La actitud de Laura Fernández frente a los debates empieza a llamar más la atención que cualquier propuesta que haya presentado hasta ahora. Mientras encabeza varias encuestas, pareciera apostar por la estrategia del silencio calculado, esa táctica donde el candidato favorito intenta no arriesgar nada para no perder nada. Y claro, cuando los demás aspirantes cometen el clásico error de turno —tirarle al que va de primero—, a ella solo le queda observar cómo se desgastan entre ellos y cómo la imagen de favorita se fortalece por simple contraste.
Si yo fuera Laura, con el respaldo explícito o implícito del actual gobierno, probablemente también estaría tentado a mantenerme calmado, sereno, casi inmóvil, como quien sabe que tiene una ventaja. Pero aquí es donde aparece el famoso “PEROOO” que nuestras abuelas repetían con sabiduría ancestral: el porcentaje actual no le alcanza para ganar en primera ronda. Y ahí empieza el verdadero problema. Porque la pregunta que sigue es inevitable: ¿estará Laura Fernández preparada para debatir lo que ha hecho este gobierno? ¿O jugará a replicar el estilo confrontativo que ya conocemos, gritando, atacando instituciones, responsabilizando a terceros y victimizarse como estrategia política?
La historia electoral costarricense ofrece ejemplos que deberían servir como advertencia. En ciclos pasados hemos visto candidatos que confiaron demasiado en encuestas favorables y evitaron los debates, creyendo que cualquier exposición adicional podría debilitarlos. Y esos candidatos, que parecían invencibles en noviembre, terminaron perdiendo en febrero. También ha ocurrido que, una vez superada la primera ronda, algunos partidos recurrieron a discursos inflamados, narrativas de victimización e incluso insinuaciones de fraude ante resultados adversos, estrategias que nunca cambiaron el desenlace pero sí dejaron fracturas en la confianza pública.
Por eso, la estrategia de no debatir puede darle cierto aire de control a Laura Fernández hoy, pero el riesgo es evidente: cuando el silencio se estira demasiado, termina por volverse sospechoso. La ciudadanía podría empezar a preguntarse si esa calma zen es fortaleza o simple temor a exponer las grietas. Y mientras tanto, como dice el propio presidente: “tic tac, tic tac”. El tiempo corre, la campaña avanza, y tarde o temprano tendrá que enfrentarse a un escenario donde esconderse detrás de encuestas ya no será suficiente.
La pelea real está en quién llegará fortalecido a la segunda ronda, donde el favoritismo suele desvanecerse y los debates pesan más que los slogans. Y ahí es donde podría venir la sorpresa: el candidato que hoy parece irrelevante puede crecer, el que hoy parece sólido puede colapsar, y el votante —el gran impredecible— puede cambiar de preferencia con un solo golpe de realidad en televisión nacional.
Mientras los candidatos juegan ajedrez electoral, los ciudadanos seguimos esperando algo más que ataques, silencio estratégico o discursos reciclados. Esperamos claridad, ideas, valentía para debatir y capacidad de asumir responsabilidades. En este ambiente, apostar a ganar hablando poco puede parecer inteligente… pero también puede ser la receta perfecta para que otros definan el relato en su lugar.
Al final, el silencio puede funcionar un tiempo, pero en política hay una regla que nunca falla: quien no habla, pierde la oportunidad de convencer. Y quien no debate, permite que el país piense lo peor.