Ser estudiante en Costa Rica no es fácil. Todos los días los políticos, funcionarios y expertos hablan sobre la educación en discursos, informes y conferencias… pero casi nunca escuchan lo que pensamos los que vivimos esa educación desde adentro. Los que nos sentamos en pupitres rotos, tenemos baños sin papel higiénico, recibimos clases que no sirven para la vida real y vemos cómo el colegio se convierte en un lugar donde hay de todo, menos aprendizaje.
Es por esto que escribo una carta abierta al Ministerio de Educación Pública, pero no es para quedar bien. Tampoco es una queja más. Es una verdad incómoda que alguien tenía que decir. No pertenezco a ningún partido ni sindicato. Soy solo un estudiante de 14 años que asiste a un colegio público y tiene el deseo de salir adelante. Si de verdad queremos mejorar el país, tenemos que empezar por escuchar a quienes pasamos más de la mitad del día atrapados en un sistema que ya no enseña, no cuida y, muchas veces, ni siquiera funciona.
El presupuesto del MEP es enorme (más de ₡2,5 billones al año). En promedio, el Estado invierte alrededor de ₡2 millones por estudiante cada año, lo que equivale a unos ₡173,000 por mes. Esa es una cifra bastante alta para un país como Costa Rica. Pero la gran pregunta es: ¿en qué se está usando esa plata? Porque en los colegios no se nota. Ni en las aulas, ni en los baños, ni en los materiales. Parece que todo ese dinero se pierde entre oficinas, salarios administrativos y papeles que no cambian nada.
La educación pública no está en crisis por culpa de los estudiantes ni de los profesores. Está en crisis por culpa de los gobiernos que convirtieron el sistema en un botín político. Ministros como Leonardo Garnier y Edgar Mora, puestos por partidos como el PLN y el PAC, usaron el MEP para imponer su ideología y meter “compas” en puestos administrativos. Mientras hablaban de “inclusividad” y “perspectiva de género”, los estudiantes seguíamos en aulas con goteras, sin internet, y viendo materias que no nos sirven para la vida.
Y los resultados lo dicen todo: en las pruebas PISA del 2022, el 72 % de los estudiantes costarricenses no alcanzaron ni siquiera el nivel básico en matemáticas. En las pruebas FARO, más de la mitad no logró el dominio mínimo en lectura crítica. Y aún así, Costa Rica sigue invirtiendo miles de millones en educación… ¿para qué? Para terminar entre los últimos lugares de desempeño en toda la OCDE.
Todos los días nos obligan a memorizar fórmulas que nunca usaremos, copiar definiciones que olvidamos a la semana y llenar cuadernos con cosas sin sentido. ¿De qué me sirve saber el volumen de un cono si no sé cómo hacer un presupuesto, defender mis derechos o enfrentar una entrevista de trabajo? ¿Por qué perdemos años en materias poco útiles para nuestro desarrollo profesional mientras lo verdaderamente importante ni siquiera se menciona?
¿Dónde están los cursos que sí necesitamos? ¿Dónde están las clases de finanzas personales, inteligencia emocional, educación vial, oratoria, derechos legales, emprendimiento, cultura digital, primeros auxilios o cocina básica? ¿Por qué no hay un curso donde nos enseñen a pagar impuestos, evitar estafas o redactar un currículum? ¿Por qué nunca hablamos de libertad, ética o pensamiento crítico? Porque a los que hacen los programas no les interesa que seamos libres, les interesa que seamos obedientes. La educación debería prepararnos para la vida, no para ser parte de un sistema que castiga al que piensa diferente.
Muchos hablan de la “gran inversión en educación”, pero no tienen idea de cómo están los colegios. Techos que se caen, baños sin puertas ni papel, paredes llenas de moho, pupitres oxidados, laboratorios vacíos, computadoras que no sirven. Esa es la verdad que el MEP no quiere mostrar. Mientras sus funcionarios viajan a foros y se toman fotos en conferencias, nosotros seguimos estudiando en condiciones que dan vergüenza. ¿De qué sirve gastar miles de millones si nunca vemos el resultado? Lo único que llega a tiempo es el abandono.
Y hay algo más grave que nadie quiere decir: la droga está en los colegios. En los pasillos, en los baños, fuera de las aulas. Todo el mundo lo sabe: estudiantes, profes, directores… pero nadie hace nada. Las autoridades del MEP fingen que no pasa nada. No hay castigos, no hay seguimiento, no hay control. Las instituciones están llenas de bullying, amenazas, vandalismo, insultos a los profesores, y cero consecuencias. Es increíble que ni siquiera podamos caminar por los pasillos sin que alguien nos ofrezca alguna droga. Me han ofrecido más veces droga que un abrazo, y eso tiene que cambiar ya.
Y junto con eso, el bullying, que no solo no se combate, sino que se ignora. Hay estudiantes que sufren todos los días, que tienen miedo de ir al colegio, y nadie hace nada. Profesores que no se quieren meter, directores que esperan a que sea tarde, y un MEP que solo actúa cuando ya hay escándalo. En muchos colegios, el bullying es parte del ambiente. Y esa indiferencia lo convierte en una tortura silenciosa. ¿Dónde están los orientadores, los psicólogos, los protocolos? ¿De verdad les importa la salud mental de los estudiantes?
Muchas veces, cuando una víctima por fin se defiende, terminan culpándola por “incitar la violencia”, cuando en realidad solo está tratando de protegerse y hacer valer sus derechos. Lo peor es que hay orientadores que prefieren ponerse del lado del agresor antes que ser justos y apoyar a quien de verdad la está pasando mal. Sin orden no se puede aprender, y sin consecuencias, los que sí queremos salir adelante somos los más afectados. Porque mientras unos hacen lo que quieren, a los demás el sistema solo nos dice que aguantemos… y que no digamos nada.
No escribí esta carta para que me den la razón. La escribí porque alguien tenía que decirlo. Porque ya basta de que nos callen, nos ignoren o nos usen para tomarse fotos. Porque toda esta ineficiencia del MEP ha orillado a cientos de estudiantes a atentar contra su integridad. La educación pública no necesita más promesas, necesita una innovación. Y esa innovación empieza cuando los estudiantes dejamos de tener miedo.
A todos mis compañeros, los que se sienten solos, los que han llorado en silencio, los que han pensado que su voz no importa o que nadie los escucha: esto es para ustedes. No se queden callados. Hablen, griten si es necesario. Porque cuando uno alza la voz, anima a otros a hacer lo mismo. Y solo así, juntos, vamos a lograr el cambio que tanto necesitamos. Esta carta no es solo mía. Es de todos los que alguna vez nos hemos sentido olvidados, frustrados o ignorados por un sistema que no nos escucha.
Nos llaman “el futuro”, pero nos ignoran en el presente. Y eso tiene que cambiar.