No soy de hacer leña del árbol caído, pero es inevitable ver cómo algunos precandidatos comienzan a quedarse en la puerta. El panorama electoral ya empieza a despejarse y, aunque muchos insisten en hablar de democracia, lo que vemos es un desfile de egos más que de ideas. Se habla de alianzas, no de país. Se corre por poder, no por propósito.
Yo dije que me haría a un lado, y lo sostengo. Pero nunca dije que me quedaría callado. Porque mientras unos se quitan la camiseta partidaria para ponerse otra, yo sigo viendo a la Costa Rica profunda, la de los que madrugan, la de los que no llegan a fin de mes, la de los jóvenes que migran por falta de oportunidades. Esa Costa Rica a la que nadie escucha, pero que carga con todas las crisis.
Hoy, más que nunca, deberíamos preguntarnos qué está esperando el pueblo de un futuro presidente. Porque ya no basta con frases bonitas, ni con la retórica de siempre. ¿Quién tiene la capacidad —y el carácter— para hablarle de frente al país y asumir el costo de las decisiones necesarias? ¿Quién entiende el momento histórico que atravesamos?
No es momento para improvisar. Es momento para trazar una ruta. Y esa ruta no se dibuja desde una burbuja de asesores, sino desde la calle, desde los territorios, desde la academia, desde la economía real. Porque los desafíos del 2026 no se resuelven con promesas de campaña, sino con visión de Estado.
Seguridad, desempleo, informalidad, salud, educación desconectada, falta de oportunidades fuera del GAM… El pueblo ya no necesita que le digan qué está mal. Lo sabe. Lo vive. Lo sufre. Lo que hace falta es liderazgo con coherencia. Con carácter. Con compromiso real.
No estoy en la papeleta, pero sigo en la conversación. Porque tengo claro que no se necesita un cargo público para generar incidencia. Lo importante es tener criterio, experiencia y, sobre todo, claridad sobre el país que queremos y el precio que hay que pagar por llegar ahí.
Desde el teclado, desde el aula, desde el territorio… sigo alzando la voz. Por convicción, no por nostalgia. Por mis hijos, por mi familia, por esa Costa Rica que aún creo posible. Que los que aspiran a gobernarla sepan que no basta con querer. Hay que poder. Y hay que saber.
Yo estoy listo para sumar. Sin desesperos. Sin discursos vacíos. Con la misma firmeza con la que me aparté del ruido, hoy me acerco a lo esencial: pensar el país, proponerlo y empujarlo. Porque el 2026 empieza hoy.