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Columna El silencio NO es oro

No, Albino: el farol de un niño NO es una pancarta sindical

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

Cada 14 de septiembre, miles de familias costarricenses salen a la calle con un farol hecho a mano por un niño que todavía no sabe de ideologías, sindicatos ni consignas políticas. Sabe de patria. Sabe de orgullo. Sabe que esas luces representan una historia que aprendió en la escuela y que el Himno Nacional se canta porque Costa Rica es suya, no porque pertenezca a ningún partido. Es una de las pocas noches del año en que todavía podemos salir juntos sin preguntarnos por quién votó el otro. Por eso resulta tan indignante que, una vez más, organizaciones sindicales y colectivos de izquierda pretendan secuestrar una tradición nacional para convertirla en otra plataforma de propaganda política. El farol de un niño no debería terminar convertido en pancarta. La patria no es propiedad de ningún sindicato, la democracia no es patrimonio de la izquierda y la noche de los faroles no necesita consignas políticas para demostrar que Costa Rica sigue siendo libre.

Esta indecencia de convocatoria se llama “Faroleada por la Democracia” y está fijada para hoy, lunes 14 de septiembre a las 4 de la tarde, en el Parque Morazán, con la intención declarada de replicarse en todo el país. La organiza la Colectiva Autónoma por la Resistencia Social, el mismo colectivo que armó el plantón del 6 de agosto pasado contra el gobierno de Laura Fernández, y la respaldan cerca de 40 organizaciones, entre ellas ANEP, SITRAJUD, UNDECA y la Asociación Costarricense de la Judicatura. Las mismas organizaciones de empleados públicos que, una y otra vez, saltan a defender sus privilegios mientras los disfrazan de “justicia social”. Porque pocas cosas resultan tan cínicas como ver al diablo repartiendo escapularios.

Ahora bien, cualquier persona tiene todo el derecho constitucional de usar el espacio público, y nadie en su sano juicio debería andar exigiéndole carnet de buena conducta patriótica a quien sale a protestar. Ese derecho existe y hay que defenderlo también cuando lo ejerce alguien con quien uno no comparte ni una coma. El problema nunca fue que salgan a la calle el 14, el problema es cómo se venden al salir.

Y aquí está el problema de fondo, el de la honestidad. La vocera del colectivo, Sonia Sandí, insiste en que se trata de una actividad “pacífica y patriótica”, que no busca competir con el desfile tradicional y que hasta organizarían talleres para que la gente haga su propio farol. Un intento de lavarse las manos que el propio eterno caudillo sindical Albino Vargas terminó desmintiendo al admitir que se trata de un “segundo plantón”. Les prometo que no hace falta ser periodista ni demasiado perspicaz para notar la contradicción. La misma convocatoria necesita dos versiones, una para las cámaras y otra para la militancia. Y cuando una protesta necesita disfrazarse de celebración patriótica para venderse al público, quizá el problema no está en quien la critica, sino en lo que realmente están intentando ocultar.

Algo que todos podemos notar es el intento absurdo de estos grupos de oposición por aparentar una fuerza que sencillamente no tienen. Ya lo vimos cuando Semanario Universidad llegó a afirmar que 80 mil personas habían asistido al plantón en la Plaza de la Democracia. El problema es que hasta la matemática más elemental se encargó de arruinar semejante fantasía: el lugar tiene aproximadamente 7.500 metros cuadrados, por lo que para meter a 80 mil personas allí habría que comprimir a casi 11 personas en cada metro cuadrado. De hecho, un análisis de superficie y densidad que realizó este medio permitió estimar una asistencia real de entre 7 mil y 12 mil personas.

A partir de estas exageraciones, estos grupos han intentado vender una alucinación bastante conveniente, que ellos son “el pueblo” y que cualquiera que se oponga al gobierno automáticamente forma parte de su bando. No, Albino. Que un costarricense critique al gobierno no lo convierte en sindicalista, izquierdista ni militante de sus causas. El país no se divide entre quienes están con ustedes y quienes están con el gobierno. Esa es una ficción que solo funciona dentro de sus propias burbujas.

Y lo más grave es que, en ese afán de fabricar una mayoría que no pueden demostrar, terminan instrumentalizando incluso a la niñez. Los niños que salen con sus faroles merecen celebrar Costa Rica, cantar su Himno y sentirse orgullosos de su país, no convertirse en el decorado involuntario de una protesta sindical ni escuchar consignas como “páguele a la Caja” mientras los adultos intentan apropiarse políticamente de una tradición que pertenece a todos.

Estas tácticas de manipulación no son nuevas, especialmente para la izquierda. La dictadura de Nicaragua celebra su desfile patrio exactamente el mismo 14 y 15 de septiembre, y ahí el régimen de Ortega y Murillo ha llevado la instrumentalización de niños y estudiantes a un extremo irracional, se ha exigido públicamente a estudiantes comprometerse con el “modelo socialista” durante los propios desfiles escolares, se ha llegado a suspender desfiles de preescolar y primaria por decisión del Ministerio de Educación, y el desfile oficial se ha realizado en zonas donde simpatizantes orteguistas antes agredieron a grupos de sociedad civil.

Cuba, por su parte, lleva décadas usando su sistema de pioneritos para que niños de escuela primaria juren públicamente ser “como el Che”. En ambos casos el patrón es idéntico, tomar un ritual pensado para la niñez y convertirlo en vehículo de lealtad ideológica. La diferencia es que allá lo hace el Estado desde el poder, y aquí lo intenta un colectivo sindical desde la calle, pero la lógica de fondo, usar a los más inocentes como escudo emocional de una agenda política, es la misma. Y con estos grupos como simpatizantes del Frente Amplio, la verdad no estamos tan alejados.

Tampoco es casualidad que ya haya una segunda convocatoria calcando el formato, la “Faroleada por la Salud y la Democracia” del Frente de Lucha por el Nuevo Hospital de Cartago, también programada para el mismo 14. Y por si hiciera falta más evidencia de que esto no es un gesto espontáneo, estos pseudo activistas publicaron una lista de convocatorias regionales que ya suma 31 puntos en todo el país, desde el Parque Morazán en San José y la Plaza Mayor de Cartago hasta Liberia, Puntarenas, Nicoya, Tilarán, Turrialba, Guápiles, Cañas y Vázquez de Coronado, cada uno con su hora exacta de encuentro. 31 cantones con logística coordinada no es un plantón que se armó de un día para otro, es una operación nacional pensada con semanas de anticipación. Cuando una estrategia se replica tan rápido y a esa escala, ya no es un gesto espontáneo de ciudadanía indignada, es un método, y los métodos se diseñan para funcionar sobre alguien. En este caso, sobre la buena fe de miles de costarricenses que solo querían encender un farol.

Lo que más resulta indignante en todo esto es la hipocresía. Cuando son ellos quienes toman las calles, de inmediato se convierte en una defensa de la democracia, en una lucha por la mal llamada justicia social, en un acto legítimo y hasta heroico. Pero basta con imaginar el escenario contrario para que la máscara se les caiga. Si una cámara empresarial aprovechara el 15 de septiembre para exigir jornadas 4×3, o si un grupo pro vida decidiera manifestarse contra el aborto ese mismo día, las redes sociales estarían inundadas de voces de izquierda condenando semejante atrevimiento, preguntándose cómo se les ocurre politizar una fecha que se supone apolítica. Y ahí queda expuesto lo que realmente son, el lado de la hipocresía, el que solo respeta los principios cuando estos le convienen a su propia causa.

No por nada, a estos mismos colectivos no les tiembla la mano para salir con la banderita de Palestina en cualquier plantón de turno, ondeándola con una pasión envidiable, pero quien defiende con tanto fervor una causa a más de 12.000 kilómetros de distancia, por lógica elemental, debería tener de sobra ese mismo entusiasmo para la bandera que sí les corresponde izar, la de este país que los vio nacer. Y no. Ahí, precisamente ahí, cuando se trata de lo propio, la patria parece estorbarles, por eso solo protestan contra el gobierno y no desfilan en favor de Costa Rica.

Al final, la noticia que llegó aquella noche de 1821 no traía instrucciones de a quién había que aplaudir ni a quién había que abuchear, apenas traía el aviso de que ya éramos libres. Los faroles que hoy encenderán los niños siguen significando lo mismo, y ojalá siga siendo así, sin que nadie le meta mano a la mecha.

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