En una de las sesiones legislativas pasadas, el Frente Amplio se lanzó en una diatriba contra el Gobierno, acusándolo de practicar “neoliberalismo salvaje”, de querer destruir el Estado y de despreciar a la clase trabajadora, no faltaron en su intervención palabras como “compinches”, “chantaje” y “gangster”, pretendiendo pintar al Ejecutivo como una banda criminal que odia al pueblo, pero aquí lo que hay es un descaro monumental y un intento desesperado de manipular emocionalmente al ciudadano.
Y lo más preocupante no es el nivel de cinismo, sino el deseo explícito de desinformar.
Según esa fracción, el Gobierno quiere “desmantelar el Estado” porque ha impulsado reformas para darle eficiencia, transparencia y sostenibilidad al aparato público y sí, el Estado necesita una cirugía urgente. ¿O vamos a seguir defendiendo instituciones que cuestan millones y que ni siquiera devuelven un servicio de calidad al ciudadano? El pueblo no vive de discursos: quiere salud sin filas de meses, educación con resultados y bancos que no sean cuevas de clientelismo político.
Esta fracción se llena la boca diciendo que el Banco Popular, el Banco Nacional, la Caja y otras entidades “pertenecen al pueblo”, pero el pueblo no decide sobre su administración, no puede fiscalizar sus juntas directivas ni compartir sus ganancias, entonces: ¿A quién realmente pertenecen las instituciones públicas? Lo único que hace el pueblo es pagar los platos rotos cuando esas instituciones se vuelven ineficientes, corruptas o capturadas por intereses sindicales o partidistas.
Eso no es propiedad, es servidumbre.
Hablan del liberalismo como si fuera un monstruo que quiere vender el país al mejor postor, lo llaman “salvaje”, “inhumano”, “egoísta”, sin molestarse siquiera en entenderlo. El verdadero liberalismo no busca desmantelar al Estado, busca devolverle su razón de ser: servir al ciudadano, no servirse de él, un Estado pequeño pero fuerte, que proteja la libertad, incentive la productividad y premie al que se esfuerza.
¿Es correcto mantener estructuras burocráticas que absorben millones sin resultados? ¿ ¿Es correcto poner a la Caja a funcionar con un software ineficiente, solo para cumplir caprichos ideológicos y decir que todo debe hacerse “desde lo público”? ¿Aunque eso signifique desabastecimiento de medicamentos, demoras en citas, errores en registros médicos o fallos en la entrega de pensiones y subsidios? En vez de buscar soluciones que funcionen, priorizan quién las ofrece. ¿El resultado? Un pueblo mal atendido, pero una élite ideológica satisfecha porque “no se privatizó nada”.
Eso no es patriotismo. Eso es poner la ideología por encima de la vida de la gente.
Lo verdaderamente correcto es liberar al ciudadano de la esclavitud de un sistema que lo exprime. Lo correcto es dejar de usar al Estado como botín político. Lo correcto es parar la farsa de que todo lo estatal es sagrado, mientras los servicios públicos se caen a pedazos y quienes los defienden lo hacen desde escritorios privilegiados y con su salario garantizado.
Lo que duele de verdad es ver cómo quienes se autoproclaman “defensores del pueblo” han hecho del dolor de la gente su estrategia política. Se disfrazan de ovejas, pero actúan como guardianes de un sistema que perpetúa la desigualdad bajo el disfraz de la igualdad, te dicen que privatizar es pecado, pero nunca te cuentan cuántos millones perdemos cada año por mantener elefantes blancos que ya no sirven a nadie, más que a ellos.
No hay nada más salvaje que condenar al ciudadano al fracaso solo para mantener una narrativa ideológica.
Los liberales no queremos destruir el país, queremos reconstruirlo desde la libertad, la responsabilidad y la dignidad del trabajo, queremos que cada colón que se le quita al ciudadano vuelva en forma de servicio, no en planilla o alquileres de lujo, queremos que la institucionalidad sirva al pueblo, no que el pueblo la sostenga a costa de su bienestar.
Y eso, diputada, se llama hacer patria.