Este 1 de febrero no es una fecha cualquiera. Es un día decisivo, de esos que no se repiten con frecuencia y que marcan el rumbo de un país durante años. Votar no es solo ir a una urna y marcar una papeleta: votar es asumir responsabilidad, es decir “aquí estoy”, es negarnos a dejar nuestro futuro en manos de otros.
Durante décadas, muchas personas lucharon para que hoy podamos ejercer este derecho. El voto no fue un regalo, fue una conquista. Por eso, cuando decidimos no votar, no solo renunciamos a opinar: renunciamos a nuestro poder. Y el poder que se deja vacío, inevitablemente alguien más lo ocupa.
Las democracias más sólidas del mundo tienen algo en común: alta participación ciudadana. Diversos estudios internacionales muestran que cuando más personas votan, los gobiernos son más representativos, las decisiones públicas son más equilibradas y se reduce la posibilidad de que pequeños grupos impongan su agenda. La abstención nunca ha sido sinónimo de cambio; al contrario, suele beneficiar al continuismo y a quienes ya controlan el poder.
Este 1 de febrero, salga a votar. Vote si cree en Laura, en Claudia, en Álvaro Ramos, en Juan Carlos, en José Aguilar o en Ariel Robles. Vote por quien usted considere mejor. Pero vote. Y siéntase orgulloso de hacerlo, porque su voto vale, cuenta y tiene peso.
En esta última semana, pongamos atención. Escuchemos los debates, analicemos las propuestas, observemos las actitudes y el liderazgo. Preguntémonos con honestidad:
¿En manos de quién quiero dejar el futuro de mi país?
¿Quién tiene la capacidad de unir y no de dividir?
¿Quién entiende que el poder no se hereda, sino que se gana sirviendo?
Nuestro país necesita unión y liderazgo. Necesita salir del bache en el que nos dejaron, recuperar la confianza, la esperanza y el rumbo. Nada de eso ocurrirá si nos quedamos en casa pensando que “mi voto no cambia nada”. La historia demuestra lo contrario: los grandes cambios han empezado cuando la gente decidió participar.
Algo muy profundo nos recuerda que cuando la ciudadanía despierta, el país avanza. Que cuando la decisión final se define entre opciones reales de cambio, el continuismo pierde fuerza. Y que cuando votamos con conciencia, sin miedo y con esperanza, la democracia se fortalece.
Este 1 de febrero, no deleguemos nuestro futuro.
No heredemos el poder a unos pocos.
No dejemos que otros decidan por nosotros.
Salga a votar. Es su derecho. Es su voz. Es su responsabilidad. Y, sobre todo, es el acto más poderoso que tenemos para construir el país que queremos.