Desastres “naturales”, pobreza y corrupción

Una vez más, Costa Rica es duramente golpeada por la fuerza implacable de la naturaleza. Un devastador rastro de muerte y sufrimiento físico que deja también a miles de personas sin sus casas y bienes materiales; a otras tantas con serias afectaciones por la pérdida de sus cosechas o animales de granja; caminos y puentes colapsados, así como un largo etcétera de destrucción.

También, una vez más, la infinita solidaridad del pueblo costarricense se ha manifestado con un voluntariado arduo y efectivo en ayuda de las personas damnificadas, demostrando que somos un pueblo generoso y entregado a compartir lo que está a nuestro alcance con quienes más lo necesitan.

No obstante, los efectos de la naturaleza, son cada vez menos “naturales”. La sobrepoblación, sumada a una pésima planificación en infraestructura pública de los centros urbanos y rurales, junto con la nula cultura de muchas personas que lanzan la basura donde les place, provocando que las alcantarillas no puedan cumplir su propósito, son factores que inciden de manera directa en que las afectaciones sean mayores en caso de desastres.

Pero también, resulta imposible no comprender que los efectos mundiales en la naturaleza han sido provocados por un acelerado cambio climático producto de la irresponsabilidad en la sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación sin tregua del aire y las fuentes de agua, la tala desmedida de bosques y la utilización de materiales no biodegradables en la industria, por citar solo algunas de las cosas que como humanidad venimos haciendo mal hace años y que provocan cambios bruscos en la temperatura de los océanos, el derretimiento de los casquetes polares y el recrudecimiento de los fenómenos naturales a magnitudes cada vez más catastróficas.

Y como siempre, quienes más sufren las tragedias son las personas de menores recursos. Aquellas que se ven obligadas a vivir cerca de caudales de los ríos o cerca de laderas que se desploman por la saturación del agua, quienes apenas pueden levantar una casita humilde con materiales poco confiables, o quienes dependen de un pequeño terreno para sus cultivos en zonas de fácil inundación.

Por desgracia, cuando escuchamos los noticieros, muchas de estas personas aseguran que no es la primera vez que se ven enfrentados a una situación de angustia como esta. Por ello, la responsabilidad y planificación estatal debe estar enfocada también en brindar soluciones efectivas a estas personas para evitar que todos los años pasen por la misma situación, reubicándolas en zonas seguras y evitando asentamientos humanos en zonas de alto riesgo.

Urge que el país deponga intereses político electorales de corto plazo y se aboque a una planificación e inversión de largo plazo, así como a reparar infraestructura no solo en sitios seguros sino con diseños, mano de obra y materiales acordes a los requisitos específicos y técnicamente comprobados por organismos especializados.  El nuestro es un país pobre y no es extrañar que encontremos obras improvisadas al calor de una emergencia.  Tampoco es extraño encontrar caseríos construidos a la orilla de ríos o de quebradas que con una mínima manifestación de la naturaleza, se desploman y dejan a sus habitantes desprovistos no solo de su casa sino de sus escazas pertenencias, cuando no, de la muerte de alguno de sus miembros.

Los desastres llamados naturales ciertamente son producto de cientos de años de maltrato a la naturaleza.  Pero sus nefastas consecuencias en los  sectores pobres,  producto de una histórica práctica corrupta relacionada con  negocios ilícitos en la compra de terrenos no aptos por parte de instituciones públicas o bien de la aceptación de diseños y materiales de construcción claramente inaceptables para la obra en cuestión.

Esta forma de corrupción que se mantiene oculta hasta que “algo pase”, es lo que no podemos seguir aceptando bajo la denominación de desastre natural, porque mientras  nosotros, los privilegiados, vemos las inclemencias del clima solo con algún grado de incomodidad, miles de compatriotas sufren de la desidia y de la corrupción que los golpea, una y otra vez, aun cuando los años sigan pasando.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo y número de identificación al correo redaccion@elmundo.cr.

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