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Emitida en SAN PEDRO, el 29 de julio del 2025.
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Se lo contamos desde Argentina

La noche en que Buenos Aires decidió aplaudir antes de llorar

La zona de El Obelisco recibió a miles de aficionados argentinos tras la derrota contra España en la final de la Copa del Mundo. Foto: Ferlin Fuentes
La zona de El Obelisco recibió a miles de aficionados argentinos tras la derrota contra España en la final de la Copa del Mundo. Foto: Ferlin Fuentes

Hay silencios que pesan más que un grito de gol.

El del domingo por la noche en Buenos Aires duró apenas unos segundos, aunque pareció eterno. Ferrán Torres acababa de marcar para España al minuto 105 con 50 segundos del tiempo extra. En un bar del centro porteño nadie habló. Un hombre se llevó las manos a la cabeza. Otro cerró los ojos. El argentino sentado a mi lado apenas alcanzó a decir: “Ay, Dios… nos fuimos a la mierda”. Después no hubo nada. Solo el ruido lejano de la celebración española que llegaba desde la pantalla.

Pensé que ese silencio sería el comienzo de una noche de frustración. Me equivoqué.

Dos días antes había aterrizado en Ezeiza para cubrir el ambiente de la final del Mundial. Durante el trayecto hacia el centro de Buenos Aires, el conductor del vehículo me dijo una frase que entonces sonó extraña.

Ya somos ganadores, pase lo que pase. Ellos lo dieron todo.

No era resignación. Era otra cosa. Era la paz que solo tiene quien siente que ya no le debe nada a nadie.

Veinticuatro horas después, en San Telmo, esa sensación volvió a aparecer. Mientras servían una porción de asado en El Desnivel, uno de esos restaurantes donde la carne llega todavía chisporroteando sobre el plato, Diego —un porteño nacido en 1981 y bautizado así por Diego Armando Maradona— no tuvo problema en admitir lo evidente.

Ellos juegan mejor que nosotros. No hay dudas. Pero nosotros tenemos muchos huevos. Veremos qué pasa.

Nunca escuché en Buenos Aires una palabra de soberbia.

Escuché orgullo.

Porque el argentino sabía perfectamente quién tenía al frente. España no llegó a la final por accidente. Llegó escondiendo la pelota como pocos equipos en la historia reciente, dominando los partidos desde la posesión y recuperándola casi de inmediato cuando la perdía. Era un equipo que obligaba al rival a correr detrás de la sombra del balón.

Argentina, en cambio, había construido otra identidad. Mucho menos estética. Mucho más emocional. Corazón, sacrificio y una capacidad casi obsesiva para competir incluso cuando el partido parecía escaparse.

Eso hizo durante 105 minutos.

Resistió.

Cada atajada del Dibu Martínez provocaba un rugido. Cada despeje se festejaba como un gol. Cada recuperación levantaba a cientos de personas de sus sillas. Buenos Aires empujaba un partido que se estaba jugando a miles de kilómetros de distancia.

Hasta que llegó el gol.

Y volvió el silencio.

Pero apenas duró un instante.

Alguien empezó a aplaudir.

Después otro.

Y otro más.

Entonces apareció un grito que durante toda la tarde había acompañado a la selección.

¡Vamos, Argentina!

No era un grito para cambiar el resultado. Era un aplauso para despedir a un equipo.

Cuando terminó el partido esperaba encontrar una ciudad triste. Lo lógico era eso. Una final perdida suele dejar calles vacías, caras largas y conversaciones que terminan demasiado rápido.

Sin embargo, Buenos Aires volvió a sorprenderme.

Miles de personas caminaron hacia el Obelisco. No para reclamar. No para insultar. No para buscar culpables.

Fueron a agradecer.

Las camisetas albicelestes seguían ocupando las avenidas. Los bombos seguían sonando. Los abrazos seguían apareciendo entre desconocidos. Más que un funeral futbolístico, parecía el cierre de un viaje que todos estaban orgullosos de haber recorrido.

La prensa argentina entendió lo mismo.

“Argentina dejó todo y cayó de pie”, escribió Olé.

“Fin de un sueño”, tituló La Nación.

Gastón Edul resumió el sentimiento colectivo al recordar que aquella generación había dejado la piel hasta donde el cuerpo resistió. Pablo Giralt prefirió mirar a Lionel Messi antes que al marcador y agradecerle por una época irrepetible.

Pero, honestamente, ninguna de esas frases explica mejor lo que ocurrió que las palabras de un taxista camino al hotel y las de un hombre frente a un plato de asado.

Las escuché durante cuarenta y ocho horas.

Las repetían unos y otros como si se hubieran puesto de acuerdo.

“Ya hicimos un gran Mundial.”

“Ellos lo dieron todo.”

Quizá ahí esté la diferencia entre perder una final y perder el orgullo.

España ganó la Copa del Mundo.

Argentina, esa noche, confirmó algo distinto.

Que hay derrotas capaces de arrancar lágrimas.

Y otras que únicamente merecen un aplauso.

Miles de aficionados tomaron El Obelisco tras el juego contra España en la final de la Copa del Mundo 2026. Foto: Ferlin Fuentes
Miles de aficionados tomaron El Obelisco tras el juego contra España en la final de la Copa del Mundo 2026. Foto: Ferlin Fuentes.

 

Los techos de la estación de el metro de Buenos Aires fueron escenarios donde los hinchas brincaban. Foto: Ferlin Fuentes
Los techos de la estación de el metro de Buenos Aires fueron escenarios donde los hinchas brincaban. Foto: Ferlin Fuentes

 

Las marcas publicitarias compartieron el sentimiento de la afición. Argentina perdió, pero no hubo reclamos para una selección que lo dio todo en el Mundial 2026. Foto: Ferlin Fuentes.
Las marcas publicitarias compartieron el sentimiento de la afición. Argentina perdió, pero no hubo reclamos para una selección que lo dio todo en el Mundial 2026. Foto: Ferlin Fuentes.

 

Las banderas y lo cánticos aparecieron durante toda la noche en Buenos Aires. Foto: Ferlin Fuentes
Las banderas y lo cánticos aparecieron durante toda la noche en Buenos Aires. Foto: Ferlin Fuentes

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