
Los costarricenses han sido testigos de que en las últimas tres elecciones, incluyendo la actual, el protagonista principal ha tenido como base una campaña basada en la estrategia del miedo. Los estrategas han creado atmosferas artificiales de miedo para afectar la opinión pública y por eso estos partidos viven enfrascados en una constante lucha verbal y de graves acusaciones, descuidando el trabajo partidario, el contacto con la base y, por supuesto, las propuestas programáticas.
El miedo político, como parte del juego estratégico para ganar la elección, se ha permitido y con frecuencia se acude al uso del miedo y la ira entre los votantes, bajo el entendido de que este tipo de emociones básicas del ser humano resulta altamente redituable.
Por su parte, la ira es el sentimiento de desagrado que un individuo tiene ante un hecho o una circunstancia determinada, lo que también genera alteraciones en su conducta. La ira es un enfado mayor en la que las personas sienten indignación y enojo por hechos y circunstancias que les perturban, desagradan y molestan.
De esta forma, el miedo y la ira se han constituido como políticas de Estado y como instrumentos de control y dominación, impulsando un sentimiento de temor, indignación y fastidio, provocada por la percepción de ese peligro real o supuesto, presente, futuro o pasado.
Ese miedo que se anida en el cerebro quebranta la resistencia, genera pánico y paraliza la disidencia; definido en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”, mismo que tiene un efecto en su conducta y sus sentimientos.
Esta claro que la estrategia del miedo nos llega a través de sus transmisores, los “fabricantes de miedo”, muy vinculados en la contemporaneidad a los medios de comunicación de masas y a la información, comunicación y propaganda que se transmite instantáneamente a través del Internet.
En este contexto, la construcción y el ejercicio del poder político se sustentan, en parte, con base en la movilización de las emociones y sentimientos del ser humano, no se apela a la razón, sino al sentimiento y la emoción de la gente.
En esta estratagema, el miedo como verdugo de la creatividad y la libertad social, se han instituido como un instrumento paradigmático de la política, usado por igual bajo regímenes tanto autoritarios y totalitarios como democráticos, ya que el miedo es un instrumento ejemplar de represión tanto en lo público como en lo individual.
El miedo y la ira son unos de los instintos y emociones más primitivas, poderosas e incontrolables del ser humano, que las élites han utilizado como parte de sus estrategias para el control político.
Finalmente, el miedo y la ira ejercen en el hombre un gran poder de persuasión y movilización. Por miedo y por ira se hacen o se evita hacer muchas cosas. En una sociedad democrática, sustentado en el voto mayoritario de los electores, ganará o conservará el poder quien sea más competitivo en el estudio, comprensión y manejo de estos dos tipos de emociones.
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