Nicolás Medina Mora menciona que tras las inflexiones del discurso liberal mexicano se ocultaba un fétido conservadurismo.
La reacción subterránea.
Así lo llama.
Sucedía algo parecido con los gobiernos del PAC: bajo toda esa pomposa retórica de derechos humanos, dudoso cientificismo, amor y progresismo barrioescalantero percutía un asqueroso fascismo.
Un fascismo de baja intensidad.
Un fascismo Wish.
Hoy, cuando la “intelligentsia” ha vuelto a ser oposición, la muestra más clara de ese fascismo es el discursito, muy oportunamente extendido, según el cual nuestra sociedad y, sobre todo, nuestro electorado es “acientífico e ignorante”. Desde esa perspectiva, todo aquello que rompe los códigos y los rígidos rituales tipo Vilma Ibarra, Desayunos y Página 15, en definitiva, es una señal de que los bárbaros ya están con nosotros.
Y hablan del apocalipsis populista.
Y hablan de las amenazas a la democracia.
Y comparan al presidente Chaves Robles con Bolsonaro y Trump.
En el célebre “No Apocalypse Not Now” Derrida planteó el carácter esencialmente literario de la amenaza nuclear. En primer lugar, la guerra nuclear atañe a la retórica en tanto busca persuadir. En segundo lugar, en caso de suceder, la guerra nuclear consistiría en una serie de órdenes y comandos informáticos. Y en tercer lugar, la guerra nuclear no ha ocurrido aún, y si ocurriera no habría nadie para presenciarla, es decir, se trata de ficción absoluta.
Lo mismo ocurre con la amenaza del populismo.
Uno escucha o lee a estos intelectuales autoconvocados y se siente impelido a creer que vienen llegando de Atlántida y no de San Pedro. O mejor dicho, uno se siente impelido a creer que son una suerte de atlantes de Montes de Oca.
Hasta hace un tiempo buena parte de la gente de este país no se reconocía en un relato común, en un dispositivo narrativo que les permitiera imaginarse como un conjunto. Y hasta hace un tiempo las autoridades constitucionalmente legítimas, nominalmente legítimas, carecían de legitimidad operativa y sustantiva: nada de lo que hacían, aun cuando lo hicieran bien, nos parecía correcto.
Pero, según los atlantes de Montes de Oca, aquello en realidad era una polis incomprendida y por eso, tal y como sugiere cierto funcionario del TSE, desde el 8 de mayo del 2022 deviene un imperativo cívico extrañar a Carlos Alvarado. Sucede que para los atlantes de Montes de Oca la “mentira” y “las emociones” ponen más en riesgo la democracia que el hecho, en sí mismo fútil, de que Carlos Alvarado haya dejado un país en el que casi una cuarta parte de la gente no tiene brete. Hablan de la “verdad” y la “decencia” con la misma ligereza con la que defienden a La Nación. Pero, claro, la democracia, según ellos, está en riesgo cuando los bárbaros de la periferia política se aproximan. Lo demás no importa. Todo bien con las democracias liberales mientras seamos verdaderos y decentes. Las cuentas, los impuestos, la comedera y el desempleo, en definitiva, pertenecen al ámbito de lo mundano y lo pedestre.
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