Muere un hombre, nace la leyenda

» Por Robert F. Beers - Abogado constitucionalista Máster en Ciencias Políticas

Un vago oportunista, un agitador religioso, un típico pastor al que sólo interesaban el dinero y la fama, un estafador… Es muy probable que hayamos oído en boca de los “supremacistas intelectuales” de hoy el mismo tipo de lenguaje que usaban sus antepasados ideológicos, los supremacistas raciales de ayer, para referirse al teólogo y pastor bautista Martin Luther King. Después de todo, suelen ser hombres como él los que, al amparo de una profunda raíz cristiana, terminan por desenmascarar las contradicciones y las ridículas falacias de esos autoproclamados “genios”, y al incursionar en la vida política y social de las naciones, terminan por vencerlos con la fuerza de la coherencia y la dignidad.

La bala de la estupidez cobarde se cruzó con él en Memphis, Tennessee, a las 6:01 de la tarde del 4 de abril de 1968, a través de la calle que pasaba frente al pequeño hotel en que se hospedaba. El disparo se atribuyó luego a un sujeto llamado James Earl Ray, quien sería capturado dos meses más tarde al intentar escapar de Londres con pasaporte falso. La agonía de su víctima no fue tan prolongada; apenas una hora después expiraba en el hospital el Premio Nobel de la Paz de 1964, figura de estatura mundial a causa de su estratégica lucha no violenta contra el supremacismo racial en los Estados Unidos. Una senda ardua, no exenta de fracasos, y siempre plagada de odios, calumnias e insinuaciones grotescas en su contra, así como de la cínica manipulación de autoridades y medios de prensa que pretendían culparlo a él de cuanta desgracia ocurría, por el simple hecho de negarse a aceptar dócilmente su “inferioridad” y, peor aún, atreverse a alzar la voz contra ella.

Naturalmente, en muchas ciudades de los EEUU su asesinato fue tomado como una declaración de guerra, y en un centenar de ellas surgieron disturbios gravísimos, que obligaron a intervenir a la Guardia Nacional y dejaron 46 muertos: una afrenta a su legado de dignidad y no violencia. Sin embargo, la Casa Blanca decretó duelo nacional, primera vez que se hacía en honor de un ciudadano negro en toda la historia de aquel país.

Las reivindicaciones de King y otros líderes (en su mayoría pastores como él), dirigidas a garantizar el principio de igualdad ante la ley (uno de los pilares de la República), originaron una profunda ruptura política en la década de 1960. El Partido Demócrata, histórico bastión del supremacismo y predominante en los estados sureños desde la Guerra de Secesión 100 años antes, terminó por dividirse, pues sus presidentes Kennedy y Johnson (sureño este último) rompieron la línea tradicional y adoptaron la postura que desde la época de Lincoln venían siguiendo los republicanos. Estos últimos fueron más moderados en su actitud, quizá en exceso; pero eso les valió una rotunda victoria electoral a fines de 1968 y el inicio de un predominio de 25 años donde sólo perdieron una elección. Los demócratas tardarían toda una generación en lograr “apropiarse” del legado de King y comenzar a “jinetearlo” electoralmente, hasta llevar a la presidencia a Barack Obama en 2008. Pero sería un presidente republicano, Ronald Reagan, el que declararía como festividad nacional el natalicio del pastor King en 1986, honor que sólo han recibido el fundador de la “Gran República” George Washington y el “salvador de la Unión” Abraham Lincoln.

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