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Caos y miedo en la frontera croata

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Por Nico Pointner (dpa)

Zagreb, 19 sep (dpa) – Al caer la noche, la situación en el paso fronterizo de Bregana, cerca de Zagreb, es casi surrealista. Los turistas abandonan Croacia en sus automóviles de alta gama, algunos con matrícula alemana. Los faros les marcan el camino a casa en la carretera, mientras a 50 metros de distancia cientos de refugiados esperan sentados a oscuras en una pradera.

Están cansados y exhaustos. Algunos se han quedado dormidos sobre el asfalto. Llevan horas esperando porque quieren pasar a Eslovenia, la siguiente etapa de su largo viaje que pretende seguir por Austria hasta Alemania o Suecia. Pero una valla y decenas de policías les impiden pasar.

La crisis de los refugiados no hace más que empeorar. Hungría construye alambradas que hacen que los migrantes se desvíen a Croacia, que recibió en tres días a más de 20.000 personas. Croacia quiere que estas personas vuelvan a irse lo más rápido posible, pero también sus vecinos tienen miedo de convertirse en receptores. Los refugiados son transportados de un punto a otro, de centros de acogida a fronteras, de país en país. La situación es totalmente caótica.

Son las 23:31 del viernes en la frontera cerca de Zagreb. Algunos refugiados duermen envueltos en mantas de color rojo. Un pequeño niño reza en dirección a La Meca apoyado sobre un cartón.

“¿Dónde hay más niños?”, dice Annamaria Karamatic. Esta croata de 30 años vive cerca y se enteró de la llegada masiva de personas en el trabajo. Con algunos amigos reparte agua en botellas de plástico y sándwiches. Quiere ayudar por motivos humanitarios. “Cada vez son más. La gente tiene miedo”, afirma.

Mohammed Khasir, iraquí, se apoya en la reja fronteriza y fuma. Lleva tres horas esperando. “Quizás nos dejen pasar”, dice, y aclara que unas pocas horas no son nada para él, porque lleva cuatro semanas huyendo. Tiene 21 años y dejó a toda su familia en Irak. Sueña con llegar a Finlandia, pero para eso tiene que pasar primero a Eslovenia.

La verja sólo tiene un metro y medio de alto, pero del otro lado se alinean decenas de policías eslovenos con semblante serio. Esta noche el otro lado parece al alcance de la mano pero no es posible cruzar.

Nadie sabe con certeza lo que pasa en cada una de las fronteras de la llamada ruta de los Balcanes. El viernes Eslovenia dijo que no dejará pasar a nadie, pero a eso de las 0:43 de la madrugada la policía empieza a seleccionar a las familias y niños de entre la multitud.

Los refugiados que permanecían sentados se acercan a la verja, se empujan unos a otros. Gritan que ellos también quieren pasar. Los policías levantan a los niños pequeños y los pasan por encima de la reja, los niños lloran. Las familias seleccionadas se suben a pequeños autobuses que un traductor esloveno explica que los llevarán a un centro de acogida en Eslovenia. Y ya están un país más cerca de su objetivo.

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