
El tema que UNESCO ha designado para la Celebración del Día Mundial del Docente, el día 5 de octubre de 2018, es “El derecho a la educación implica el derecho a docentes cualificados”. En este acto, UNESCO nos insta a consagrar el derecho a la educación gratuita y obligatoria, inclusiva y equitativa.
Los docentes a nivel mundial son una fuerza que lucha por medio de la palabra, para responder a la vocación por el conocimiento, Aristóteles el estagirita “Todos los hombres por naturaleza desean conocer” (Metafísica, Libro I, 980ª25), sin embargo, esta vocación no se consuma en un gesto ególatra, autosuficiente y autoestimulante, sino que se fecunda en el Otro por medio de una acción solidaria de la “dación”, de la entrega. La educación es una acción de encuentro, donde se configura la común-unidad, por medio de la palabra, tal como nos indica Martin Buber “La relación del educador es puramente dialógica” (De la Fonction Éducatrice).
El llamado a concretar una educación global, que llegue a cada rincón del planeta, debe ir de la mano de una real cualificación de los docentes, tal como lo afirma UNESCO, pero además de lo que la denominada “cualificación” implique para este órgano meta-nacional, debemos cuestionar cuál es la cualificación ética de cada uno de los llamados a esta gesta humanitaria.
El fenómeno educativo, no responde a un ¿qué?, pues quienes forman parte del proceso, no son repositorios de contenidos, ni agentes que deben ser programados para cumplimiento de comandos. El fenómeno educativo responde a un ¿quién?, a la persona (imposible de definir, conceptualizar, catalogar), como caracteriza Xose Manuel Domínguez Prieto “hay en toda personas un deseo más allá de todos sus deseos: el de alcanzar su plenitud” (Para ser persona) así como la persona es un proyecto abierto, la educación es un proyecto que no deja de cesar; en este contexto el docente (que es a su vez persona), es parte de una acción dialógica, solidaria, que apunta a la convivencia y el alcance de nuestros valores más sublimes como humanidad.
Es cierto, los docentes podemos tener un rol dentro de la estructura educativa oficial del Estado, pero nuestra demanda primera es con nuestra vocación, con el fenómeno educativo que responde al ¿quién?; porque tal como lo menciona Emmanuel Mounier “La educación no tiene por finalidad el modelar el niño al conformismo de un medio social o de una doctrina de Estado” (Manifiesto al servicio del personalismo). La educación, como fenómeno, se niega a ser enclaustrada entre las rejas de ideologías específicas, el fenómeno educativo como acción innata de anhelo por conocer, propicia las ideologías sin que esto implique su encadenamiento a ellas.
Finalmente, la educación es un gesto liberador, por ende, revolucionario; es una acción que hace camino al andar, que recorre los caminos previamente andados, y que le gusta atravesar la estepa. En este sentido, la labor del docente no es estática, la labor del docente nunca se ha reducido a cuatro paredes, su acción es siempre solidaria y comunitaria; capaz de constituir lo que Leonardo Boff llama “Una república terrenal con ciudadanía activa… ideal de que la gran comunicación llegue a transformar la Tierra en una única y gran ágora” (Ética planetaria desde el gran sur).
Docentes de todas las Naciones, nuestro discurso es palabra que persigue la justicia y la paz. En nosotros hay llamado vocacional a ser conciencia de las comunidades, y alimentar-nos con los otros con esperanza y humildad del pan diario de la verdad. Es cierto, debemos continuamente fortalecer nuestras capacidades intelectuales, para lograr un análisis social y político más riguroso, así como, para alcanzar destrezas metodológicas y didácticas para pulimentar procesos educativos de calidad, pero la verdadera cualificación de todo docente se encuentra en responder a su llamado infinito por el Otro, (Emmanuel Levinas, Totalidad e Infinito), somos responsables infinitamente por el Otro, y en el acto educativo, el docente es el que se siente infinitamente “traumatizado” por esta responsabilidad, por lo que sale al encuentro de su prójimo, para responder a la vocación ética, misma que no podemos evadir, pues no podemos olvidar al ¿quién?, fundamento de nuestro campo acción.
Docentes de todo el mundo, no nos dejen caer en la tentación de las ideologías, que sus palabras sean la vela que no se oculta, sean la guía en medio del valle oscuro de sistemas políticos que intentan llevarnos de vuelta a las cavernas donde habitan las sombras (manejadas por manos invisibles que también mueven mercados). Docentes de todo el mundo sean firmes en su vocación, una vez tomado el arado no hay que volver a mirar para atrás, para así heredar juntos una nueva tierra, república terrenal.
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