Costa Rica es el tercer país del mundo donde más llueve. Y San Vito de Coto Brus, en la Zona Sur, es uno de los cantones donde esa lluvia es más abundante. Aquí llueve casi todos los días. Las nubes no descansan, los techos repiquetean con fuerza, las montañas se bañan constantemente. El cielo, literalmente, se rompe. Pero lo más doloroso es que, a pesar de tanta agua, vivimos una realidad absurda: no tenemos agua.
Este no es un dato curioso, es un malestar profundo. En San Vito, lo que más abunda en el ambiente es precisamente lo que más escasea en los hogares, en los comercios, en los hospitales y en los hogares de ancianos. Abrimos el grifo y no sale nada. Hay días —muchos— en los que el agua no llega. Y cuando llega, viene con cortes intermitentes, presión baja, horarios inciertos. El malestar crece porque pagamos por un servicio que no recibimos, porque no hay respuestas claras, ni soluciones sostenidas.
No estamos hablando de un capricho ni de una exageración. Aquí se han presentado recursos de amparo, se han hecho manifestaciones, la comunidad ha salido a exigir lo mínimo. Incluso la Sala Constitucional ya ha fallado a favor de los vecinos: siete comunidades de la zona ganaron recientemente recursos contra el AyA y ARESEP por racionamientos injustificados. Pero, ¿qué ha cambiado en la práctica? Poco o nada. Las órdenes judiciales quedan en el papel y las cisternas, cuando llegan, lo hacen tarde o de forma irregular. Mientras tanto, los negocios sufren pérdidas, las familias se desesperan y los adultos mayores esperan agua como si fuera un lujo.
Y es que duele. Duele ver tanta lluvia caer todos los días mientras uno no puede llenar una botella, preparar alimentos con tranquilidad, ni asegurar condiciones básicas de higiene. Duele ver cómo la abundancia natural contrasta con la escasez provocada por una gestión deficiente. Porque esto no se trata de una sequía: se trata de un sistema que no funciona como debería.
San Vito es un cantón lleno de gente trabajadora, solidaria, paciente. Pero ya no se puede seguir normalizando lo inaceptable. El agua no es un regalo: es un derecho. No puede ser que seamos una de las regiones más lluviosas del mundo y, al mismo tiempo, una de las más afectadas por la falta de agua potable.
Este artículo no es un berrinche, es un llamado urgente. Un llamado a que las autoridades cumplan su deber, que el AyA deje de postergar soluciones, que ARESEP exija cumplimiento real, que los recursos judiciales no se conviertan en letra muerta. Exigimos transparencia, inversión y resultados.
Que no se nos apague la voz por la costumbre. Que no dejemos de señalar lo absurdo. Que no nos resignemos a vivir bajo un cielo roto y un grifo seco.
Porque si de verdad somos el tercer país más lluvioso del planeta, ya es hora de que eso también se note en nuestras casas.