Los hombres también somos agredidos

Desde muy pequeños, cuando se nos prohíbe llorar, ese mecanismo básico de regulación emocional.  Cuando se nos condiciona a reprimir y no expresar sentimientos como el miedo y la ternura, a percibir la empatía como algo no masculino; siendo el reconocimiento y la apropiación de los sentimientos procesos claves para el desarrollo de la inteligencia y la salud emocionales. Cuando se nos enseña desde niños que el enojo y la violencia son legítimas formas de reaccionar ante nuestras frustraciones.

A su vez, cuando se nos imponen estándares de desempeño masculino que, la inmensa mayoría de las veces,  son imposibles de alcanzar: ser el más inteligente, el más audaz, el de más experiencias sexuales, el más dominante, el líder, el más valiente, el mejor… A esto debe sumarse, en la vida adulta, el mandato social de convertirse en el líder de una familia y asumir exitosamente el rol de proveedor, entendido como la capacidad de satisfacer las necesidades del grupo familiar con creces, y que conlleva el requerimiento de mostrarlo públicamente como señal de hombría, a pesar del estrés y la frustración que esto implica para la gran mayoría.

Hay hombres que son agredidos por sus parejas, a quienes sus exparejas no les dejan ver a sus hijos e hijas, a los que les imponen, deliberadamente, montos de pensión alimentaria que sobrepasan su capacidad económica.  Y así, podríamos seguir enumerando las diferentes formas de violencia que recibimos los hombres. Sin embargo, ¿alguna vez nos hemos puesto a reflexionar a fondo sobre cuál es su origen?

La gran mayoría de las personas piensan que las conductas y los roles masculinos y femeninos son naturales, cuando en realidad son aprendidos y tienen un claro origen histórico. El machismo, que está en la base de lo anteriormente expuesto, es responsable de diversas formas de violencia que los hombres recibimos desde niños y por el resto de nuestras vidas. No obstante, hay que tener cuidado cuando se plantean estas ideas con el fin de abordarlas con objetividad y potenciar la posibilidad de que nos permitan despojarnos de su nefasto impacto.

No se debe equiparar la violencia que reciben los hombres con la que reciben las mujeres en las sociedades machistas. Estas últimas han sido consideradas históricamente como inferiores, débiles y dependientes. No fue siempre así, pero lo es desde hace mucho tiempo. Son visualizadas como objetos sexuales, como seres al servicio de los hombres.  Se nos ha hecho creer que su naturaleza es ser madres, y que por consiguiente el lugar que les corresponde es fundamentalmente el hogar, lo doméstico. No puede equipararse la violencia que reciben mujeres y hombres cuando éstas han sido ubicadas históricamente en un lugar de inferioridad y han sido concebidas como objetos en múltiples sentidos; en sociedades que funcionan con base en el rechazo e incluso el odio hacia las mujeres y hacia lo femenino.

Es de suma importancia que hombres y mujeres comprendamos que el machismo es el responsable de mucha de la violencia que recibimos. Ese es nuestro reto en común, nuestra esperanza compartida. En las últimas décadas, diferentes grupos de hombres de varias partes del mundo, incluyendo Costa Rica, se han dado a la tarea de organizarse y trabajar con otros hombres, muchas veces en alianza con las mujeres, en procura de reconocer cómo funciona, cómo actúa sobre nuestra forma de ver el mundo, de sentir, pensar y comportarnos. Esta es, sin duda, una tarea y una responsabilidad que los hombres debemos asumir por nosotros mismos, por las mujeres, por quienes nos rodean y por quienes vendrán en el futuro.

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Erradicación de la Violencia hacia las Mujeres y, como en años anteriores, muchos hombres nos sumaremos a la marcha del viernes 23 para llamar la atención sobre esta seria y dañina problemática social. Reconocer esta forma de violencia es fundamental para comprender cómo funciona el machismo que nos oprime, y por consiguiente para erradicarlo de nuestras vidas.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.

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