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Descifrar la caja negra: los crímenes contra la humanidad del escuadrón japonés 731 en el noreste de China

» Durante la II Guerra Mundial la Unidad 731 del ejército japonés realizó experimentos en humanos

» Cerca de 12.000 civiles y militares chinos murieron víctimas de este programa secreto

En el distrito de Pingfang, cerca de la ciudad de Harbin, una enorme caja negra se alza sobre el paisaje y para después hundirse en el suelo. Es el edificio de la “Sala de exposiciones de pruebas de los crímenes cometidos por la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés en Harbin”.

Al ingresar a la exhibición, un mural nos recuerda en seis idiomas que en este sitio se conserva la memoria de unos de los episodios más crueles de la segunda guerra mundial: la experimentación con humanos para desarrollar la guerra biológica.

Miles de víctimas asesinadas en experimentos

La Unidad 731 era un destacamento del Ejército Imperial de Japón cuyo objetivo era investigar y producir armas para la guerra biológica. Para ello, realizó crueles experimentos con miles de prisioneros chinos civiles y militares, incluyendo a mujeres y niños.

Actualmente se estima que al menos 3.000 personas murieron directamente como víctimas de sus experimentos de laboratorio. Sin embargo, al considerar las víctimas de sus unidades de apoyo en el continente asiático, el total ronda cerca de las 12.000 personas. Esta cifra es mucho mayor, por ejemplo, que las víctimas por experimentos en la Alemania Nazi, la cual alcanza apenas las 1.000 personas.

Por otra parte, las pruebas de campo y las epidemias causadas deliberadamente por este grupo en diferentes ciudades, habrían matado a cerca de 200.000 personas.

Entre los atroces experimentos que realizó el escuadrón japonés se detallan:

  • Infección deliberada de las victimas con peste bubónica, cólera, ántrax, tifus, sífilis y muermo.
  • Vivisecciones (disección de personas en vida) sin anestesia para observar órganos “frescos”.
  • Exposición de las víctimas a las bajas temperaturas para realizar experimentos de congelación de extremidades, y probar métodos de reanimación.
  • Sometimiento de víctimas a cámaras de baja presión (incluyendo a niños) hasta que sus globos oculares estallasen.
  • Inyección de sangre animal, agua de mar o aire en las venas.
  • Pruebas de resistencia con granadas, lanzallamas y gases venenosos (como el gas mostaza).

Durante la Segunda Guerra Mundial, Japón ataca varias ciudades de China, como Ningbo y Chande (1940-1942). En estos ataques, utiliza por primera vez a gran escala las armas biológicas desarrolladas y producidas en las instalaciones de Pingfang por la Unidad 731.

Hoy, dentro del edificio de la exhibición en Harbin, se conservan los testimonios de extrabajadores y oficiales relacionados a estas violaciones.

Recorrer sus salas es poner a prueba nuestra capacidad de mirar un espejo que nos regresa la imagen más atroz de la humanidad. Un terrible reflejo que nos enseña escenas que no parecen ser obra humana, pero que lamentablemente lo son.

Los antecedentes de la ocupación japonesa

Para entender cómo llegó la Unidad 731 a cometer estos crímenes en Harbin y todo el norte de China, hay que conocer la agresión japonesa a China y su ocupación de esta región.

En 1931 el ejército del Imperio del Japón inició la invasión del noreste de China, en la región históricamente conocida como la Manchuria. Desde esa fecha, y tras la creación de un estado títere llamado Machuko, mantuvo el control de la zona durante 14 años.

En 1932, el ejército de ocupación coloca al teniente general Shirō Ishii al mando del Laboratorio de Investigación del Ejército sobre Prevención Epidémica. Este inicialmente construyó sus instalaciones en Zhong Ma, Beiyinhe, a unos 100 km al sur de Harbin. Ahí se establece la Unidad Tōgō, un campo de prisioneros para la investigación sobre la guerra biológica que realizó los primeros experimentos en seres humanos. Esta unidad se mantiene activa hasta 1935, cuando las operaciones de experimentación se trasladan a Pingfang, a cargo de la Unidad 731.

La ciudad amurallada secreta

Las instalaciones de la Unidad 731 en Pingfang, a unos 20 kilómetros de Harbin, se terminan de construir en 1939 y desde entonces se constituyen como el centro neurálgico de la guerra biológica del Imperio del Japón hasta 1945.

Este complejo se planeó y construyó para ser una ciudad amurallada, donde se realizarían en secreto la producción masiva de patógenos y los más crueles experimentos con humanos.

Sus instalaciones ocupaban una extensión de 6 kilómetros cuadrados y albergaba más de 150 edificios. Su construcción se inició en 1936 y se finalizó en 1939, utilizando la mano de obra de cerca de 15.000 esclavos civiles chinos, y según algunas fuentes, cerca de un tercio de ellos murieron debido a las brutales condiciones de trabajo.

Pese a sus grandes dimensiones, su operación se realizó de forma encubierta, bajo el nombre de “Escuadrón de Prevención de Epidemias y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung”, mientras sus instalaciones simulaban ser un aserradero. Algunos testigos indican que de ahí viene la palabra despectiva “Maruta” con la que trataban a sus víctimas. Quiere decir “Tronco de árbol” en japonés, simbolizando que las víctimas solo eran materia prima para su trabajo, por lo que les llamaban de esta forma, les arrebataban sus nombres y les asignaban un número de tres dígitos para su control en los registros.

El complejo contaba con túneles para conectar los edificios principales y para realizar experimentos de manera controlada. Los principales edificios eran el Kuchi N°1, dedicado a la producción industrial de cultivos bacteriológicos y los edificios 7 y 8 “conocidos como edificios Ro” por su forma cuadrada (del carácter japonés ロ). Esto funcionaban como cárceles secretas donde se encerraba a los prisioneros o marutas. El edificio N°7 albergaba a los hombres adultos y el N°8 a las mujeres y niños.

Contaban con tres hornos crematorios para deshacerse rápidamente de los cuerpos, una cámara frigorífica (que alcanzaba los -70 grados) para realizar crueles experimentos de congelación y reanimación de extremidades; así como de celdas para el cultivo animal, capaces de criar hasta 50.000 ratas por año infectadas con la peste.

Pingfang funcionaba como una comunidad autosuficiente, con más de 3.000 funcionarios, los cuales contaban con edificios administrativos, biblioteca, escuelas para el personal civil y militar, y centros de recreación (incluyendo una piscina y dos burdeles).

Para garantizar su seguridad se prohibió la construcción de edificios de más de una planta en los alrededores, además de estar rodeada de un foso, muros de tres metros de alto, vallas electrificadas y alambres de espino.

La derrota de Japón y el pacto de silencio

En agosto de 1945, Japón ya se encontraba cerca de su derrota en la Segunda Guerra Mundial y el ejército soviético avanzaba por el norte de China. Ante esta situación, el mando del Ejército Imperial de Japón ordenó destruir las instalaciones de Pingfang mediante explosivos, la quema de todos los archivos y asesinar a los posibles testigos de sus actos.

El comandante del Ejército de Kwantung, Okuzo Yamada, decretó la ejecución inmediata de todos los prisioneros restantes. Alrededor de 400 prisioneros que aún se encontraban detenidos en las instalaciones de Pingfang fueron fusilados, gaseados o envenenados con cianuro de potasio. También se asesinó a los trabajadores civiles chinos que habían presenciado las actividades del complejo y muchos de estos cadáveres fueron arrojados al río Songhua, que atraviesa la ciudad de Harbin.

Las armas químicas fueron enterradas o vertidas al mar, lo que provocó un grave impacto medioambiental en la región. Asimismo, provocaron deliberadamente epidemias de peste bubónica en diversas ciudades de la Manchuria.

Finalmente, tras la demolición de las instalaciones, las ratas que fueron infectadas con las enfermedades huyeron a las ciudades cercanas, lo que provocó plagas que causaron la muerte de al menos 20,000 personas entre 1946 y 1948. Estas plagas no pudieron ser erradicadas por completo hasta 1959.

Los dirigentes militares de esta operación (incluyendo a Shirō Ishii) también huyeron, pero hacia el Japón. El teniente General Ishii les impuso a los sobrevivientes de la Unidad una orden estricta: mantener el secreto de la operación hasta la tumba.

El pacto con Estados Unidos y la impunidad

Una vez acabó la Segunda Guerra, Estados Unidos se vio interesado en los datos obtenidos por los experimentos de la Unidad 731. Con el inicio de la Guerra Fría, el gobierno norteamericano consideró que los datos de la unidad tenían gran valor para su programa biológico, por lo que buscó la forma de hacerse con esta información.

Bajo el mando del General Douglas MacArthur, el gobierno de Estados Unidos le ofreció en secreto un acuerdo de inmunidad a Ishii y sus colegas.

El pacto daba inmunidad absoluta a los miembros de la unidad a cambio de recibir los datos de los experimentos realizados en humanos y las pruebas de campo de las armas biológicas. En 1947, Estados Unidos se hace con los datos de las investigaciones de la Unidad y el comandante Charles Wilboughby se encarga de mantener en secreto el pacto, vigilando a los miembros implicados para que la URSS no se hiciera eco del acuerdo.

Sin embargo, ese mismo año, el Ejército de la Unión Soviética captura en la Manchuria a varios miembros de la Unidad, que tras varios interrogatorios confiesan los crímenes cometidos en las instalaciones de Pingfang.

Estados unidos bloqueó todos los intentos de la URSS por presentar el caso de la Unidad 731 en el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, durante los Juicios de Tokio (1946-1948), por lo que sus miembros nunca fueron procesados.

Aun así, la Unión Soviética realizó su propio proceso en Siberia, en los llamados Juicios de Jabárovsk (1949), donde se procesó únicamente a 12 oficiales de bajo rango.

Debido al pacto de silencio y el acuerdo con Estados Unidos, la mayoría de los investigadores y dirigentes de alto rango de la Unidad 731 no solo escaparon de la justicia, sino que además gozaron de prestigiosas carreras como médicos en el Japón de posguerra. Muchos se convirtieron en gobernadores, directores de universidades en incluso presidentes de la Asociación Médica de Japón.

Por su parte, Shirō Ishii, el principal responsable de estos crímenes contra la humanidad, vivió una vida tranquila en Tokio hasta su muerte por cáncer en 1959.

Una caja negra por descifrar

Hasta el día de hoy, el gobierno de Japón mantiene silencio sobre el caso y niega los acontecimientos, por lo que no existe una política de reparación de daños.

El silencio japonés, el pacto con Estados Unidos y el intento de destrucción de las pruebas, dificultaron durante décadas conocer la magnitud de estos crímenes.

Con mucho esfuerzo, durante años los investigadores, historiadores y arqueólogos en China han logrado reconstruir esta terrible historia. A través de los archivos desclasificados de la antigua Unión Soviética, testimonios de ex trabajadores del complejo, confesiones de los pocos científicos procesados, fotografías y documentos que sobrevivieron a la destrucción y la investigación arqueológica de las antiguas instalaciones en Pingfang; hoy se tiene un amplio panorama de los crímenes de la Unidad 731.

En junio de 2023, arqueólogos chinos hallaron los restos de otro centro subterráneo en la ciudad de Anda (Heilongjiang), donde se descubrió un complejo de túneles y cámaras interconectadas para realizar experimentos bajo tierra.

Por esto, es que en Harbin se levanta como una caja negra el edificio de la “Sala de exposiciones de pruebas de los crímenes cometidos por la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés”.  El edificio fue construido justo al lado de las antiguas instalaciones de Pingfang, las cuales se encuentran en la lista provisional de patrimonio cultural mundial de China.

Diseñado en 2014 por el arquitecto He Jingtang, el edificio de la exhibición compara a este sitio con la caja negra de un avión estrellado, un lugar que conserva los registros de uno de los periodos más oscuros de la historia de la humanidad; reflejando así ese largo proceso para reconstruir y entender qué es lo que sucedió durante esta oscura época en el norte de China.

Al final del recorrido, las instalaciones guían a los visitantes por un largo y oscuro pasillo, donde el sol brilla como una promesa al final. La salida del edificio está hecha así para recordarnos que, a pesar de que acabamos de ver un episodio tan oscuro y cruel de la historia, la luz y esperanza residen en mantener viva la memoria y evitar crímenes como estos en el futuro.

 

Shirō Ishii, el médico que evadió la justicia

Graduado del Departamento Médico de la Universidad de Imperial de Kioto, en 1920, Shirō Ishii pronto se convertiría en un destacado médico militar. Entre 1928 y 1930, viajó a más de 25 países para realizar sus investigaciones sobre la guerra biológica, entre los que se mencionan EEUU, la Unión Soviética y Alemania.

En 1932 fue nombrado cirujano militar de tercera clase y pronto fue ascendido a mayor. Para 1935, cuando se crea el escuadrón 731, Ishii ya era teniente coronel, en 1938 fue ascendido a coronel mayor y a mayor general en 1941.

Dirigió en persona la construcción de las instalaciones de la base experimental en Pingfang, Harbin y la ejecución de la Guerra Biológica en Nomohan (1939)m la Guerra Biológica de Ningbo (1940) y la Guerra Biológica de Changde (1941).

En 1942 fue transferido al Primer Ejército de la Fuerza de Expedición del Norte de China para encabezar el Departamento de Cirujanos Militares, y regresó al Escuadrón 731 en marzo de 1945, con el rango de teniente general. En agosto de ese año huyó de regreso a Japón y fingió su muerte. Fue interrogado en 1946 por los investigadores estadounidenses y llegó a un acuerdo con los norteamericanos de inmunidad para él y sus colaboradores, a cambio de los datos recopilados en sus experimentos con seres humanos. Nunca fue juzgado por sus crímenes y murió en Tokio en 1959 de cáncer de garganta.

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