Simplemente paz

  • Por Carlos Humberto Acosta Jiménez - Sociólogo

Este no es del todo un cuento… cualquier parecido con la vida real no es casual.

“Si quieres paz, déjala fluir en ti y siémbrala…” me dijo un mendigo que leyó mi ansiedad en mi cara.

“Siémbrala…, otros la harán crecer” continuó el hombre de la calle y agregó, “más algunos la recogerán cual fruto jugoso y alimento glorioso”.

Él era un mendigo, o por lo menos eso aparentaba, pues estaba sentado en una acera peatonal, apoyando su espalda en un edificio. Sus palabras interrumpieron mi diálogo interno, causándome un cierto sobresalto al que no supe responder. Además de sus palabras, lo que más me sorprendió fue lo que irradiaba, cosa que me di cuenta luego que yo me alejaba; su rostro irradiaba precisamente paz y su apariencia, su vestimenta, que era simple y pulcra.

No me detuve. No cruce palabra con el “mendigo pacífico”. Simplemente me alejé rápidamente entre el gentío, zigzagueando entre tantos citadinos, en busca de mi destino y recomenzando mi dialogo interno que precisamente me traía sumergido en ansiedad.

En el camino, pitos de los vehículos, malas caras, humo, suciedad, malos olores. Dos hombres peleando por no sé qué en plena calle. Más adelante, más pitos a todo dar…, tres vehículos en fila habían chocado. El tránsito estaba bloqueado. Los curiosos rodeaban la escena, creándose un tumulto e impidiendo el paso.

Yo miraba todo como una película. Las palabras del supuesto mendigo empezaban a hacerme ver las cosas con otros ojos, entrando como en un trance que hacia lentos los acontecimientos. Un hombre vendía periódicos, lo único que alcance a ver fue un titular que decía “Se alarga a Putin la guerra en Ucrania”. Un autobús llevaba un anuncio publicitario en la parte trasera, la foto de una mujer con un golpe en uno de sus ojos y al lado una leyenda: ¿Cuantas más? Y agregaba ¿qué, esto también no es una guerra?

Cuando llegué a casa después de todo esto, más otras cosas que ya en el camino tenían el “apellido” de ser actos de guerra de alguna manera, sentía una ansiedad desbordada y una sensación de indefensión que no había experimentado antes.

Me duché, comí algo y me dormí ante un profundo agotamiento.

o0o

Oye…, oye… Soy yo. El mendigo. ¿No me reconoces? Tengo que terminar de hablarte… te fuiste y apenas empezaba a contarte…

Mira, te repito, Si quieres paz, déjala fluir en ti y siémbrala…

No se sé cuánto tiempo tardará en crecer el fruto blanco y sereno, pero llegará de árbol silencioso que con fuerte tronco crece inamovible, casi como de improviso descubriremos que reina entre nosotros como luz divina, porque siempre ha estado ahí, en lo profundo de nuestro ser, pues esencia de nuestra natura es, aunque llena de barro y fango mal oliente por tantas caídas corruptas y vueltas a levantar teñidas de medias verdades.

La paz es consecuencia de lo justo y de la verdad, más se cristaliza en los actos de eso que llaman amor fraterno, de aquello que nos hace uno solo, por tanto, ¿por qué vivimos en guerras de toda índole y magnitud, si somos paz pura y simple?

La paz no es solo un sentimiento, una de sus facetas, es más la voluntad, nacida de la convicción de aquel que se ha descubierto sustancia que fluye imparable, hecha de amor eterno y vacío puro.

Si quieres paz, pues simplemente déjala ser, aunque tu interior sea una guerra civil sin cuartel.

Amigo, por ello te repito, Si quieres paz, déjala fluir en ti y siémbrala…

o0o

Cuando desperté sentí que tuve una visita en la noche, que con su monólogo dejó claramente expuesta su tesis sobre la paz. Ese día ya no pude sumirme en mis pensamientos. Algo había cambiado. En lo profundo de mi interior algo se resolvió. El resto del día fue sereno, aún en medio de la locura de la vida moderna.

Pasé nuevamente por el sitio donde había visto al “mendigo pacífico”, este ya no estaba. Pero fue imposible no recordar sus primeras palabras:

Si quieres paz, déjala fluir en ti y siémbrala…

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