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Costa Rica eligió diputados para debatir, no para insultarse

Hace unos meses arrancó la legislatura 2026-2030 y, en lugar de ver un debate serio, estamos viendo una escalada de insultos que ya da vergüenza. En poco más de tres meses han salido cosas como “se hace la tontita”, “defensor de narcotraficantes” y “damas de compañía”. Y eso sin contar los intercambios más fuertes, los que ya no son descalificaciones políticas, sino ataques personales abiertos.

Miren, la democracia necesita del desacuerdo. Eso es obvio. Pero el problema aparece cuando dejas de atacar una posición y empiezas a atacar a la persona. Una cosa es decirle a un diputado que su voto estuvo mal, que su ley es mala, que su posición es indefendible. Otra cosa muy distinta es usar la tribuna pública para humillarlo.

Y esto debería preocuparnos sin importar quién lo diga. No puede ser que una ofensa nos parezca grave si la dice el de enfrente, pero normal si la dice alguien de nuestro equipo. El respeto no es bandera de ningún partido. Si está mal cuando lo dice la oposición, está mal cuando lo dice el oficialismo.

La Asamblea no es una red social. No es la sección de comentarios de Facebook. No es un concurso de quién lanza el insulto más fuerte para ganar aplausos. Cada palabra que se dice desde el Plenario pesa más porque quien la dice fue elegido para representar a miles de personas. No es lo mismo que un tuitero anónimo en su casa.

Hay algo que pocos están viendo: cuando los insultos se normalizan dentro del Poder Legislativo, el debate público también se pudre afuera. Los ciudadanos ven a sus representantes y aprenden que la política es descalificar al otro, ridiculizarlo, cuestionarle hasta lo personal. Y después nos preguntamos por qué en redes sociales todo es agresión. Pues claro. Los políticos educan con su comportamiento, aunque no quieran.

Esto no es defender a un partido, a una persona ni a una ideología. Ni mucho menos es pedir que los diputados dejen de ser críticos. Al contrario. Costa Rica necesita diputados que se enfrenten al poder, que denuncien, que cuestionen, que exijan cuentas. Pero la firmeza no necesita insultos.

Se puede decir que una decisión es terrible sin llamar tonto a nadie. Se puede cuestionar una defensa jurídica sin acusar personalmente a quien la hace. Se puede criticar a dos mujeres en un debate sin recurrir a expresiones que históricamente se han usado para denigrarlas. No es difícil. Solo requiere un poco de disciplina.

El Parlamento debería ser el lugar donde los argumentos pesan más que los insultos. Y creo que la pregunta que nos tenemos que hacer no es solo “¿quién insultó a quién?”, sino algo más incómodo: ¿qué tipo de política estamos aceptando como normal?

Porque cuando una ofensa genera más atención que una propuesta, cuando un insulto aplaude más que un argumento, y cuando la pelea personal reemplaza el debate de ideas, todos perdemos. Y perdemos feo.

La democracia costarricense merece una Asamblea donde los diputados puedan discrepar a muerte sin dejar de respetarse. Criticar no es insultar. Debatir no es humillar. Y defender una posición política no requiere destruir al adversario.

Cambiar ese tono no le corresponde solo a los diputados. También nos corresponde a quienes los elegimos, a los medios que los cubrimos y a una ciudadanía que debería exigir algo tan básico: que quien ocupa una curul esté a la altura de la institución que representa.

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