
Una de las principales problemáticas que enfrentamos a diario, y ante la que mostramos una peligrosa indiferencia, es la violencia hacia las mujeres. Dado que en el machismo se han naturalizado los estereotipos de género, es común que la gente piense que los hombres son de manera innata autoritarios, posesivos y agresivos, por lo que la violencia hacia las mujeres se percibe de una u otra forma como algo normal o de esperar.
La violencia hacia las mujeres no es natural en los hombres, es aprendida en nuestras sociedades machistas, las que se fundamentan en la falsa superioridad de los hombres sobre las mujeres, y de los principios, valores y roles masculinos sobre los femeninos. Es urgente que los hombres comprendamos que este tipo de conductas tienen su origen en edades tempranas, y que responden a los mecanismos de socialización y a los mandatos que el machismo establece para nosotros.
El fútbol suele ser importante en la vida de muchos hombres, y es bien sabido que, con los encuentros de futbol del campeonato nacional, o bien cuando juega la Selección Nacional, se dispara el número de llamadas al 911 reportando diferentes formas de violencia hacia las mujeres. ¿Qué se esconde tras la afición a este deporte en tantos hombres? ¿Por qué la derrota o bien el triunfo pueden provocar conductas violentas hacia las mujeres? ¿De qué manera hemos aprendido a concebir el poder, y cómo hemos asociado la sensación de poder personal con el que provoca el fútbol?
Es urgente que los hombres empecemos a dar respuestas a estas interrogantes. Podemos someter a la reflexión las conductas violentas hacia las mujeres para luego erradicarlas. Reconocer esta posibilidad es fundamental para que como sociedad empecemos a pensar y a accionar diferente ante este serio problema. Por supuesto, esta labor debe incluir la violencia que se genera hacia otras personas en general y hacia nosotros mismos.
Diversas experiencias nacionales e internacionales indican que los hombres podemos desarrollar nuestro mundo emocional, la empatía; aprender a concebir y poner en acto formas productivas de ejercer el poder entendido como la capacidad de construir relaciones igualitarias y respetuosas con las mujeres y con todas las personas que nos rodean.
El desarrollo de la inteligencia emocional es una forma de romper con nuestro machismo, y esto implica ser más sensibles y aprender a disfrutar otros roles que la sociedad machista nos ha hecho creer que son propios de las mujeres. El ejercicio de una paternidad presente y afectiva puede ser, por ejemplo, una de las principales fuentes de realización que los hombres podemos experimentar; una fuente genuina y productiva de poder.
Para superar la indiferencia hacia la violencia contra las mujeres, debemos como sociedad repensar el significado del ejercicio del poder en los hombres. Los hombres tenemos en las manos la posibilidad de realizar un cambio personal y social urgente. Debemos ejercer el poder de erradicar la violencia de nuestras vidas; ese es el partido que es realmente importante ganar.
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.