Imagínese que su familia gana más que nunca. Pero mes a mes, una porción mayor del ingreso se va en pagar intereses elevados de deudas viejas. Las cuotas del colegio se posponen, la consulta médica espera, la reparación de la casa se aplaza. Técnicamente, la familia prospera; en la práctica, el futuro se encoge.
Eso es, en esencia, lo que proyecta el Gobierno de Costa Rica para los próximos seis años.
El Marco Fiscal de Mediano Plazo 2026–2031, publicado por el Ministerio de Hacienda, presenta cifras alentadoras: crecimiento de la producción y la riqueza nacional. Pero el mismo documento revela algo que debería provocar una conversación nacional urgente: los ingresos tributarios del Gobierno Central caerán del 12,8 % del PIB en 2025 a apenas el 10 % en 2031. Seis años consecutivos de reducción, sin reversión a la vista.
En lenguaje simple: Costa Rica producirá más riqueza, pero el Estado capturará cada vez menos de esa riqueza para financiar lo que a todos nos importa. El problema no es el crecimiento, el problema es qué hacemos con él.
De cada cien colones recaudados, casi cincuenta van a pagar altos intereses de la deuda
Para 2031, cerca del 47 % de los ingresos tributarios se destinarán al pago de intereses de la deuda. Casi la mitad de lo que el Estado recauda no financiará una sola escuela, un solo hospital ni un solo kilómetro de carretera.

Cuando los intereses crecen más rápido que la inversión en la gente, el futuro comienza a hipotecarse en silencio, sin que nadie firme ningún contrato visible.
Las propias proyecciones oficiales confirman que la deuda permanecerá por encima del umbral que activa las restricciones más severas de la Regla Fiscal durante todo el período 2026–2031. Eso significa congelamiento salarial, límites a la inversión y restricciones a los programas de becas, bonos de vivienda, apoya a las asociaciones de desarrollo, entre otros, durante años. Se proyecta una economía que puede lucir bien en los titulares mientras el médico y el maestro, permanecerán por años sin aumento alguno, la lista de espera del hospital crece y la escuela del barrio no tendrá presupuesto para reparar el techo.
La Regla Fiscal no es una ley de la naturaleza. Es una decisión de política pública. Y las decisiones se pueden revisar cuando contradicen el bienestar de la población.
Las proyecciones muestran una reducción en el impuesto sobre la renta de las empresas y un mayor peso del IVA y los impuestos al consumo. Quienes tienen mayor capacidad económica aportarán proporcionalmente menos; las familias que compran en el supermercado, más. Un sistema tributario pierde legitimidad cuando grava más fuerte el consumo de las familias trabajadoras que la generación de riqueza de quienes más tienen.
La pregunta que deberíamos hacernos antes de aprobar cualquier presupuesto es una sola: ¿qué país queremos ser dentro de veinte años? Porque el presupuesto no es una hoja de cálculo; es un proyecto de país.
Los países que alcanzaron altos niveles de bienestar no comenzaron preguntándose cuánto podían recortar. Comenzaron preguntándose qué necesitaban para ser sociedades educadas, sanas, seguras e innovadoras.
Costa Rica tiene una tradición valiosa en esa dirección. La abolición del ejército en 1948 no fue un recorte de gastos. Fue una declaración de principios. La educación gratuita y obligatoria no fue consecuencia del crecimiento económico: fue su causa. La mayor rentabilidad que puede alcanzar una nación se mide en una población educada, sana y con oportunidades reales —no en puntos de PIB.
Costa Rica no enfrenta un problema de falta de riqueza. Enfrenta el desafío de fortalecer la administración tributaria, combatir la evasión y la elusión, y revisar las exoneraciones que han perdido justificación económica. La riqueza está ahí, el desafío es hacer que llegue a financiar el bien común.
Administrar un presupuesto es una tarea de técnicos. Construir un país es una responsabilidad de estadistas.
Porque cuando los intereses de la deuda crecen más rápido que la inversión en la gente, quienes pagan el precio no son números en una hoja de cálculo, son personas concretas, con nombre y con historia, en una sala de espera, en un aula sin recursos o en una calle sin iluminación.
Costa Rica no puede resignarse a ser un país que produce riqueza para otros. Puede y debe ser un país que convierte su riqueza en futuro propio.