
El hombre siempre ha necesitado poseer una vida con sentido. Unos, decididos en su caminar, capturan metas e ilusiones con un garbo exultante; otros, sin una visión clara sobre su existencia, se conforman con mirar a los otros caminar, sin otro sueño mayor al que naturalmente aparece pasadas las nueve de la noche.
Sin importar la razón por la cual usted vive, un ser humano solo crea, sufre y canta cuando sabe que su vida vale algo y que, con todos los matices que esta vida posea, ese crear, sufrir o cantar es real. De todo cuanto el hombre puede poseer, el hecho de poseer la verdad le hace humano: Todo ser humano es más humano y más divino en la medida que se asegure de que aquello cuanto cree es real, y que —incluso— valdría la pena sacrificar la vida misma si ello ayudara a defender la pureza de su convicción.
Un individuo puede, en pleno uso de su libertad, promoviendo lo que considera verdadero, defender que cuanto conocemos por nubes es en realidad el cielo blanco y lo que conocemos por cielo son simples nubes azuladas, de la misma forma en que podría hablar negativamente del whisky o positivamente de Nicolás Maduro. Como es usual, en cualquiera de los anteriores supuestos, aparecerán detractores de los argumentos antes mencionados, y es entonces cuando, quien los defiende, puede tomar dos opciones.
La primera, es aceptar someter su afirmación a juicio para comprobar si aquella posición por la cual daría su vida es verdadera o no. Esta opción tiene la particularidad de que sólo puede ser tomada por quien ama la verdad más que a sí mismo: la apertura intelectual y la humildad para aceptar que el cielo pudiese no ser blanco son necesarias.
La segunda opción, más sencilla pero menos digna, consiste en negar completamente la posibilidad de estar equivocado. Está opción, que está mas cerca de ser un berrinche que una opción, haría que el individuo de nuestro ejemplo, con tal de no aceptar una discusión sobre el color del cielo, prefiera contrarrestar a sus contrincantes defendiéndose durante las noches, explicando sus argumentos a personas acostadas boca abajo sobre el césped o —si sus adversarios parecen cobrar fuerza— convocando una marcha nacional de papalotes para que nadie pudiese juzgar su verdad.
Lo negativo de esta segunda opción, es que —en lugar de tomar el disentir de otras personas como una regocijante oportunidad para demostrar que están ‘en lo correcto’— quien la escoge posee un amor mayor a su criterio sobre lo verdadero en comparación a lo que es verdadero en sí mismo. Es esconder, bajo la careta de una certeza absoluta, la más temible de las inseguridades: no tener argumentos reales para defender justo aquello que se ha propuesto respaldar.
Y es en esta segunda opción —discúlpeme el lector por permitirme tan amplia introducción— donde radica el talón de Aquiles de todo el marxismo cultural contemporáneo. Hay una marcada tendencia en este sector de boicotear cualquier evento cuyo contenido no comulgue con las perspectivas socialistas de género, mediante manifestaciones y violencia verbal, en el mejor de los casos.
Esta actitud tan peculiar se complementa con una negación a entrar en discusiones públicas, de naturaleza intelectual, sobre estos temas. Un ejemplo muy reciente ha sido el de la Federación de Estudiantes de la UNA (FEUNA), quienes se han negado a proponer un candidato para debatir, tras ser invitados, en una discusión abierta contra dos profesores argentinos que catalogan a la perspectiva de género como una ideología. En cambio, la FEUNA —en una universidad que tiene una carrera llamada Género y Desarrollo— ha decidió convocar una manifestación a las afueras del evento que tendría entre sus atractivos muchas cosas —show drag y bodas diversas simuladas, afirma la FEUNA— lejanas de cualquier actividad intelectual.
Y es que parece que ciertas universidades empiezan a ser políticamente correctas con las tendencias socioculturales posmodernas. Por eso, ante esta corriente de protesta que le da supremacía al sentimiento empírico sobre lo fáctico, uno podría tomar diversas actitudes, siendo la nostálgica la más conveniente de todas. Nostalgia no porque existan ahora, sino porque debieron existir desde muchísimo antes: El mundo hubiese agradecido que hace sesenta años, como en las manifestaciones de hoy, los nacionalsocialistas alemanes hubiesen reducido sus ideales a realizar — en lugar de todo el daño que causaron— meros shows antisemitas y un muro antifascista simulado.
En un mundo que vive cambios importantes y drásticos, con perspectivas de construcción y deconstrucción, cada individuo está obligado a encontrar sus ideales, defenderlos, y tener la valentía de cambiarlos si se percatase que no eran correctos. Hay quienes, por comodidad, esconden bajo una bandera de tolerancia una manera polite de ser indiferentes. Es hora de conversar como personas, y no atacarse como fieras. Es hora de que cada cual busque la verdad, pues la verdad es la única ruta existente para encontrar la libertad.
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.