¿Quién decide lo que puedo leer?: La censura en las bibliotecas

» Por María Fernanda Sáenz Tacsan - Estudiante de la carrera de Bibliotecología y Gestión de la Información en la Universidad Nacional.

Fotografía Talha Resitoglu

Hace poco leí que en varios países se han retirado libros de bibliotecas escolares y públicas por considerar que su contenido es “inapropiado” o “peligroso”. Los títulos van desde clásicos de la literatura hasta libros sobre identidad, historia y política. Y cada vez que pasa algo así, la justificación es más o menos la misma “hay que proteger a los lectores, especialmente a los más jóvenes, de ideas que podrían hacerles daño.” La pregunta que me surge es: ¿daño a quién, exactamente?

Entiendo que el debate no es sencillo. Hay quienes genuinamente creen que ciertas ideas (las que normalizan la violencia, el odio o la discriminación) no deberían tener espacio en un lugar de acceso público. Y tiene algo de lógico: una biblioteca no es internet, tiene recursos limitados y alguien tiene que decidir qué entra y qué no. Eso es real. Pero hay una diferencia enorme entre construir una colección con criterio y sacar libros porque un grupo de personas se siente incómodo con su contenido.

Lo que me preocupa es que la censura rara vez se presenta como lo que es. Nadie llega diciendo “quiero prohibir este libro porque no me gusta”. Desde mi perspectiva casi siempre suele haber una razón supuestamente noble de por medio, por ejemplo, los valores de la comunidad, la protección de la infancia, la responsabilidad institucional, etc. Pero si uno mira cuales terminan siendo los libros retirados, casi siempre se trata de voces históricamente marginadas como la comunidad LGBTQ+, los pueblos indígenas, autores racializados, perspectivas que cuestionan el poder, entre otras problemáticas controversiales para la sociedad actual y para mí esto no es casualidad.

También me parece problemático el argumento de que limitar el acceso a ciertos libros “protege” a los lectores. ¿Protege de qué? ¿De pensar diferente? ¿De conocer realidades que existen, aunque no las queramos ver? La idea de que alguien tiene que decidir qué es lo que otros están listos para leer me parece profundamente condescendiente. La biblioteca existe precisamente porque se parte de que las personas son capaces de acercarse al conocimiento, procesarlo y formar su propio juicio.

Ahora bien, sería ingenuo decir que todo debería estar en todos los estantes sin ninguna consideración. Una biblioteca infantil tiene criterios distintos a una universitaria, y eso es razonable. El tema es que esos criterios tienen que basarse en principios claros de acceso a la información y libertad intelectual, no en las opiniones de quien tenga más poder en un momento dado. Porque el problema de la censura no es solo lo que borra hoy sino, es que normaliza la idea de que hay conocimiento que es mejor no tener.

Las bibliotecas tienen una responsabilidad que va más allá de organizar libros, son uno de los pocos espacios donde todavía se puede garantizar acceso libre e igualitario a la información. Cuando empiezan a funcionar como filtros ideológicos, dejan de ser bibliotecas para convertirse en otra cosa. Y eso sí me parece peligroso.

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