Hay palabras que funcionan como refugio. «Incidente» es una: suena técnica, no compromete a nadie y cabe en cualquier titular. Pero el miércoles 30 de setiembre de 2026, a bordo del vuelo FZ1073 de Flydubai, que viajaba de Dubái a Tel Aviv, ocurrió algo que ya no cabe cómodamente en ella.
Las primeras informaciones decían que el copiloto había agredido al comandante dentro de la cabina y que pasajeros y tripulantes ayudaron a controlar la situación. El avión, con más de 170 personas a bordo, aterrizó en Tabuk, Arabia Saudita. El sábado 3 de octubre, la Fiscalía General de los Emiratos Árabes Unidos comunicó, según la agencia oficial WAM, que la investigación había revelado que el copiloto «inició la ejecución de un acto terrorista»: atacó al comandante con un hacha de emergencia e intentó tomar los mandos de la aeronave. La investigación sigue abierta en lo que respecta a los motivos y a posibles vínculos.
Esto no obliga a nadie a gritar «terrorismo». Obliga a algo más modesto y más exigente: que el lenguaje acompañe a la información disponible. Un titular escrito en las primeras horas, cuando solo se sabía de una agresión en pleno vuelo, pudo ser razonable. Mantenerlo intacto cuando una fiscalía ya habla de un acto terrorista es otra cosa, porque la palabra deja de describir y empieza a atenuar.
Conviene, sin embargo, no pedir más de lo que los hechos permiten. La calificación de la Fiscalía es una declaración oficial dentro de una investigación abierta, no una sentencia, y debe presentarse como lo que es: con atribución clara, en boca de quien la formula. Sin atribución, el medio hace suyo un juicio que no le corresponde; sin la calificación, omite el dato central de la noticia. Los dos errores tienen la misma raíz, que es dejar que sea el medio quien decida cuánta realidad merece el lector.
La misma cautela vale en sentido contrario. Un acto atribuido a una persona no se convierte en una acusación contra una nacionalidad, una religión o un pueblo. La responsabilidad es individual, y alcanza a quienes se demuestre que participaron. Una cobertura que insinúe lo contrario, o que especule sobre vínculos que ninguna autoridad ha confirmado, falla tanto como la que minimiza.
Hay además una cuestión de coherencia. El vuelo se dirigía a Tel Aviv y, según la prensa, la mayoría de sus pasajeros eran israelíes. Cabe preguntarse si habríamos aceptado el mismo vocabulario de haber sido otro el destino y otros los pasajeros. Si la respuesta es que no, hay un doble rasero, y en periodismo el rasero no debería depender de quién sea la víctima.
Nada de esto es un llamado a la censura. Exigir precisión a los medios no recorta la libertad de prensa; es lo que le da sentido. Quien lee «incidente» donde una fiscalía dice «acto terrorista» no recibe una versión suave de la noticia, sino una noticia incompleta, y con ella una idea equivocada de la gravedad de lo ocurrido en un avión con cientos de vidas dentro. Los periodistas conservan intacto el derecho a investigar, cuestionar y matizar. Lo que la ciudadanía espera a cambio es que, cuando los datos cambian, el lenguaje cambie con ellos.
Propongo una prueba sencilla para cualquier redacción: leer el titular como lo haría alguien que solo ve ese titular y sigue de largo. ¿Esa persona se lleva una idea correcta de lo que pasó? Si la respuesta es no, la palabra elegida está haciendo un trabajo que no le corresponde.
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Fuentes de referencia
Agencia WAM (Emiratos Árabes Unidos): comunicado de la Fiscalía General sobre el vuelo FZ1073, 3 de octubre de 2026.
Agencia EFE: «La Fiscalía emiratí confirma que el copiloto de Flydubai quería cometer un acto terrorista», 3 de octubre de 2026.
Associated Press: cobertura del vuelo FZ1073 de Flydubai, octubre de 2026.