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Don Ricardo y el telégrafo

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador

Hay personajes de nuestra historia cuya grandeza se explica por las decisiones que tomaron desde el ejercicio del poder; otros, en cambio, trascienden porque, además de gobernar, supieron conservar una extraordinaria cercanía con el pueblo. Don Ricardo Jiménez Oreamuno pertenece a esa categoría de hombres cuya dimensión histórica no se agota en los cargos que ocuparon, sino que se prolonga en las anécdotas, las cartas, los recuerdos y las expresiones populares que mantienen viva su memoria.

La historia costarricense del siglo XX difícilmente puede escribirse sin dedicarle un espacio de honor a don Ricardo. Fue presidente de la República en tres períodos constitucionales: 1910-1914, 1924-1928 y 1932-1936. Una trayectoria política excepcional que lo convirtió en el único costarricense en ejercer la Presidencia de la República en tres ocasiones, mediante períodos constitucionales separados.  A pesar de su aceptación en el electorado nunca quiso perpetuarse en el poder. Respetó la división de poderes y las reglas democráticas.

Su figura también tiene una particularidad institucional extraordinaria: presidió los tres poderes de la República, circunstancia que constituye una de las singularidades más notables de su trayectoria pública. No se trata solamente de una acumulación de cargos, sino de una expresión de la amplitud de su vida al servicio del Estado costarricense.

Sin embargo, más allá de los títulos, las investiduras y las páginas de los libros de historia, hay un don Ricardo que merece ser recordado desde otra perspectiva: el hombre sencillo, de trato directo, de inteligencia cultivada y de extraordinario sentido del humor.

El poder y la humanidad de un gobernante

Don Ricardo fue un hombre de una cultura extraordinaria. Su formación jurídica, su conocimiento de la historia, su capacidad argumentativa y su agudeza intelectual le permitieron convertirse en una de las figuras más influyentes de la vida pública costarricense. Pero había algo que lo distinguía particularmente: no parecía necesitar la solemnidad del poder para demostrar su autoridad.

Se cuenta que mantenía una relación muy cercana con los ciudadanos y que acostumbraba atender personalmente la correspondencia que recibía. Las cartas dirigidas a él y las respuestas que se le atribuyen permiten asomarse a una época en la que la comunicación entre el gobernante y los gobernados conservaba una dimensión mucho más personal. En ellas se reconoce la imagen de un hombre capaz de combinar el razonamiento profundo con un lenguaje directo, sin perder el respeto por quien le escribía.

En tiempos en los que la investidura presidencial podía levantar distancias entre los ciudadanos y sus gobernantes, don Ricardo parecía encontrar en la conversación, la correspondencia y el humor una manera de acercarse a la gente.

No es casualidad que su memoria haya sobrevivido no solamente en los documentos oficiales, los discursos y las decisiones de Estado, sino también en las historias que el pueblo sigue contando.

Y es precisamente una de esas historias la que nos lleva hasta Esparza de Puntarenas.

Una vaca, un telegrama y una respuesta presidencial

En aquellos años treinta del siglo pasado, cuando don Ricardo ejercía su tercer mandato presidencial, tenía en Esparta, nombre con el que entonces se conocía el actual cantón de Esparza, una propiedad rural conocida como la finca Cabezas, ubicada en el sector de El Mojón.

Allí contaba con una persona de confianza encargada de atender y cuidar la propiedad, a quien se conocía como “don Balo”.

En una ocasión, una noticia relacionada con el ganado de la finca ameritaba ser comunicada al propietario. Una de sus vacas, particularmente apreciada por su calidad y su raza, había parido. Don Balo consideró oportuno informarle a su patrón sobre aquel acontecimiento.

Pero debemos recordar que estamos hablando de una Costa Rica muy distinta a la nuestra. No existían teléfonos celulares, WhatsApp ni las facilidades de comunicación que hoy damos por sentadas. El telégrafo constituía uno de los medios más importantes para transmitir noticias a distancia.

Además, los telegramas se cobraban según la cantidad de palabras, por lo que era habitual procurar mensajes breves, directos y económicos. Cada palabra tenía un costo y, por consiguiente, había que aprovecharlas.

Así las cosas, encontrándose don Ricardo en Casa Presidencial, recibió un telegrama. El mensaje, según cuenta esta anécdota de tradición oral, decía aproximadamente: “Don Ricardo, te parió una vaca”.

La noticia, por supuesto, tenía un contexto muy especial: una de sus vacas preferidas.

Sin embargo, la redacción del telegrama, al omitir las palabras necesarias para identificar claramente la fuente y el asunto y terminó produciendo una interpretación bastante diferente.

Don Ricardo, hombre de carácter, ingenio y extraordinaria agudeza verbal, habría tomado el mensaje como una expresión ofensiva y decidió responder inmediatamente, también por telegrama.

Su contestación, igualmente breve y mucho más contundente, habría sido:

“Pues lo habrá parido a usted; a mí me parió Esmeralda Oreamuno”.

Y así, con pocas palabras, quedó resuelto el malentendido telegráfico.

La gracia de la historia reside precisamente en esa combinación de economía del lenguaje, picardía campesina y respuesta ingeniosa. Un mensaje destinado a comunicar el nacimiento de un ternero terminó convirtiéndose en una de esas anécdotas que retratan, con humor, el carácter de un personaje histórico.

Conviene señalar que esta historia se transmite como anécdota popular y no como un episodio documentalmente comprobado. Su valor reside también en la memoria oral que conserva la imagen de don Ricardo entre quienes han contado y transmitido esta singular historia.

La historia también se escribe con humor

Quizás lo más interesante de esta anécdota no sea solamente su desenlace humorístico, sino lo que nos permite comprender sobre la memoria de don Ricardo Jiménez Oreamuno.

Los grandes personajes de la historia no deben estudiarse únicamente desde sus decisiones políticas, sus discursos o las instituciones que ayudaron a construir. También es importante aproximarse a su dimensión humana: sus expresiones, sus costumbres, sus relaciones personales y esas pequeñas historias que, transmitidas de generación en generación, terminan formando parte de la identidad colectiva.

Don Ricardo fue un gobernante de una época en la que Costa Rica experimentaba importantes transformaciones. Durante sus administraciones se impulsaron obras de infraestructura, carreteras, edificios escolares y proyectos de desarrollo nacional. En Puntarenas, particularmente, su legado también tiene una dimensión histórica importante: durante sus gobiernos se impulsó la construcción del muelle y se desarrollaron obras fundamentales para el abastecimiento de agua potable, mediante la conducción de cañerías desde Ojo de Agua hasta el puerto.

No estamos, por tanto, ante un personaje que solamente ocupó la Presidencia de la República en tres ocasiones. Estamos ante un costarricense que transitó por las más altas responsabilidades del Estado, que conoció desde dentro el funcionamiento de los tres poderes y que dejó una huella reconocible en la historia institucional del país.

Fue declarado Benemérito de la Patria el 4 de julio de 1942 y falleció en San José el 4 de enero de 1945. 

Hoy, cuando recordamos su figura, vale la pena recuperar también estas historias aparentemente pequeñas. Porque detrás del presidente, del jurista, del estadista y del intelectual, existía un hombre de pueblo, con sentido del humor, carácter y una manera muy particular de relacionarse con los demás.

La anécdota de aquel telegrama enviado desde una finca de Esparza nos permite hacer un viaje imaginario a la Costa Rica de los años treinta, cuando las noticias viajaban por cables telegráficos y una palabra mal colocada podía provocar una respuesta presidencial memorable.

Y es que, al final, la historia no solamente se construye con grandes acontecimientos. También se construye con aquellas pequeñas escenas que nos permiten reconocer el rostro humano de quienes hicieron historia.

Don Ricardo Jiménez Oreamuno: tres veces presidente de la República, presidente de los tres poderes del Estado y, por encima de todo, un costarricense cuya memoria sigue despertando respeto, admiración y una sonrisa.

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