¿Dónde se traza la línea ética del periodismo?

» Por Lic. Rafael A. Rodríguez Salazar - Abogado y notario, director legal La Firma de Abogados CR.

En una sociedad democrática, el periodismo no es un mero transmisor de contenidos: es un actor con poder real sobre la formación de la opinión pública. Por ello, su ejercicio exige algo más que técnica narrativa; requiere criterio, rigor y responsabilidad. La libertad de expresión —pilar indiscutible del Estado de Derecho— no puede interpretarse como una autorización irrestricta para difundir cualquier contenido sin medir sus consecuencias.

La labor periodística encuentra su legitimidad en la búsqueda de la verdad y en el compromiso con una información verificable. Cuando ese propósito se sustituye por la reproducción de discursos alineados con intereses particulares —sean económicos, políticos o ideológicos— sin el debido contraste de fuentes, se desdibuja la frontera entre informar y persuadir. En ese punto, el periodista deja de ser un intermediario crítico para convertirse en un instrumento de una narrativa previamente construida.

Más delicado aún resulta cuando, bajo el formato de reportajes o documentales, se atribuyen conductas o se construyen percepciones sobre personas o instituciones sin el respaldo suficiente o sin el equilibrio que exige el derecho a una información objetiva. No se trata de censurar la investigación ni de limitar el debate público; se trata de recordar que la reputación, el honor y la presunción de legitimidad en el actuar también son bienes jurídicos protegidos.

A esto se suma un aspecto particularmente sensible: la exposición de personas juzgadoras en contextos mediáticos que pueden propiciar escenarios de hostilidad. Cuando la narrativa periodística —por acción u omisión— presenta a quienes administran justicia como blancos de cuestionamientos desprovistos de contexto o de rigor, se corre el riesgo de alimentar percepciones que trascienden la crítica legítima y derivan en formas indirectas de instigación. Los hechos recientes, en los que una Jueza de la República fue objeto de una agresión, obligan a una reflexión seria: la palabra, cuando se difunde masivamente, no es inocua. Puede informar, pero también puede influir de manera determinante en la conducta social.

El periodista no está llamado a ser neutral en el sentido de carecer de pensamiento, pero sí está obligado a ser honesto en la forma en que presenta los hechos. La ética periodística no reside en la ausencia de postura, sino en la transparencia, en la verificación y en la capacidad de distinguir entre información y opinión.

Hoy más que nunca, en un entorno saturado de contenido y marcado por la inmediatez, es imprescindible reivindicar ese compromiso. Porque cuando el periodismo renuncia a su responsabilidad, no solo se afecta a quienes son objeto de sus publicaciones, sino que se erosiona la confianza pública en uno de los pilares esenciales de la democracia.

La libertad de expresión es un derecho fundamental; ejercerla con responsabilidad es un deber ineludible. Y en esa responsabilidad también se encuentra el deber de no contribuir —ni directa ni indirectamente— a escenarios que pongan en riesgo la integridad de quienes cumplen funciones públicas esenciales, como la administración de justicia.

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