Observe a su alrededor en un restaurante, un centro comercial, una sala de espera o incluso en una fiesta, y notará una escena común: niños, jóvenes y adultos con la mirada sumergida en la luz y el brillo fascinante de una pantalla.
Hace un par de décadas era común ver a los niños y las niñas sentados en el suelo creando torres con bloques de madera, jugando con muñecas mientras desarrollaban la imaginación y la afectividad, o entretenidos por horas con carros que se deslizaban por caminos de barro y piedras, aprendiendo, sin darse cuenta, sobre física y matemática. Los adultos cercanos jugaban al escondite con ellos, las horas del día pasaban entre trompos, bolinchas y cuentos de abuelos al final del día. Con la llegada de los celulares y otros dispositivos electrónicos, esas expresiones de cuido y compañía han cambiado radicalmente.
No es algo nuevo que padres o cuidadores traten de entretener a sus hijos con una pantalla. Desde la llegada de la televisión a los hogares, los adultos apurados en un sinfín de ocupaciones encontraron en ese aparato una manera cómoda de mantenerlos ocupados mientras hacían sus quehaceres o leían el periódico. Pero con la ola tecnológica de la última década, el escenario se ha transformado de manera evidente: la pantalla ya no está en la sala, sino en la mano de cada adulto.
El acelerado estilo de vida de esta época y el cansancio que producen las largas jornadas de trabajo han contribuido a que ya no haya tiempo para jugar, disfrutar de una caminata ni, mucho menos, contar un cuento al final del día. ¡Pero cuidado! El tiempo de juego compartido no es un lujo ni una simple opción de crianza: es un derecho de la niñez, y protegerlo es una responsabilidad compartida entre las familias, la comunidad y el Estado.
Desde la biología comprendemos que el cerebro de un niño tiene una enorme capacidad de moldearse y de formar conexiones neuronales a partir de experiencias reales, en un entorno seguro, donde se integren las emociones, los sentidos y la socialización. El juego, el afecto y el tiempo dedicado al niño le ayudará a regular sus emociones, a adquirir el lenguaje, a socializar sanamente y desarrollar sus habilidades cognitivas. Cuando un adulto interactúa de forma cercana y significativa con un niño, construye un vínculo afectivo seguro que le sirve de puente hacia nuevas etapas en su crecimiento. Por eso la Organización Mundial de la Salud no recomienda el uso de pantallas antes de los dos años y, entre los dos y los cuatro, sugiere un máximo de una hora al día y cuanto menos, mejor. La sobreexposición en esta etapa se ha asociado con una menor tolerancia a la frustración y problemas en la expresión sana de las emociones.
McDaniel y Radesky, desde 2018, utilizan el término “Tecnointerferencia” para referirse a las interrupciones que el celular de los padres provoca en la interacción con sus hijos y que se asocian con más problemas de conducta en los niños. Pero esta reflexión no se centra en satanizar la tecnología. Los celulares llegaron para quedarse y, bien usados, también acercan, como aquel nieto que gracias a una videollamada puede sentir cercana la abuela que vive lejos o un video que recuerda una vivencia de familia, también pueden ser experiencias valiosas. La propia Observación General N.º 25 de la Convención de los Derechos del Niño, reconoce el entorno digital como parte del derecho al juego y lo importante es priorizar quién acompaña al niño y qué está sustituyendo esa pantalla.
Volvamos la mirada al niño, jugar no es un premio, es un derecho. Porque éste desempeña un papel importante en el desarrollo del cerebro, especialmente en la primera infancia y el uso de dispositivos digitales no debe sustituir las interacciones personales entre los niños o entre estos y sus padres o cuidadores.
Sin embargo, sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre las familias. En la mayoría de los hogares son las madres quienes asumen el cuido y, cuando el celular funciona como niñera, muchas veces es porque una mujer está sola frente al trabajo, la casa y los hijos. No es lo mismo dedicar tiempo de calidad a los hijos para una familia con horarios flexibles que para una madre jefa de hogar con doble jornada o empleo informal. Tampoco es igual crecer en un lugar donde los espacios para jugar se han reducido y la inseguridad y la violencia crece como la espuma.
Los trompos, las bolinchas, las rondas y los cuentos de los abuelos también forman parte de nuestra identidad. Proteger el juego es tarea de todos. Las manos del adulto deben estar libres para jugar con un niño, con la mirada conectada a la suya, sentados en el suelo, saltando charcos o contando historias, con la convicción de que ese tiempo no se pierde: se invierte. Ninguna pantalla, por brillante que sea, puede sustituir la mirada de un adulto que juega.
Pero, ¿estamos dispuestos a incomodarnos ante el aburrimiento de nuestros hijos para devolverles una infancia en el piso?