezó a ser considerada una potencia militar ocupante y en paralelo, la causa palestina fue ganando una identidad política propia cada vez más visible en los foros internacionales.
A partir de entonces, el papel de underdog se desplazó progresivamente hacia los palestinos, con la imagen de una población sin Estado, viviendo bajo ocupación o en condiciones de desplazamiento prolongado, generó una creciente identificación internacional. La Primera Intifada (1987) consolidó esa percepción al presentar imágenes que parecían representar una confrontación desigual entre jóvenes palestinos y soldados israelíes. Desde entonces, la narrativa del débil frente al fuerte se convirtió en uno de los marcos interpretativos predominantes para entender el conflicto.
Sin embargo, la existencia de una asimetría de poder no debe confundirse con la inexistencia de responsabilidades compartidas. La vulnerabilidad estructural palestina es una realidad, la ausencia de un Estado plenamente soberano, las dificultades económicas, las limitaciones de movilidad, la fragmentación política y las consecuencias de décadas de conflicto han generado condiciones difíciles para millones de palestinos, ignorar estos elementos impediría comprender una parte fundamental del problema.
Pero reconocer esa realidad no significa atribuir automáticamente toda responsabilidad a Israel. La historia del conflicto muestra que las decisiones adoptadas por distintos liderazgos palestinos también han influido de manera significativa en el curso de los acontecimientos. Rechazos a propuestas de negociación, divisiones internas, corrupción institucional, utilización de la violencia como herramienta política y el fortalecimiento de organizaciones armadas han tenido consecuencias profundas para la propia sociedad palestina.
La misma lógica debe aplicarse al análisis de Israel, reconocer la legitimidad de las preocupaciones de seguridad israelíes no implica ignorar las consecuencias de determinadas políticas. La expansión de asentamientos, errores estratégicos, episodios de uso excesivo de la fuerza y decisiones que han dificultado la construcción de confianza mutua forman parte de una realidad que también debe ser examinada críticamente.
El problema surge cuando el efecto underdog transforma una situación de vulnerabilidad en una presunción automática de inocencia, porque la debilidad estructural no elimina la capacidad de actuar como agresor. El ejemplo más reciente es el ataque del 7 de octubre de 2023. Más allá de los fallos de inteligencia y seguridad que permitieron la operación, la existencia de una asimetría militar entre Israel y Hamas no cambia la naturaleza de los hechos; una ofensiva deliberada contra comunidades civiles, acompañada de asesinatos, secuestros y actos de violencia que violan principios fundamentales del derecho internacional humanitario.
La debilidad estructural tampoco debe confundirse con indefensión absoluta. Un actor puede ser más débil que su adversario y, aun así, conservar capacidad de organización, coerción, planificación y agresión. Del mismo modo, la superioridad militar israelí no convierte automáticamente todas sus acciones en legítimas. La evaluación de responsabilidades debe realizarse sobre hechos concretos, decisiones específicas y consecuencias verificables, no únicamente sobre la base de quién posee más poder.
Si existe una lección útil que ofrece el concepto de underdog para entender el conflicto palestino – israelí, es precisamente la necesidad de evitar las simplificaciones. El sufrimiento palestino es real, las preocupaciones de seguridad israelíes también lo son. Las aspiraciones nacionales palestinas merecen reconocimiento, el vínculo histórico del pueblo judío con su Estado también forma parte de la realidad.
Así, cualquier aproximación seria al conflicto debe partir del reconocimiento simultáneo de derechos, responsabilidades y errores. No se trata de distribuir culpas de manera artificialmente equilibrada, sino de aceptar que ninguna narrativa basada exclusivamente en víctimas y culpables absolutos puede explicar un conflicto que lleva más de un siglo moldeando la vida de millones de personas.
Mientras el debate continúe atrapado entre percepciones emocionales y relatos excluyentes, las posibilidades de una solución seguirán siendo limitadas. El camino hacia una paz duradera exige algo más difícil que tomar partido; reconocer la complejidad de la historia y asumir que las responsabilidades, aunque no siempre sean equivalentes, rara vez pertenecen exclusivamente a una sola parte.