
Hoy en la mañana, a propósito de las reacciones que suscitó el reciente concierto de Ricardo Arjona, me puse a pensar en esa agotadora y estéril discusión acerca del deslinde entre “lo popular” y “lo serio”.
Pensé que a lo largo de todo el XVIII se compuso una cantidad bestial de obras que no pasaban de ser el tema del verano de la época: obras para ser oídas a medias en salones y bailes.
Y pensé que el hecho de que una música tan finamente concebida como los minuetos de Handel haya sido, a su vez, el tema del verano de su época, en definitiva, debería bastar para convencernos de algo: el único sentido posible de la historia es la ruina y la degradación.
Hoy, ciertamente, escuchamos los minuetos de Handel sin imaginar siquiera que algún mancebo haya acabado con blue-balls luego de una sesión de baile con “la mae guapa” de La Corte. Pero, también, ocurre lo contrario: música concebida como el paroxismo de la música seria se convierte inexplicablemente en una parodia de sí misma y deviene en extremo popular.
La Marcha Nupcial de Mendelssohn es un buen ejemplo.
Georges Auric, el genio detrás de una pieza tan popular como Moulin Rouge, la pulseó y la pulseó con obras serias y hasta compuso un ballet hoy justificadamente olvidado. Él mismo, tiempo después, reconoció que el éxito de Moulin Rouge consiste precisamente en que fue compuesta en una tarde.
Fue una vara fácil.
Directa.
Sencillísima.
Si el mae se hubiera demorado más y hubiera cedido a la tentación de introducir complejidades armónicas, de fijo Moulin Rouge nunca hubiera sido grabada por la orquesta de la BBC y nunca hubiera sonado en las recepciones de los dentistas ni en los supermercados del mundo.
¿Desde el siglo XVI hasta el XVIII qué cantaba el pueblo?, se preguntó alguna vez Alejo Carpentier. Unas obras que, con el transcurso del tiempo, se volvieron clásicas, respondió.
O sea, señores y señoras monopolistas del buen gusto, ¡relax!
No hace falta sacar ese berrinche de proporciones pinkfloydescas para defenestrar una obra musical que no es especialmente distinta a lo que ustedes oyen a diario. No hace falta asumir ese rol nomenklatura a lo nueva trova castrista.
Chesterton dijo alguna vez que era poco usual que un autor extremadamente talentoso escribiera lo que las masas ansiaban leer. Hablaba, claro está, de Dickens. Yo creo que con Arjona sucede algo parecido: aún no ha nacido un centroamericano capaz de componer una pieza tan buena y, a la vez, tan popular como Historia de taxi.
¡Párenla!
¡Y que viva Arjona!
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