
Durante la Segunda República, el nuevo modelo buscó la promoción de la cultura, a nivel de espacios públicos (la creación de nuevos monumentos que reflejaban la sensibilidad de entonces), mediante la ley 2901 de 1961, se creó el sistema de premios Nacionales como un reconocimiento a la trayectoria de artistas, o como un estímulo a las nuevas promesas. Se creó una iniciativa como la editorial Costa Rica, la cual se orientaba a dar a conocer a los autores costarricenses.
Ese primer impulso , que culminó con la creación del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, el cual en su etapa inicial contó con la dirección de intelectuales como Alberto Cañas o Carmen Naranjo redefinió gran parte de la vida cultural costarricense durante la segunda mitad del siglo XX, respondía a la premisa de Don José Figueres Ferrer “Para que tractores sin violines”.
Se trataba de un proyecto de Estado que pregonaba la democratización de la cultura como parte del concepto de Segunda República. Dentro de esta búsqueda de espacios culturales accesibles, la Editorial Costa Rica creó colecciones de literatura universal en formatos populares. La biblioteca de los lectores costarricenses pudo nutrirse tanto de la literatura nacional como de títulos como Bola de Sebo de Guy de Maupassant, La espada Azul de Lu Szin y El hombre que perdió su sombra de Adalbert Von Chamisso, entre otros.
Ese proyecto sin embargo se vio interrumpido por la aparición de la ideología neoliberal a mediados de los años ochenta. El enfoque de esta ideología no se limitaba solo a lo económico, sino a una visión que entendía al individuo más como un consumidor, que un ciudadano. Una de las víctimas de esta visión productivista es la cultura, entendida desde este enfoque como un producto exclusivo y destinado solo para algunas personas con el dinero y el capital cultural suficiente para apreciarlo.
Este enfoque de corte más productivista fue calando dentro del mercado costarricense y coincidió con un lento declinar de la oferta cultural. Salas de teatro, cines y galerías terminaron dando lugar a iglesias y centros comerciales. A nivel público, el arte fue tomando la condición de Cenicienta del Estado Costarricense, frente a instituciones que parecían más próximas al nuevo modelo de desarrollo como las Superintendencias, que venían a consolidar el papel del Estado como un regulador de servicios estratégicos como las pensiones y las telecomunicaciones, o el Ministerio de Comercio Exterior, dirigido a la diversificación de las exportaciones costarricenses y su colocación en destinos internacionales.
Una importante excepción a esta visión es el papel que han jugado las Universidades Públicas como espacios de promoción y divulgación de la cultura, ya sea mediante la creación de ofertas académicas que buscaban ser semilleros de nuevos talentos como la Escuela de Bellas Artes, la Escuela de Teatro, la Escuela de Danza. Las universidades además se convirtieron en un importante espacio de divulgación editorial mediante la consolidación de las editoriales universitarias, las cuales concentran gran parte de la producción literaria y científica.
Desde esta posición, considero necesario abrir la discusión sobre la negociación del actual Fondo para la Educación Superior (FEES), y la eventual reducción del presupuesto a las Universidades Estatales. Parte del problema se da a que se debate el quehacer desde enfoques que privilegian exclusivamente el rendimiento económico y la creación de carreras universitarias de orientación tecnológica en detrimento de la concepción humanista.
Al momento en que escribo estas reflexiones, han pasado casi cinco meses de emergencia por la pandemia del COVID-19, en medio de una grave crisis económicas. Los enfoques de corte eminentemente productivista parecieran dar respuesta a la coyuntura actual y algunas de las experiencias más interesantes provienen de las universidades.
Dentro de estas propuestas se encuentran el papel del Instituto Clodomiro Picado en la búsqueda de sueros que mitiguen los efectos de la enfermedad, así como el papel de los Medios Universitarios como puntos de acercamiento con la oferta cultural mediante la difusión de obras de teatro y conciertos grabados.
El debate sobre el quehacer universitario debe superar una visión que reduce la inversión económica en términos de rendimiento y que deja de lado el importante papel de las Universidades como espacios de producción cultural y el papel de la cultura en la formación de la identidad costarricense, y su papel en la visibilización de nuevas aristas que enriquecen nuestra sensibilidad y pensamiento.
El arte en estas condiciones, deja de convertirse en esa especie de adorno, destinado para unos pocos para convertirse en una necesidad terapéutica, para la salud mental de la gente. Una de las formas de que estos programas continúen cumpliendo esta función es asegurar la continuidad de este tipo de programas, más allá de una mentalidad productivista, que los veo como un gasto. Hoy pareciese que más allá de “para que tractores, sin violines” , la pregunta es ¿Tiene sentido la vida sin violines?, ¿tiene sentido una existencia sin esa sensibilidad que por momentos nos acerca a lo divino?
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