La Organización de las Naciones Unidas, ha decidido que este 12 agosto, fecha en que celebramos un nuevo día internacional de la Juventud, pongamos atención a la importancia que reviste la solidaridad intergeneracional y cómo ella puede ayudarnos a enfrentar los enormes desafíos que la discriminación por edad tiene sobre las juventudes y en especial, sobre las juventudes rurales.
Avanzar en la construcción de sociedades más prosperas e incluyentes pasa por reconocer la diversidad que existe entre los distintos grupos poblacionales, así como por reconocer y minimizar las asimetrías de poder – material y simbólico- en los espacios de toma de decisión en todos los niveles – en la familia, en lo territorio, en las organizaciones y en las instituciones.
Lo anterior se relaciona directamente con la necesidad de generar espacios de participación, y articular iniciativas que permitan potenciar el rol de las juventudes, en especial las que viven en zonas rurales. La participación de las juventudes es clave para transformar nuestros sistemas alimentarios. Eso implica darle protagonismo y liderazgos y reconocerles como agentes de cambio y no solo como receptores de asistencia y apoyo. Sin embargo, es también entre las juventudes donde encontramos situaciones de extrema vulnerabilidad.
Esa vulnerabilidad se relaciona directamente al acceso limitado a la tierra, los recursos naturales, la infraestructura, las finanzas, la tecnología, los mercados, el conocimiento y las malas condiciones de trabajo. Las dinámicas territoriales, culturales y de género también influyen en la situación de las juventudes, en especial cuando hablamos de la pobreza. Los jóvenes rurales se encuentran en una posición muy desventajosa, tanto frente a los jóvenes urbanos, como a otros segmentos etarios en las mismas zonas rurales. Los jóvenes son más pobres que los adultos y los jóvenes rurales más pobres que los jóvenes urbanos.
Un ejemplo concreto lo tenemos en América Latina y el Caribe, donde según el informe de la CEPAL (2019), el porcentaje de jóvenes empleados en sectores de baja productividad es mayor en las áreas rurales. En todos los países dicho porcentaje supera el 50% y hay casos en los que llega al 80%[1].
Para hacer frente a estos desafíos, desde FAO apoyamos a los países en el desarrollo de mecanismos y soluciones que permitan generar condiciones para una mejor vida, una mejor producción y un mejor medioambiente, por medio de la inclusión económica y social de las juventudes rurales.
Para eso es relevante visibilizar el potencial de las juventudes rurales mediante acciones sistemáticas de sensibilización, divulgación e incidencia que abran nuevas oportunidades y espacios para la acción colectiva en diálogo con la diversidad de agentes y actores relevantes, especialmente las propias asociaciones de agricultores, el Estado y el sector privado.
La experiencia existente en América Latina y el Caribe, de mecanismos de integración y cooperación regional, ha enseñado la importancia de estos espacios de diálogo para consensuar políticas e iniciativas que pongan las juventudes rurales y su diversidad en el centro del debate, permitiendo que se re-encanten con el mundo rural, valorizando el territorio y ampliando el acceso a las oportunidades que la digitalización y la globalización producen.
Hablar de solidaridad intergeneracional en el mundo rural es hablar de empoderamiento y autonomía. Es necesario garantizar que las juventudes tengan condiciones para conducir la transformación de nuestros sistemas productivos y la construcción de una nueva economía con base en la gestión del conocimiento, la innovación y una nueva relación con el medio ambiente.
[1] CEPAL. 2019. Situación de las juventudes rurales en América Latina y el Caribe
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