Medio Oriente

¿Qué pasa en Irán con protestas que comprometen al régimen?

Irán atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión social de los últimos años. Desde hace seis días consecutivos, protestas por la crisis económica se han extendido desde Teherán hacia distintas ciudades del país, con un saldo de muertos, uso de la fuerza por parte de las autoridades y advertencias tanto internas como externas que colocan al régimen bajo presión.

El escenario combina inflación descontrolada, colapso de la moneda, sanciones internacionales y un clima político cada vez más rígido, en un contexto donde las manifestaciones ya no se limitan a reclamos económicos.


El detonante: una economía al borde

El origen inmediato de las protestas está en la grave situación económica. Irán enfrenta:

  • Inflación anual superior al 42 %

  • Inflación interanual (noviembre–diciembre) del 52 %

  • Una caída del 69 % del rial frente al dólar solo en 2025

Las fuertes fluctuaciones del mercado de divisas, la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de productos básicos llevaron a comerciantes del Gran Bazar de Teherán a iniciar una huelga el domingo. Desde ahí, la protesta se trasladó a las calles y se extendió a otros sectores sociales.


De Teherán a las provincias

Las movilizaciones ya no se concentran solo en la capital. En los últimos días se han registrado protestas en Hamadán, Kuhdasht, Gánave, Dorud, Aligudarz y Fasa, entre otras ciudades.

En Hamadán, cientos de personas corearon consignas abiertamente políticas como “muerte al dictador”, según imágenes difundidas por la ONG opositora Hrana. Las fuerzas antimotines respondieron con gases lacrimógenos.

En Kuhdasht, videos difundidos en redes sociales muestran disparos de las fuerzas de seguridad contra manifestantes, aunque hasta ahora no se han confirmado víctimas en ese punto.

La participación de estudiantes universitarios marcó un punto de inflexión, ampliando el alcance social del movimiento y elevando la preocupación del régimen.


Represión y advertencias judiciales

El gobierno iraní dejó claro que no tolerará una escalada. El fiscal general, Mohammad Movahedi-Azad, advirtió que el poder judicial actuará con “firmeza” si las protestas económicas derivan en intentos de desestabilización.

“Cualquier intento de transformar las manifestaciones en un instrumento de inseguridad o destrucción de bienes públicos será respondido con medidas legales, proporcionadas y firmes”, afirmó, en un mensaje dirigido tanto a los manifestantes como a actores externos.

Este discurso recuerda la línea dura aplicada en protestas anteriores, donde el régimen ha priorizado el control interno sobre la apertura política.


El factor internacional

La crisis iraní no se desarrolla en aislamiento. Desde Washington, el presidente Donald Trump advirtió que Estados Unidos está “listo para actuar” si el régimen mata a manifestantes pacíficos, una declaración que elevó la tensión diplomática.

A esto se sumó un mensaje del Mossad, el servicio de inteligencia exterior de Israel, que instó públicamente a los manifestantes a intensificar las protestas. Teherán suele utilizar este tipo de pronunciamientos como argumento para denunciar injerencia extranjera.


El peso de las sanciones

La economía iraní arrastra años de deterioro desde que Estados Unidos reimpuso sanciones en 2018, tras retirarse del acuerdo nuclear internacional. A ellas se suman medidas de la ONU vinculadas al programa nuclear iraní.

El resultado es un país con ingresos limitados, moneda debilitada y escaso margen de maniobra, donde cualquier shock económico se traduce rápidamente en malestar social.


¿Por qué estas protestas incomodan al régimen?

Aunque las manifestaciones actuales son menores en escala que las de 2022 —desatadas por la muerte de Jina Mahsa Amini bajo custodia policial—, presentan elementos sensibles para el poder:

  1. Se extienden geográficamente

  2. Involucran a sectores clave como comerciantes y estudiantes

  3. Evolucionan del reclamo económico al político

  4. Ocurren en un contexto internacional hostil

Para el régimen, el mayor riesgo no es solo la protesta en sí, sino su capacidad de converger en un movimiento más amplio que cuestione la legitimidad del sistema.


Un pulso abierto

Con seis días de protestas, muertos confirmados, advertencias judiciales, presión internacional y una economía sin señales de alivio inmediato, Irán enfrenta un pulso delicado entre control y desgaste.

Por ahora, el régimen apuesta por la contención y el mensaje de fuerza.
La calle, en cambio, sigue hablando.

Y ese diálogo —cada vez más tenso— mantiene al poder iraní bajo una lupa interna y global.

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