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Carta de una exliberacionista

Cuando miro hacia atrás, a pesar de esta memoria terrible que tengo, puedo rescatar una serie de eventos que marcaron en gran media mi profunda afinidad y lealtad al Partido Liberación Nacional. Me llegan vagos recuerdos de mi abuelo, comentando sus heroicas hazañas con don Pepe y hacía hincapié en la manera cariñosa en que éste solía decirle “muchacho”; por lo que obviamente mi familia paterna desbordaba su eterna devoción por la bandera verdiblanco. Por otro lado, mi familia materna de raíces socialcristianas tenía una rebelde entre sus miembros, la menor de ellos, mi madre, liberacionista desde siempre, creo que, en su brillante ingenio, podía entender los postulados social demócratas que la acercaban más a una concepción de justicia social que estaba adelantada a su época, al igual que ella misma, justa, progresista, solidaria y sedienta de equidad. Cómo no iba a ser yo liberacionista, cómo no iba a enamorarme de esa bandera y a admirar a sus próceres con gratitud y admiración. Viene a mi mente imágenes de una vacaciones en Puntarenas cuando en el hotel que me hospedaba estaba nada más  y nada menos que el señor Presidente, un enorme y buen señor que me sentó en sus rodillas para tomarme la foto y me habló de manera pausada y cordial; o cuando miraba con re sueño a las porristas que en las afueras de un colegio, se robaban las miradas de jóvenes y adultos mientras se dirigían a las urnas, vitoreando porras para don Carlos Manuel Castillo; ¡oh, yo quería ser como ellas!!. Pero aun con más lucidez recuerdo la primera vez que lo ví, lugar: plaza pública de Cartago, edad: dieciséis años; mi “crush”, vigente al día de hoy: José María Figueres Olsen bailando en la tarima…

Hace ya más de dos décadas que toda esa historia de vida se convirtió en mi motivación de trabajo, compromiso y lealtad; y durante todo este tiempo he defendido los principios socialdemócratas, he creído profundamente en sus líderes, he aceptado que dentro de nuestras propias filas hay personas que no profesan esa misma convicción, o que no responden a los principios éticos de cualquier organización que busca el mayor bienestar para el mayor número de personas, bajo las ideas de justicia, integridad y honor; pero también siempre he tenido claro que esas deficiencias son propias de una sociedad en decadencia, enferma por la ambición, sedienta de poder y que no es propia de una sola agrupación, me han escuchado hablar de que la corrupción corroe nuestro país en todos sus niveles. Igualmente me he mantenido firme a mis convicciones porque he conocido dentro del ámbito político, muchas personas íntegras, leales y comprometidas; que me han inspirado a continuar su lucha y a emprender nuevas; que me han brindado la mano para conseguir proyectos que benefician a mi comunidad, que me han permitido servir a Moravia con responsabilidad, ética y compromiso, que me ayudaron a cumplir metas tangibles y que han traído desarrollo y bienestar a muchos ciudadanos, especialmente poblaciones vulnerables como adultos mayores, jóvenes y mujeres trabajadoras.

Sin embargo, llega el momento en que toca replantearse si realmente ese partido sigue respondiendo a mis ideales de justicia, igualdad, solidaridad y proyecto social. Así que me he dado a la tarea de analizar con ojo más crítico y objetivo la realidad de lo que es hoy, y todas las avenidas que he transitado en busca de respuestas me llevan a la misma conclusión; ya no me siento representada por sus líderes, que al final del día todavía no me queda clara quienes son; sólo sé que se ha desdibujado las líneas trazadas por Don Pepe, y veo muchas manchas de los borrones antojadizos que se han dado para acomodar las circunstancias; y créanme, soy del pensamiento de la evolución, de la adaptación y de la apertura, pero nunca cuando estos procesos propios de un cambio social obedecen a razones mezquinas, egoístas o a intereses personales de una única élite que quiere seguir atizando solamente la bandera porque ya no abrigan los ideales que le vieron nacer. He visto como las juventudes siguen sin tener un liderazgo real, una participación incidente en la toma de decisiones; he visto a los jóvenes hacerse viejos trabajando para viejos que no aceptan que ya lo son; y a los viejos desgastándose para no ceder los espacios a jóvenes que no preparan para que no amenacen su posición. He visto liderazgos de mujeres quedar en espera, para cumplir con la cuota de género a base de otras por su condición de madres, hijas y hasta esposas de hombres que reclaman su participación. (créanme que no me siento aludida, porque todo lo que logré lo hice trabajando; es exactamente lo mismo, si no quisiéramos reconocer la capacidad de una cirujana sólo porque su esposo también es cirujano…me atrevería a decir que en muchos casos la esposa resulta ser mucho mejor). He visto voluntades dobladas por intereses superiores y peor aún, he visto esperanzas destruidas cuando la sumisión es la única alternativa que se les brinda; y donde no cabe el derecho al berreo.

Creo que estas últimas elecciones nacionales, sui generis en muchos aspectos, nos dejó a los costarricenses una gran enseñanza, nos recordó hacia donde se encuentran nuestras devociones, nuestros afectos y nuestra lealtad. A mí personalmente, me movió en una segunda ronda, a replantearme cuál de las dos opciones representaba mejor o en mayor medida mis convicciones; y apoyé, por amor a mi país y creyendo verazmente que en la medida de las circunstancias mi patria lo exigía así, esa patria que tanto amo, a la que le he jurado lealtad ante su bandera, la que abrigará el futuro de mis hijos. Se me planteó la opción de escoger el tipo de sociedad en que quiero vivir, el tipo de sociedad en el que quiero que mis seres queridos convivan en armonía, igualdad, justicia y desarrollo. Esta escogencia me ubicó junto a miles de liberacionistas en una encrucijada, o era leal con mis convicciones o mantenía una línea de partido basada en el rencor, la venganza y el resentimiento. Todos esos sentimientos nocivos que no construyen y que nublan el buen juicio. No condeno a muchos otros miles que se sintieron identificados con la otra opción por sus creencias más personales; pero la persecución y juicio de que fuimos víctimas sólo por considerar viable una opción de un partido que tiene más en común con nosotros que cualquier otro, que viene de las raíces propias del liberacionismo, que responde a una ideología aún más parecida que la otra opción; simplemente no es de recibo. Y aclaro, ésta no es una declaración de adhesión al Partido de Gobierno, sigo creyendo que tiene grandes deficiencias especialmente en el trato hacia los demás partidos, y en la negación de que, como fuerza política conformada por sujetos, padece las mismas carencias y enfermedades propias de esta sociedad. Sin embargo, sí creo que esta nueva visión de país, antes que, de partido, me ha dado las respuestas que tanto he buscado.

Quiero seguir sirviendo a mi país, quiero ser una mejor ciudadana, quiero dejar en esta sociedad unos hijos formados en honor, en lealtad, en responsabilidad, con convicciones firmes, solidarios, que busquen alcanzar la justicia y la equidad. Quiero ver a mi gente próspera, a todos; pero sobre todo quiero sentirme feliz de pertenecer a un grupo de personas que persigan los mismos propósitos, los mismos ideales; donde tengamos la oportunidad de alcanzar nuestros sueños, donde podamos construir entre todos una mejor Costa Rica.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

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