Alajuela, 14 sep (elmundo.cr) – La historia de Marcos Vega comenzó con una cocina de leña.
No comenzó pensando en un museo. Ni en reunir miles de objetos. Ni en convertir su casa en un recorrido por la Costa Rica de otras generaciones.
Comenzó con los apagones.
En 2019, ante los frecuentes cortes de electricidad, compró una cocina de leña. Pero aquella cocina terminó despertando una idea que poco a poco fue ocupando espacio en su casa y en su vida.
“A raíz de eso, la cocina al principio empecé a soñarme con una cocina más o menos adornada con platos, jarros, y ahí me fui metiendo en eso, a tal punto que se convirtió en un museo”, cuenta.
Y así empezó.
Primero fueron unos platos. Después unos jarros. Luego una máquina de café, una plancha, una moneda, una fotografía, un documento.
Una pieza llevó a otra.
Hoy, aproximadamente 5.000 objetos forman parte de la colección que Marcos Vega conserva en su casa de San Ramón.
Pero para él no son simplemente objetos viejos.
“Cada uno de ellos cuenta una historia”, dice.
Y cuando empieza a contar esas historias, la casa deja de parecer una colección de antigüedades y se convierte en un viaje por recuerdos que todavía permanecen en las cosas.
La máquina que todavía puede moler café
Entre las primeras piezas está una antigua máquina para moler café que, según explica Vega, data aproximadamente de 1800.
No llegó a sus manos en un mercado de pulgas ni la encontró abandonada.
Llegó por la familia.
Perteneció a la mamá de su abuela, doña Narcisa. Después pasó a su abuela, de su abuela a su mamá y finalmente a él.
“Mi abuela se la llevó a mi mamá y mi mamá me la dejó a mí”, cuenta.
Vega explica que en aquellos años el café no llegaba molido y empacado como ahora.
Había que comprarlo en grano y molerlo en la casa.
“Antes del café no es como ahora, que usted va y lo compra molido a la pulpería o al supermercado. Antes la gente molía el café en grano”, explica.
La máquina tiene sus graduaciones.
Se podía escoger qué tan fino o grueso se quería el café.
Y mientras explica cómo funcionaba, la pieza deja de ser solamente una máquina antigua: vuelve a convertirse en un objeto de uso cotidiano.
Una máquina que alguna vez estuvo en una cocina familiar y que, después de aproximadamente dos siglos, todavía conserva la posibilidad de hacer aquello para lo que fue construida.
“Imagínese a las abuelas planchando con esto”
La colección también tiene varias planchas antiguas.
Están las conocidas como “planchas del gallo” y “planchas de la palomita”.
Eran pesadas y funcionaban con brasas.
Marcos las muestra y entonces aparece una imagen difícil de imaginar para quien está acostumbrado a una plancha eléctrica liviana.
“Imagínese a las abuelas planchando con esto”, dice.
Después agrega:
“No es como ahora, la comodidad que hay.”
La frase parece sencilla, pero resume una diferencia enorme entre aquella vida y la actual.
Antes de conectar un aparato y esperar unos segundos, había que preparar el carbón, esperar el calor y levantar una pieza de hierro cuyo peso hacía parte del trabajo.
Una moneda con un agujero y una historia detrás
Entre las monedas hay una que llama especialmente la atención.
Tiene un agujero en el centro y está relacionada con el antiguo Sanatorio Durán.
Vega explica que aquella pieza circulaba dentro del sanatorio, donde eran atendidas personas con lepra.
El objeto cuenta una historia de una época en la que el temor al contagio marcaba incluso la forma en que se utilizaba el dinero.
Y esa es precisamente una de las características de la colección de Vega: una pequeña pieza puede obligar a detenerse y preguntar qué ocurrió alrededor de ella.
También conserva monedas, billetes y boletos utilizados en fincas cafetaleras, además de piezas correspondientes a diferentes épocas del sistema monetario costarricense.
El camarín que iba de casa en casa
Entre los objetos religiosos aparece otra historia.
El camarín.
Vega explica que antiguamente esta tradición llevaba una imagen religiosa de casa en casa.
Cuando llegaba a un hogar, la familia rezaba.
Después venía el café, el pan y la convivencia.
Y en los hogares con menos recursos existía una pequeña gaveta de donde podía tomarse dinero para comprar esos alimentos.
Para Vega, el camarín no era solamente una tradición religiosa.
También representaba una forma de comunidad.
“Una tradición que quedó en el tiempo”, dice.
Y luego lanza una reflexión:
“En este momento deberíamos volver a eso, como es el país y el mundo.”
La pulpería donde pesaban hasta a los bebés
Una de las historias que más disfruta contar es la de una romana que perteneció a la pulpería de doña Carmen, en San Ramón.
La balanza servía para pesar productos, pero también tenía otro uso.
Las familias llevaban a los bebés recién nacidos para pesarlos.
Las madres esperaban su turno y, mientras tanto, la pulpería se convertía en un punto de encuentro.
Vega prácticamente reconstruye aquella escena:
“Imagínese esa fila de señoras con chiquitos chiquiticos”, cuenta.
Doña Carmen preparaba café mientras las mujeres esperaban.
Y entonces llega una frase que resume aquella vida de barrio:
“Ahí todo el mundo se hacía amigo de todo el mundo.”
“Ay, qué podrá ser esto”
No todas las piezas llegaron con su historia conocida.
Una de las más curiosas fue precisamente una que Marcos Vega no sabía identificar.
Era una pequeña balanza.
Cuando la encontró, se quedó preguntándose para qué servía.
“Ay, qué podrá ser esto”, recuerda haber pensado.
Entonces investigó.
Y descubrió que era una balanza utilizada para pesar huevos uno por uno.
Los huevos se clasificaban de acuerdo con su peso y tamaño.
Para Vega, descubrirlo fue también descubrir una forma de trabajo que prácticamente desapareció.
“Vea usted el trabajo que llevaba esto”, comenta.
Y vuelve a comparar con el presente:
“No es como ahora que van todos ahí al va.”
Las piezas que no tienen precio
Entre 5.000 objetos hay algunos que tienen un valor completamente diferente.
No necesariamente por su antigüedad.
Ni por su precio.
Sino por lo que significan para él.
Son las cédulas de sus abuelos: Luisa González Calderón, de San Ramón, y Ramón Vega Hernández, de Palmares.
Vega no conserva fotografías de ellos.
Por eso aquellos documentos tienen un significado especial.
Los muestra y explica:
“Esto es lo único que tengo, no hay fotos, no hay nada.”
Después lo resume de una manera todavía más directa:
“Esto es lo único que me queda de los abuelos.”
En un museo lleno de objetos centenarios, quizá esas dos cédulas sean las piezas que más difícil resulta valorar en dinero.
Porque para Marcos no representan simplemente una época.
Representan a dos personas.
Una casa llena de pequeñas historias
Y las historias continúan.
Hay un pedazo de riel relacionado con el ferrocarril.
Botellas de leche que antiguamente se dejaban en las puertas de las casas.
Una escoba de millo.
Una sotana de los sacerdotes de antes.
Vestidos antiguos.
Fotografías.
Relojes.
Objetos relacionados con hospitales.
Piezas de la actividad minera.
Elementos de antiguas pulperías.
Fotografías de excombatientes ramonenses de la Revolución de 1948.
Sobre estas últimas, Marcos hace una observación:
“Viene solo una parte, faltan muchos.”
También hay objetos que llegaron desde otros lugares del país.
Amigos y conocidos le envían piezas desde San José, Limón o Guanacaste.
Y él continúa buscando.
Incluso hay objetos que todavía espera encontrar.
Le falta una bandera y un sombrero típico de Guanacaste.
Él compra, pero no vende
El mercado de pulgas también se convirtió en parte de la historia del museo.
Vega compra objetos antiguos, pero aclara que su intención no es hacer negocio con ellos.
Los compra para conservarlos.
“En esto hay dos cosas: yo lo compro y me lo dejo. Pero hay gente que es un negocio, entonces compro a un precio y vendo a otro. En el caso mío, no.”
Esa diferencia explica buena parte de lo que ocurre dentro de su casa.
Las cosas llegan y se quedan.
Una cámara antigua puede llegar desde San José.
Una fotografía puede aparecer entre las pertenencias de una familia.
Una herramienta puede ser ofrecida por un vecino.
Una moneda puede aparecer en un mercado.
Y todas terminan formando parte de la misma historia.
“Para que nada se pierda”
Siete años después de aquella cocina de leña, la colección ya ronda los 5.000 objetos.
Pero Marcos Vega no parece interesado en detenerse.
Porque todavía hay cosas por encontrar.
Todavía hay historias que alguien puede contar.
Todavía hay objetos que podrían terminar perdiéndose.
Y quizá esa sea la razón por la que continúa guardándolos.
No los conserva únicamente porque sean antiguos.
Los conserva porque alguien los utilizó.
Porque alguien los heredó.
Porque alguna familia los tuvo en su casa.
Porque detrás de una moneda, una plancha, una fotografía o una cédula existe una historia que, si nadie la conserva, puede desaparecer.
Marcos Vega tiene claro cuál es el propósito de todo esto.
“Aquí en el Museo Histórico rescatamos todo lo que se pueda para que nada se pierda.”
Y esa frase termina explicando mejor que cualquier definición qué es realmente esta casa.
No es solamente una colección de aproximadamente 5.000 objetos.
Es una casa donde una máquina de café todavía puede contar cómo se preparaba el café antes de los supermercados; donde una romana puede recordar las pulperías que eran punto de encuentro; donde una pequeña balanza puede revelar cómo se vendían los huevos; y donde dos viejas cédulas permiten que dos abuelos sigan teniendo un lugar en la memoria de su nieto.
En San Ramón, Marcos Vega no solamente guarda objetos.
Guarda las historias que esos objetos todavía pueden contar.










