La tragedia griega y el FIAsco 2015. O de cómo transformar una desgracia en algo afortunado

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Presentación de Camila Moreno en el CENAC, en el marco del FIA.

Por Pablo Aguilar

(Para todos mis amigos, para los artistas comprometidos, los practicantes serios, los amantes, los aficionados a la Cultura y a las Artes Mayores en Costa Rica y para el público en general.)

La tragedia griega es un género dramático exclusivo de Atenas durante el siglo V. Presumiblemente debieron escribirse tragedias antes y después de ésta fecha. Y aún hoy en día se siguen escribiendo algunas en la Historia.

Se caracterizan por la representación de un proceso que, generalmente, transforma la suerte de un personaje ilustre o poderoso, en una situación conmovedora y terrorífica. Aunque el concepto moderno sí requiere de un final desdichado; no todas las tragedias debían necesariamente terminar en desgracia.

Tres partes conforman una tragedia griega:

  1. a) La hamartia.

Según Albin Lesky, es un fallo en el sentido de la incapacidad humana para diferenciar lo correcto de lo fácil, y obtener una orientación segura. La persona que no fracasa por un defecto moral, perece, debido a que no ha estado a la altura de determinadas misiones y situaciones, en los límites de la naturaleza humana

  1. b) La peripecia.

Aristóteles dice que la peripecia o metabole, es un cambio radical en el destino de uno o varios hombres. Es producto de una culpa anterior o hamartia, o del reconocimiento de una situación ignorada.

  1. c) La catarsis.

Es la recuperación que, por haber purgado su culpa o haberse reconocido su inocencia, tiene el personaje trágico. . (La Tragedia Griega, Editorial Fernández-Arce 1986)

El reciente descalabro del Festival Internacional de las Artes, en su edición del 2015, en la que se combinaron el Festival Nacional y el anteriormente citado; es, en mi humilde y limitada percepción, una tragedia griega.

La hamartia es una desafortunada serie de eventos y decisiones que da principio con las sucias artimañas de los partidos tradicionales en la pasada campaña electoral, que terminará por entregarle la presidencia, «de rebote» a un grupo de ingenuos e inexpertos. Hay que dejar en claro que, en segunda ronda, el pueblo no se lanzó masivamente a votar por ellos, sino -en contra- del otro aspirante. El inexperto líder, tras el inesperado gane, se da entonces a la tarea de premiar, más que de nombrar, a sus fieles, pero también inexpertos amigos de campaña. Y ellos a su vez, van premiando con los puestos de mayor rango y responsabilidad, a sus respectivos aliados.

Es así como el artífice de la peripecia hace su aparición en escena.

El artífice: un arrogante hombrecillo, de alta cuna, suerte de spoiled brat, con fingidas ínfulas de artista y estrella de rock, muy pagado de sí mismo, y en franca persecución de la gloria vana. Completamente incapaz de administrar y materializar los sueños y las ideas de nadie, salvo su propio american dream. Y que ahora guarda un estricto mutis en escena.

Hambriento de reconocimiento, comienza a interferir, con aún menor tino, en el mundo de la literatura, ninguneando a una persona, una mujer de experiencia en el área. Y echa a perder la Feria del Libro.

Pero un pequeño fracaso no es suficiente. Cual si de una muerte anunciada se tratase, cree que nadie antes de él lo ha hecho mejor. Se felicita a sí mismo por su «titánico» esfuerzo. Y además considera que tiene vasta experiencia en el ramo. Es así como de nuevo pone manos a la obra, en lo que el vuelve a llamar un «titánico» esfuerzo, por convertir el ya establecido Festival Internacional de las Artes en un evento de altura. Comienza por fusionar el Festival Nacional y el Internacional en uno solo. El orgullo le dicta que su receta es la mejor y debe seguirse al pie de la letra.

El resultado es una predecible y vergonzosa catástrofe de también “titánicas” proporciones. Su escala es tal que los daños y las consecuencias aún no pueden ser diagnosticados en su totalidad. He aquí la peripecia.

Pero la historia no termina aquí.

El canon dicta que aún debe representarse la catarsis.

Pero para ello es necesario que reaparezcan en escena los héroes de ésta tragedia. Precisamente los artistas y los artesanos. Víctimas no tan inocentes del «titánico» naufragio.

Durante veinte años hemos disfrutado, en mayor o menor medida, de un Festival que nació con la fortuna de su lado. Durante veinte años nos hemos beneficiado de una u otra forma, artistas y público, de un evento espectacular. Y durante veinte años fuimos entrando poco a poco en una zona de confort, de tranquilidad, de inacción. Nos dormimos en los laureles. No había más que esperar que llegaran las invitaciones y asistir o participar. Delegamos la responsabilidad en otras personas y encandilados por los resultados, olvidamos pedir cuentas, hacer ajustes, revisar y supervisar.

El monto presupuestado para el Festival se ha convertido en una suma considerable. Dineros que salieron de las arcas del estado. Y que llegaron ahí directamente, no de los bolsillos de los organizadores de la presente edición; sino de los nuestros. Dineros que en manos inexpertas bien pudieron propiciar la arrogancia o la codicia.

No puedo evitar hacer una pausa aquí para pensar en la cantidad de artistas nacionales, que llevan años o hasta décadas «arañando» la escena artística nacional, en busca de un público que, salvo la semana del festival, permanece ajeno el resto del año a los escenarios artísticos y culturales. Llámense museos, llámense galerías de arte, llámense teatros, llámense bandas emergentes, poetas o escritores que incluso pagan de sus magros ingresos la publicación y exhibición de sus obras y sus trabajos.

Conozco muchísimos de ellos. Si bien no gusto de todos. En especial de aquellos que son mediocres, ni de los advenedizos que no persiguen un arte, tan solo persiguen una pose, dinero y fama.

Aún así una idea brilla intermitente en mi mente. Una idea que cobra fuerza tras el fiasco del que hemos sido víctimas todos los costarricenses éste año.

¿Qué pasaría si tras ésta catástrofe, recapacitáramos y nos propusiéramos resucitar la escena artística y cultural, no durante una o dos semanas, sino durante todo el año?

¿Qué pasaría si cada semana, una entidad como el Ministerio de Cultura, patrocinara a un artista costarricense, a un grupo de teatro, a una banda musical, subvencionara y promocionara la publicación de un poemario o una novela, o una exposición de pintura, o de escultura? No de los artistas de siempre: sus amiguitos y allegados, sino de cualquier costarricense.

Pero ¿cómo hacerlo?

Permítaseme una sugerencia.

Solo el concierto del grupo La Ley nos costó cien millones de colones. Si en cambio se destinaran dos millones por semana para favorecer a un artista emergente o a un grupo de artesanos rurales, la inversión al final del año apenas superaría esos cien millones que se destinaron a un único espectáculo. Uno, que sin menospreciar a los integrantes del grupo La Ley, no es de origen costarricense. Imagínenlo. Por favor, aunque sea por un breve instante, imagínenlo.

Dos millones cada semana, en escenarios que ya existen, que ya cuentan con el tramoyismo, que ya están establecidos. En museos existentes. En galerías consolidadas. En teatros que pasan el resto del año casi vacíos. En imprentas que se oxidan esperando la próxima verborrea política disfrazada de poemario, que tanto les gusta exhibir para endilgarse el título de eruditos.

Solo imagínenselo.

Y luego paren de imaginar.

Porque la única forma de que algo así se materialice es que los héroes de ésta tragedia, ustedes mis queridísimos artesanos, ustedes mis amadísimos artistas; despierten del letargo en que hemos estado sumidos. Dejen de esperar un Festival cada año que puede que el próximo no se repita. Únanse en una sola voz, desplacen al intruso que fraguó el desastre, y aprópiense a como dé lugar de aquello que a ustedes les pertenece. El arte y la cultura no pueden estar en manos de administradores políticos y directivos encumbrados, que buscan solamente cumplir su agenda personal. Deben estar en manos de los artistas. Busquen buenos administradores para evitar que la «titánica» catástrofe se repita, y trabajen todos juntos en algo que de por sí, ya aman trabajar. Precisamente ese amor ya los une. Lleven este mensaje a oídos de sus colegas, reúnanse, y todos juntos definan la manera. No esperen que un director de cine grite -¡Acción!- y llévenla a cabo. Háganlo ya. Ahora mismo.

La hamartia era inevitable. La peripecia ya ha acontecido.

De ustedes, y de nadie más, depende que la catarsis de esta tragedia sea un final afortunado en vez de un «titánico» naufragio.

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