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La perpetuidad sindical: cuando los líderes se vuelven monarcas

» El sindicalismo costarricense, que se ufana de democrático, reproduce en su interior los vicios que dice combatir.

En el mapa sindical costarricense hay dos nombres que se han convertido en puntos fijos, casi geográficos. Albino Vargas Barrantes dirige la ANEP desde 1991. En julio de 2025 fue reelecto una vez más, en una asamblea donde solo había una papeleta, hasta 2029. Gilbert Díaz Vásquez preside el SEC desde hace aproximadamente dos décadas y el 30 de setiembre de 2026 fue declarado ganador por el Tribunal de Elecciones del SEC (TESEC) sin necesidad de realizar votación, con un mandato que se extiende hasta 2030.

La paradoja es incómoda: un movimiento que se define por la participación democrática ha normalizado la permanencia indefinida de sus dirigencias.

Una reelección sin urnas

El caso de Díaz es el más reciente y el más elocuente. El TESEC declaró ganadora a la tendencia oficialista UTRA después de que la papeleta opositora FARO quedara incompleta por la expulsión firme de uno de sus candidatos, Marcos Vinicio Rodríguez Castillo, sancionado por el Tribunal de Ética y Disciplina el 21 de setiembre.

El argumento del tribunal es formalmente impecable: el artículo 27 del reglamento exige candidatos para todos los puestos, FARO ya no los tenía, y el plazo de inscripción había vencido. El artículo 28 permite declarar ganadora a la única papeleta válida cuando no hay más que una. Díaz, en consecuencia, sigue en el poder.

La candidata de FARO, Yorgina Alvarado, no se quedó callada: “Como ya lo habíamos denunciado, Gilbert Díaz, UTRA, el Tribunal de Ética y el Tribunal Electoral nos quieren fuera del proceso porque ellos le tienen miedo a unas elecciones libres, democráticas, transparentes e imparciales”. Y calificó lo ocurrido como “actos de corrupción electoral”.

La ANEP y el ritual de la unanimidad

El caso de Albino Vargas es distinto en la forma, pero no en el fondo. Su reelección de 2025 se produjo en una asamblea con una sola papeleta, aprobada por unanimidad. Vargas lo celebró así: “Es impresionante que después de tantos años en la dirigencia de la ANEP, uno siga teniendo ese apoyo y esa credibilidad”.

La frase es reveladora. Confunde apoyo con ausencia de competencia. Cuando no hay adversario, la unanimidad no mide legitimidad: mide la inexistencia de un espacio real para la disputa.

El costo de la permanencia

Una columna de análisis publicada en un medio costarricense lo describió sin ambages: la permanencia prolongada “atenta contra el surgimiento de nuevos liderazgos que puedan aportar renovación y otras visiones”. Y agregó: “estas situaciones solo reflejan malas prácticas en el ejercicio del poder, que son las mismas que cuestionan los partidos de la clase política a los que tanto critican”.

La tesis no es nueva. Michels la formuló hace más de un siglo con su “ley de hierro de la oligarquía”: toda organización, incluso las que se proclaman democráticas, tiende a concentrar el poder en una cúpula que se perpetúa. La información, los recursos y las redes humanas construyen barreras que los rivales internos difícilmente pueden superar.

La investigación académica sobre el “charrismo” sindical en México ofrece un marco útil: “En los sindicatos sin elecciones periódicas, la dirigencia ha demostrado que abusa de su poder para beneficiarse a sí misma en detrimento de los intereses de la clase trabajadora, porque no existen mecanismos de contrapeso”. La ausencia de rendición de cuentas convierte el liderazgo en un espacio sin supervisión.

Tres casos, un patrón

Hubo un tercer caso en el sindicalismo costarricense, hoy cerrado: Gilbert Brown Young, fundador de Sitrapequia, quien dirigió esa organización durante 44 años, desde 1969 hasta su jubilación en 2013, y falleció en 2024. Su figura, ya ausente, sirve solo como referencia histórica del mismo fenómeno. En su momento, medios lo describieron como alguien que ejercía una “dictadura en democracia”. Albino Vargas lo recordó así: “Fue un dirigente que siempre entendió los reclamos de sus representados. La gente se lo agradecía, por eso lo dejaron tantos años”.

Los tres comparten el patrón: liderazgos que se miden en décadas, no en períodos.

Lo que está en juego

El problema no es solo la permanencia. Es lo que la permanencia produce. Cuando un dirigente sindical acumula veinte o treinta años en el cargo, el sindicato deja de ser una organización de afiliados y se convierte en el proyecto personal de una cúpula. La rendición de cuentas se diluye. La crítica interna se vuelve una forma de traición. Y la democracia sindical, ese principio que se invoca en cada negociación con el Gobierno, se convierte en un ritual vacío.

Costa Rica se enorgullece, con razón, de su tradición democrática. Pero la democracia no se mide solo en elecciones nacionales cada cuatro años. Se mide también en los espacios donde los trabajadores organizan su vida colectiva. Si en esos espacios el poder también se perpetúa, el discurso democrático pierde sustancia y se convierte en retórica.

Lo que está en juego, en el fondo, es la credibilidad de un movimiento que dice defender los derechos de los trabajadores mientras niega a sus propios afiliados el derecho más elemental: elegir, de verdad, a quienes los dirigen.

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