
La democracia ideal se encuentra confrontada respecto a las múltiples propuestas de diversos grupos por caracterizarla. Actualmente, encontramos diferentes mecanismos a través de los cuales se intenta operacionalizar la organización política en la sociedad. La democracia desde la concepción utópica donde cada individuo ostenta el poder que le permite afirmarse es cada vez más cercana a un espejismo.
El modelo de democracia representativa, en la que los individuos mediante diferentes mecanismos otorgan la posibilidad de ser conducidos por conducto de otros, se ve altamente flagelada. Lo anterior debido a una especie de secuestro por parte de los representantes (elegidos mediante voto, principalmente), situación que les lleva a modificar según sus intereses las condiciones estructurales de la sociedad para acceder a ciertos beneficios para así o para algunos de su conveniencia.
Más recientemente esta situación se ha desvelado a partir de la discusión en medios de comunicación a propósito de la intención de un grupo de diputados y diputadas por consolidar una modificación que permita la elección presidencial a partir del 20 % de votos. Si ya de por sí, la posibilidad de ser electo con el 40% de votos resulta un mecanismo que evidencia la no necesaria afirmación de un grupo de mayorías para dar por electo al representante principal del Poder Ejecutivo; esta propuesta de modificación revela una clara lesión al sistema democrático vigente.
El sistema democrático no es perfecto, incluyendo el que tenemos en ejercicio, debido a una serie de circunstancias que revelan la limitación del “pueblo soberano” conforme se constituye la dinámica piramidal del ejercicio en los poderes de la República. Sin embargo, no me detendré en estas situaciones, más bien quiero recargar la tinta en el tema de la disminución del porcentaje para elección del presidente de la República.
Los tiempos que vivimos, revelan una condición de vida global, dicho de otra manera en lo particular se revela lo general. Esta situación a nivel político se refleja en la multiplicidad de posturas ideológicas y viscerales que emergen en la fricción de la vida en sociedad. En el marco de una concepción fundamentada en los derechos humanos, donde hay una clara respuesta a la necesidad de atender las voces diversas, la política debe abrirse a una urgente construcción de puentes y de alianzas, dicho de otra manera, la política debe estar dispuesta a la concordia.
La modificación del porcentaje para poder elegir a un presidente con las características que despunta recientemente un grupo de diputados en nuestra nación, revela una inconsecuente postura frente a la necesidad de generar alianzas. Bajo el falseado discurso de las finanzas públicas, se pretende aligerar los pasos con el objetivo de que el grupo que cuente con un caudal de votos cautivo logre consolidar un equipo de gobierno. Dicho de manera popular es bajar la vara para que él que no la puede saltar esta vez si le salga.
En los últimos años nuestro país ha decantado en discusiones que se han polarizado, pero que también han logrado quebrar el hielo respecto al Status Quo de las estructuras políticas que se consolidaron a finales del siglo XX. Nuestros días son diferentes, pues la semilla de lo plural está dispersa en todo el territorio, y de la mano de la razón y de las emociones se constituyen propuestas de agendas políticas que merecen ser escuchadas, dialogadas, todo esto dentro de un escenario propio de una nación que se clama así misma respetuosa de los derechos humanos.
Hoy más que nunca, las democracias deben afirmar los mecanismos que permitan la pluralidad de voces, y la constitución de alianzas. Cualquiera propósito que intente simplificar las estructuras institucionales que posibilitan consolidar la estructura cuatrienal debe ser puesta bajo lupa y a su vez juzgada por la totalidad del pueblo. La democracia está bajo prueba y el pueblo no debe descuidar su responsabilidad.
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